Miercoles 29 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Confucio: Un "pendejo" de antes de Cristo

Confucio es el nombre que le dieron los primeros jesuitas que llegaron a China al filósofo, moralista y humanista llamado Kong (“hueco”, por el lugar donde nació, que fue una cueva) que a la sazón era devocionado por importantes sectores del pueblo de esa gran nación asiática.

Confucio, como se sabe, es un personaje bastante familiar en el pensamiento de los pueblos formados en las culturas orientales, y aunque en la civilización occidental todavía sus ecos existenciales se debaten entre la leyenda y el mito, la verdad es que cada vez con mayor seriedad se afianza la idea de su historicidad.

De todos modos, y al margen de otras consideraciones al tenor, lo que importa en este momento es que, conforme a los textos que se le han atribuido y a la influencia que tuvieron sus enseñanzas en China, Confucio fue un pensador de fuerte espiritualidad y, sobre todo, un gran maestro de su pueblo, al que intentó mostrar el camino de la verdad, la justicia y la convivencia.

Es decir, en pocas palabras, Confucio fue un gran “pendejo”, si nos atenemos a la racionalidad pancista prevaleciente en esta hora decididamente utilitaria que vive la humanidad y que, por cierto, han adoptado muchos dominicanos con particular espíritu de latrocinio y parranda social.

La doctrina de Confucio comprende cuatro grandes libros, a saber: el Ta-Hio o Gran Ciencia (que algunos sostienen que no fue escrito por él sino por su nieto Kung-Ki), considerada su producción intelectual más importante, donde trata de compendiar los conocimientos de los hombres adultos; el Chu-King o Pequeña Ciencia, en el que expone los deberes de los alumnos o discípulos y, en general, los conocimientos que deben enseñarse a la juventud; el Yung-Fu o Comentarios Filosóficos, escrito en forma de diálogo para transmitir enseñanzas generales sobre la vida y el ser humano; y el Meng-Tse o Libro de Mencio, donde el discípulo más importante de Confucio expone sus ideas.

El ser humano, tanto en condición de individualidad como en su carácter de ser social o asociado, es el centro de las reflexiones de Confucio. De ahí que los textos que recogen su pensamiento hayan sido considerados por momentos como pequeños tratados sobre el arte del buen vivir o como códigos tendentes a la edificación de un orden social justo, solidario y pacífico.

Confucio era, pues, fuera de toda, lo que hoy llamaríamos un humanista, esto es, un individuo que creía en el ser humano como epicentro y eje eterno de la existencia, privilegiando el cultivo de los conocimientos y las artes como fundamentos para el desarrollo de una espiritualidad racional y libre, y encaminando sus preocupaciones, ideas y praxis social hacia el mejoramiento de la calidad de vida del ser humano y la instauración de relaciones sociales armoniosas y fraternales.

El llamado Maestro de Lu entendía que la felicidad social se lograba a partir de la perfección individual. Por eso, en el Ta-Hio o Gran Ciencia promovía “el desarrollo de la naturaleza racional que todos los hombres recibimos del Cielo” a través de la educación (garantizando con ello “la renovación de los pueblos”) a los fines de lograr el “bien supremo o fin último al que hemos de encaminar nuestras acciones para conseguir la perfección”, que “constituye la base de todo progreso moral” (1).

¿Cómo influyen esas “pendejadas” particulares en la buena marcha de la sociedad? El filósofo y moralista chino ve una relación directa entre la formación del ser humano, el carácter de la sociedad, el buen gobierno y la convivencia entre los pueblos del mundo. Su pensamiento a este respecto queda sintetizado como sigue: “Nada más llegar a la perfección personal, se establecerá el orden en el seno de nuestra familia. Si la familia se halla en orden, el reino podrá ser correctamente gobernado. Y cuando todos los reinos gocen de un buen gobierno, el mundo en su totalidad disfrutará de paz y armonía, con lo que podrán ser renovados y modificados todos los pueblos”.

A tono con esas ideas matrices, el ilustre moralista chino formuló interesantísimas disquisiciones y recomendaciones en lo atinente a la necesidad de la “perfección moral” de los individuos. Así, en la obra citada sostiene que la fortaleza espiritual “nada más se logra a través de la destrucción de todas las pasiones maliciosas”, mientras que en el Cheng-Yung o Doctrina del Medio advierte que el hombre que mayor honor merece es aquel que “nunca abandona la práctica del bien, a pesar de que en el país no se apliquen las leyes y se sufra un mal gobierno”. Para estos fines, establece “cuatro deberes básicos” del “hombre prudente”: la bondad, la sumisión (al príncipe justo o a la ley), el respeto y la lealtad, y al mismo tiempo recuerda la obligación de atesorar las “virtudes eternas” y ser diligente ante las responsabilidades, así como mesurado al hablar, y recto y sincero al actuar.

Con respecto al ejercicio de las funciones de gobierno, es decir, a lo que hoy llamamos “política”, Confucio sugiere que en la práctica deviene un reflejo del estado espiritual del ser humano y una extensión de las capacidades que éste ha alcanzado en el manejo de la familia. Por eso plantea que “Un hombre que no sabe dirigir a los suyos, nunca podrá dirigir a todo un pueblo”. Al mismo tiempo, dice que “cuando un único hombre, el príncipe, se muestra codicioso, la anarquía se extiende por su reino”, pues si el gobernante “ignora las virtudes, y por lo tanto no las práctica, jamás podrá exigir que sus súbditos las muestren”. Más adelante, citando el Libro de las Canciones, el gran filósofo chino reitera enfáticamente la misma idea: “Si el príncipe es justo y equitativo, sus súbditos imitarán esas virtudes”.

En otra de sus obras, Luna-Yu o Comentarios Filosóficos, Confucio insiste en sus prédicas acerca del buen gobierno: “El gobierno equitativo y solvente de nuestra nación se asemeja a la estrella polar, que se mantiene quieta a la vez que todas las otras estrellas giran a su alrededor sin ninguna guía”. Sobre el mismo tema, siguiendo las enseñanzas del maestro, su más importante discípulo, en Meng.Tse o Libro de Mencio, dirá luego: “Cuando se pretende someter a los hombres por la violencia de las armas, jamás se obtendrá la sumisión de sus corazones; por esta causa, la fuerza nunca basta para conquistar a los hombres. Quien conquista a los hombres por la virtud, logra que todos acaten sus órdenes sin reservas y con un corazón alegre; esta es la forma como Confucio había dominado a sus setenta discípulos”.

Nos parece, pues, después de conocer algunos de los filones del pensamiento de Confucio, que quedan muy pocas dudas sobre la cuestión del “bando” al que él pertenecía: el célebre Maestro de Lu fue lo que hoy se conoce como un buen “pendejo”.

(1) Las fuentes en las que se originan esta y las siguientes citas se encuentran consignadas en el original de este artículo, pero han sido suprimidas expresamente para hacer su lectura menos densa.

(*) El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo

lrdecampsr@hotmail.com

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