Miercoles 29 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Los gobiernos del PLD: Poder, "Progreso" e Impunidad

El Partido de la Liberación Dominicana (PLD) ha ejercido el gobierno en nuestro país durante más de doce años, y aunque sus dos primeras administraciones no fueron sucesivas, es obvio que esa entidad y sus dirigentes han acumulado más poder político y económico que cualquier otra organización (religiosa, partidaria, empresarial o simplemente mafiosa) de nuestro historia.

(Básicamente, la discontinuidad en el año 2000 del PLD en el poder, determinada por la victoria del PRD en las elecciones, se debió, en lo que tiene que ver estrictamente con la cuestión de las “causales de estructura interna”, a que todavía el balaguerismo no se había fusionado con el peledeísmo, y éste, al tiempo que conservaba algo de su virginidad política y se debatía entre el recato moral de antaño y el espoleo “pragmático” de los antiguos discípulos del caudillo de Navarrete, no representaba más de un 25 por ciento del electorado nacional).

Aunque un rasgo distintivo de la “era del PLD” ha sido que la engañifa, la simulación y la impudicia se han impuesto sobre la verdad, la honestidad y la decencia en la gerencia gubernamental (sus incumbentes no han tenido empacho en hacer uso delictivo de los fondos del erario o mentir cada vez que le es políticamente provechoso), si nos atenemos a los hechos lo único verdadero e irrefutable en estos momentos (digamos que el “mérito” más importante de su gestión, más allá de las proclamas de los corifeos mediáticos) es que buena parte de la dirigencia de la entidad salió de la pobreza.



Más aún: en sus tres períodos de gobierno los peledeístas en el poder no sólo no han acometido exitosamente ninguno de los grandes problemas nacionales (los mismos que denunciaron y prometieron resolver durante más de dos decenios de oposición) sino que, antes al contrario, los han agravado hasta niveles indignantes: ahora son más grandes, omnipresentes, complejos y costosos para el contribuyente.



Ciertamente, los peledeístas, habiendo manejado sumas fabulosas de dinero público (los presupuestos gubernamentales mas altos de nuestra historia) no han dado “pie con bola” frente a los problemas ancestrales de la nación: la pobreza, los bajos niveles de educación, las precariedades del servicio de salud, la corrupción administrativa, la inseguridad ciudadana, el déficit de viviendas, los apagones, el caos del transporte, etcétera, etcétera, y, a la inversa, nos han “mareado” estrujándonos en la cara las estadísticas del Banco Central y un puñado de “mega obras” como las mejores pruebas del “progreso” que se ha experimentado en el país durante sus gobiernos.



(El problema con el Banco Central, como se sabe, es que sus estadísticas no poseen gran crédito entre los técnicos no gubernamentales y los estudiosos en general de la economía y las finanzas, amén de que habitualmente no coinciden con las realidades que se viven en el país; y con las “mega obras” el asunto es mas peliagudo aún: no han resuelto las carencias o precariedades que técnicamente les dieron origen -son casi “elefantes blancos”- y su costo ha sido extremadamente alto, dejando la impresión de que fueron concebidas fundamentalmente para “hacer bulto” y generar pingues dividendos y comisiones a sus gestores, constructores y alabarderos).



Paralelamente, el PLD en el poder ha usado el Estado para corromper a sus adversarios de todos los colores (sumándolos al “progreso” con pagos y prebendas muchas veces ilegítimos y siempre cargados al presupuesto nacional), y por eso vemos ahora -orondos y carifrescos- a antiguos militantes perredeístas, reformistas, socialcristianos, izquierdistas, derechistas, ultra nacionalistas y antiguos anti boschistas de toda laya (civiles y militares) en calidad de pasajeros del tren gubernamental: es decir, un verdadero “carga montón” político en el que no han resistido la tentación de encaramarse ni siquiera algunos empresarios que presumen de su origen “aristocrático”.



El PLD en el poder ha usado el Estado para doblegar y controlar los medios de comunicación masiva a través de millonarios contratos de publicidad o de “asesorías” (aparte de que dirigentes peledeístas y asociados han comprado importantes circuitos de radio y televisión en toda la geografía nacional), y ello ha determinado no sólo que periodistas y hacedores de opinión sean al mismo tiempo asalariados del gobierno (fenómeno impensable en cualquier democracia que se respete) sino que, a resultas de ello, en el país exista actualmente un desequilibrio informativo que en la práctica ensombrece la libertad de prensa.



El PLD en el poder ha usado el Estado para atemorizar y neutralizar a los comerciantes, los industriales y los dueños de empresas en general por conducto de chantajes, privilegios y exenciones impositivas, y simultáneamente ha creado una nueva clase de gestores de negocios (de militancia abiertamente peledeísta) cuya acumulación originaria se produjo en la administración pública, haciendo posible una situación urticante e indeseable para cualquier demócrata: que por primera vez en la historia dominicana las fronteras entre el político y el empresario no estén claras porque ambos operan desde o en función de las instituciones gubernamentales.



El PLD en el poder ha usado el Estado para politizar a las principales autoridades de las fuerzas armadas y la Policía Nacional a través de los ascensos, los privilegios personales y las colocaciones en los puestos en los que hay “grasa”, hasta tal punto que un puñado de altos oficiales se rotan constantemente en los mismos cargos, y hace algunos meses un reconocido diario digital dio cuenta (sin que fuera desmentido) de que la tarjeta de crédito de uno de los asistentes del ex presidente Leonel Fernández era pagada de manera directa con fondos policiales.



En fin, el PLD en el poder ha usado el Estado para extorsionar, intimidar o “ablandar” por medio del empuje apabullante o la fuerza económica de los mecanismos de la autoridad pública (congreso y judicatura incluidos) a todo dominicano que manifieste algún tipo de disidencia con respecto a sus ejecutorias.



No es, pues, un maximalismo del autor lo que se dice al comenzar estas notas: la realidad monda y lironda es que los gobiernos peledeístas hasta el momento únicamente ha sido útiles para convertir a sus dirigentes en los nuevos potentados de la nación, y esto no sólo es entendible a la luz de que -como afirmara un reconocido productor de televisión- “el Comité Político del PLD es el grupo económico más poderoso del país”, sino que puede ser confirmado en cualquier provincia, municipio o barrio, donde ha sido tan corpulento el “progreso” económico de quienes pertenecen a puestos directivos de esa organización política que se transfiguraron en los “nuevos ricos” de esas latitudes.



En otras palabras: el PLD ha convertido al Estado dominicano en una piñata para sus festejos y parrandas particulares, y su modelo, en este particular sentido, parece ser el nicaragüense de los sandinistas que se corrompieron y “desguañangaron” la economía vernácula (dirigentes partidarios, empresarios y uniformados fueron sus beneficiarios, y el poder político y económico acumulado les permitió tanta impunidad que, tres lustros luego de salir desacreditados del poder, retornaron al palacio de gobierno). Por eso, con semejante manejo de las administraciones peledeístas, ¿quién diablos esperaba que las finanzas estatales no colapsaran?

Desde luego, lo que nadie se imaginaba, ni siquiera sus propios auspiciadores, era que el gobierno del licenciado Danilo Medina, con todo el cinismo del mundo, obligaría a los dominicanos a pagar todos, absolutamente todos los gastos de la piñata del PLD. Es decir, no hubo, no hay ni habrá nada nuevo: seguimos sin pausa alguna en la “gloriosa” era peledeísta del “progreso”, el poder omnímodo y la impunidad… ¡Salve, césares, los que vamos a seguir jodidos los saludamos reverentemente!

(*) El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo.


lrdecampsr@hotmail.com



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