Lunes 27 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Carlos McCoy

El barrilito, el cofrecito, las exoneraciones y otras heces

Este, el pueblo dominicano de nuestros amores, conglomerado social que ni agradece ni guarda rencor, se ha acostumbrado a reír sus penas y a llorar sus alegrías.

Se conforma con llamar, a viva voz, ladrón a los ladrones, corrupto a los corruptores y evasor a los evasores.

Pararse en una esquina, en un colmadón o en un restaurant de categoría y decir, con aparente justificación de causas y gran conocimiento, "Fulano de tal es un...." póngale usted el adjetivo, se ha convertido en algo folclórico, rutinario.

Indefectiblemente, siempre aparece aquel que lo secunda y muchas veces lo magnífica. Hay quienes ponen hasta ejemplos. Todos, según ellos, de fuentes oficiales.

Políticos, funcionarios, banqueros y empresarios son el blanco preferido.

"No me muevan el altar, que se me caen los santos" dijo Ulises Heraux en el siglo diecinueve. Prueba de que nuestras aseveraciones no son nada nuevas. Se repiten en el tiempo y el espacio.

¿Que hemos logrado hasta ahora? Satisfacer egos. lo decimos y ya. Pero la tragicomedia social de la corrupción sigue en cartelera. Nuevos escenarios con nóveles interpretes, pero secundados por actores de probada experiencias en las tablas de la impunidad y el peculado.

Nosotros, personalmente, nos cansamos ya de asistir a esta obra que de tanto repetirse nos la sabemos de memoria.
Hace poco, por casualidad, nos encontramos en uno de los escenarios donde estos sujetos acostumbran a actuar y al entrar en escena una actriz, reconocida estrella de uno de los otrora bancos más acreditados de nuestro país, nos paramos y en medio del público asistente, reclamamos en voz alta y con el pañuelo en la nariz, que nos trajeran la cuenta, pues de repente, el ambiente se había llenado de un olor nauseabundo.

Una pestilencia tal que era imposible permanecer un minuto más en ese lugar. Pagamos y nos retiramos. Pues era el mismo apestoso mal olor que habíamos percibido cuando, en otras ocasiones, nos hemos cruzado con algunos Senadores y Diputados de nuestro honorable Congreso Nacional.

Nosotros hemos decidido que en cualquier recinto que estemos y llegue uno de estos personajes que exhalan esos malos olores de inmoralidad, prevaricación y dolo, retirarnos del establecimiento, no sin antes exponer el motivo de nuestra partida.

Sería un mensaje directo a estos depredadores de los dineros públicos de que su presencia no es grata, que condenamos sus malas artes y que no tienen cabida en una sociedad que se respete.

Apliquémonos un desodorante con base moral y fragancia ética, para evitar que se nos pegue el fétido grajo del robo y la corrupción.

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