Miercoles 29 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Los Trinitarios: Nuestros primeros "pendejos" y "envidiosos"

En honor a la más elemental verdad, la fundación de la República Dominicana en 1844 fue básicamente idea de un puñado de liberales “pendejos” y “envidiosos” que, en virtud de su juventud y del romanticismo político que exhibían, peyorativamente fueron llamados “filorios” por los “pragmáticos” y los conservadores de la época.

En efecto, la idea de la independencia, si bien había germinado en otros círculos sociales vernáculos y con matices distintos desde por lo menos 1808, alcanzó verdadera posibilidad de concreción a partir de las prédicas y los esfuerzos de un joven intelectual progresista, para nada “vivo” ni utilitario, llamado Juan Pablo Duarte y Díez.

El Duarte que vertebró y puso en marcha el plan de la independencia ha sido descrito por todos sus biógrafos como un joven inteligente, idealista, con inclinaciones a la cultura, de un nacionalismo profundamente arraigado y, sobre todo, absolutamente ajeno al interés personal o fraccional. Por eso, no es extraño que aún en sus años de adultez (específicamente en carta a José Gabriel García del 29 de octubre de 1869) definiera la política como una ciencia “pura” y la “más digna, después de la filosofía, de ocupar las inteligencias nobles”.

En otras palabras, Duarte fue lo que hoy se denomina un “pendejo”. Y lo fue porque situó los intereses de la colectividad por encima de los personales en los momentos cruciales de su existencia: cuando en julio de 1838 fundó La Trinitaria en vez de sumarse a los corifeos del régimen ocupacionista haitiano para obtener ventajas y “vivir bien”; cuando en agosto de 1843 se enfrentó al caudillo de Praslin tras el movimiento de La Reforma (lo que le costó el exilio) en vez de contemporizar con él y ocupar un puesto remunerado en el nuevo estado de cosas; cuando en febrero de 1844 pidió a su madre y a sus hermanos disponer de los recursos de la familia para destinarlos a la lucha por la independencia; cuando en julio de ese mismo año de 1844 se negó a aceptar la presidencia tras ser proclamado como tal por el ejército del norte del naciente Estado; cuando en febrero de 1845 decidió definitivamente ausentarse del país para no participar en las luchas fratricidas de la Primera República; cuando en marzo de 1864 regresó a la patria para ponerse a las órdenes del gobierno restaurador; y, sobre todo, cuando, a pesar de los vejámenes y las desconsideraciones de que fue objeto por sus propios connacionales, murió en julio de 1876 amando a su país.

¿Y qué decir de los jóvenes que acompañaron al patricio en La Trinitaria? Con excepción de Felipe Alfau (que terminó sumándose al litoral de los “realistas” y los “triunfadores”), todos actuaron como buenos “pendejos”, pues a pesar de que cierta historiografía ha pretendido encontrar algunas vacilaciones en Sánchez o en Mella, por ejemplo, lo cierto es que en el proceso fundamental para el cual fueron originalmente llamados por el destino, resultaron evidentes su delectación y firmeza en favor de los mejores intereses de la patria.



Esos jóvenes, a no dudar, bien pudieron incorporarse al carga montón político, militar o administrativo del régimen de ocupación para garantizarse prebendas, privilegios o distinciones, como lo hicieron don Tomás Bobadilla y otros de su estirpe moral, y sin embargo en aquel momento no lo hicieron, y prefirieron exponerse a las persecuciones y los atropellos de las mesnadas gobernantes, persistiendo valientemente en la defensa del ideal nacional. Es decir, se comportaron como “pendejos”, “mediocres”, “envidiosos” y “perdedores”.

Y lo mismo hicieron, como es harto sabido, una vez consumado el golpe febrerista: pese a que cotidianamente rondaban en su redor (con el auspicio de varios de los políticos “triunfadores” de la época) las ofertas e intrigas de varios dignatarios de potencias extranjeras que soñaban con situar a la nueva república bajo el palio del protectorado neocolonial, la casi totalidad de esos jóvenes asumió una postura decorosa y patriótica. Las luchas intestinas en la Junta Central Gubernativa atestiguan sus “pendejadas” y sus “envidias”.

Mas adelante, cuando Pedro Santana, apoyado en la peonada que le seguía como soldadesca servil y con la anuencia activa de los conservadores y los “vivos”, se alzó con el poder e hizo añicos el ideal trinitario, los jóvenes seguidores de Duarte, si bien con varias excepciones, prefirieron el camino de la oposición, y algunos de ellos debieron esconderse para evitar fatales represiones o, simplemente, tomar la doliente senda del exilio. Eran unos tontos “mediocres” y unos “perdedores” impenitentes.

Es cierto que el poder santanista se consolidó luego de la proclamación de la Constitución de San Cristóbal del 6 de noviembre de 1844, y que sólo a ratos se escuchaba alguna voz disidente desde las graderías parlamentarias, pero también lo es que siempre hubo una minoría digna que se negó a colaborar con el caporal de El Seibo (rechazando ventajas personales o nombradías públicas) y mantuvo impertérrita su adscripción a los nobles ideales preconizados por los trinitarios. Esto es: los pendejos a veces son “duros de matar” porque nadie los puede intimidar ni comprar.

En aquel escenario histórico, Duarte y sus seguidores representaron, pues, a los “pendejos”, los “mediocres”, los “envidiosos” y los “perdedores”, mientras que Bobadilla, Santana y compartes representaron a los “vivos”, a los “realistas” y a los “triunfadores”, y aunque todavía abundan quienes proclaman cotidianamente su alegada adhesión al pensamiento y a las virtudes prácticas del Padre de la Patria, no hay dudas de que muchos de los políticos dominicanos de hoy, si hubieran vivido en aquella época (y a juzgar por su apego a la racionalidad mercurial y utilitaria actualmente vigente) habrían hecho causa común con aquellos, es decir, con los adversarios de los trinitarios

Los puntos de vista emitidos por Bobadilla (el más célebre “corcho” dominicano de todos los tiempos) el 26 septiembre de 1844 ante el Congreso Constituyente, rememorando acontecimientos de junio del mismo año, reflejaban la opinión de los conservadores, los “pragmáticos” y los “vivos” sobre Duarte: era “un joven inexperto… que, lejos de haber servido a su país, jamás ha hecho otra cosa que comprometer su seguridad y las libertades públicas”. Cualquier parecido con la forma en que algunos voceros oficialistas han definido a los jóvenes indignados de hoy, es pura coincidencia.

No debemos olvidarlo, pues: la República Dominicana fue históricamente la obra del pensamiento y los empeños de Duarte, pero lo que ha sido a posteriori (y en particular lo que es hoy día) no necesariamente tiene la misma etiología. Por el contrario, nuestro devenir histórico ha entrañado sistemáticamente la derrota de los ideales del fundador de la república frente a las creencias y convicciones de los que le adversaron y sus herederos políticos e ideológicos.

Esa especie de tautología política o ejercicio nacional de prestidigitación ideológica ha sido un lugar común en la historia dominicana a la grupa de la suerte de fatalidad que ha acompañado a los liberales en el país. Desde luego, esta fatalidad se ha alimentado en realidades fundamentales: mientras casi siempre los conservadores han estado políticamente activos y han actuado como bloque, los liberales dominicanos (muchas veces frustrados o desilusionados) han tomado la senda de la inactividad, se han alejado del acontecer político, o han sobrevivido constantemente fragmentados y envueltos en dolorosas querellas internas

Por otra parte, hay un fenómeno adicional que no debemos obviar: muchos de nuestros más formidables hombres de pensamiento, incluyendo a algunos ilustres historiadores que se han destacado como biógrafos de Duarte o de otros grandes dominicanos de ideas progresistas, cuando han saltado a la arena política o han pasado a ocupar determinadas posiciones en el Estado, han amainado en sus arrebatos patrióticos, han emigrado hacia el bando del conservadurismo, o finalmente sus doctrinarismos duartianos o liberales han quedado confinados en el olvido.

Y, valga la precisión, no es cuestión de “desfase ideológico”, “nuevas realidades” u “otros tiempos”, como reiteradamente se afirma en procura de una excusa absolutoria. Es, simplemente, asunto de principios, formación cultural y ética personal, porque si bien a nadie se le puede reclamar hoy en día una adhesión ciega y absoluta al pensamiento duartiano como ideología de la independencia nacional (obviamente esto sería un absurdo frente al paso inevitable del tiempo), sí parece de rigor exigir a los políticos dominicanos (y a las nuevas generaciones en especial) volver al pensamiento de Duarte como ideología moral del quehacer político, como paradigma de decencia y como supremo referente de búsqueda del bien común.

Pero, claro, el autor se hace eco de tal demanda sin muchas ilusiones, pues todo eso implicaría convertirse en político “pendejo”, y habría que ver cuantos dominicanos están en condiciones de hacerlo en esta era “gloriosa” del “dame lo mío y después hablamos” en la que el que osa protestar contra la corrupción gubernamental y exigir sanciones contra sus responsables corre el riesgo de ser calificado (y no sólo por prebostes políticos y ministros semianalfabetos ahítos de riquezas ilegítimas sino también por “personalidades” y comunicadores sin nada de vergüenza) como “mediocre”, “envidioso”, “delincuente” “perdedor” o, simplemente, “pepehachista”.

(*) El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo.

lrdecampsr@hotmail.com

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