Sábado 27 de Mayo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

El “eterno retorno”: Lla otra cara de las “megapensiones”

La parte no maleada de la sociedad dominicana (es decir, la que no ha sido corrompida por el PLD ni idiotizada por el coro mediático de éste) quedó “estupefacta, boquiabierta y patidifusa” al enterarse, casi al desgaire, de ciertos pormenores obscenos de la “fiesta de piñata” que se ha escenificado en el Estado, sobre todo en los últimos diez años, con el asunto de las “megapensiones”.

Y no es para menos.

Cualquier persona con un mínimo de pudor y sensibilidad tenía que sentirse desagradablemente sorprendida al acceder a la información de que, mientras la mayoría de nuestros retirados están al borde de la inanición debido a sus magros ingresos y miles de envejecientes o enfermos esperan por el dinero de su jubilación como el coronel de Gabriel García Márquez, numerosos funcionarios peledeístas y personeros afines han sido beneficiados con pensiones escandalosamente altas.

(El desmadre de las pensiones es tan generalizado que éstas, probablemente en virtud de la conocida tendencia peledeísta a procurar asociación para la impunidad, incluyen a respetables ciudadanos de la sociedad civil, destacados integrantes de los “poderes fácticos”, artistas que no las necesitan, comunicadores aún activos y hasta legisladores que sólo trabajaron cuatro u ocho años, por lo cual existe la sospecha legítima de que su verdadero origen se encuentra en un hecho inconfesable: se trata de gente tan acostumbrada a estar “pegada” de la ubre del presupuesto nacional que tiene serias dificultades para imaginarse viviendo sin ese privilegio).

La indignación al respecto está, sin dudas, más que justificada.

Sin embargo, oculta tras el vocerío de rabia que se ha producido en el país por semejantes actos de exacción protagonizados fundamentalmente por los peledeístas en el poder y sus socios, se agazapa otra realidad, tan deleznable e impúdica como la que se acaba de mencionar: la de que buena parte de los dichosos ciudadanos que se han jubilado con sumas fabulosas de dinero público continúan “sirviéndole” al Estado a través de instituciones distintas de las que los pensionaron o, en los menos conocidos de los agraciados, están esperando en oficinas privadas o en sus moradas su reintegración al tren gubernamental.

(Conviene aclarar que no se cuestiona aquí el aspecto estrictamente legal de las “megapensiones” peledeístas, pues aunque pudiesen ser contrarias al espíritu de todo el andamiaje de reivindicación humana de la Constitución y de la legislación nacional sobre seguridad social, los beneficiarios de las mismas se cuidaron bastante de seguir “protocolos” jurídicos previamente establecidos, aunque fuese para la ocasión, y en la abrumadora mayoría de los casos se trata de privilegios jurídicamente sustentables y defendibles).

En otras palabras: esos venturosos ciudadanos no se jubilaron porque ya estaban en edad de retirarse a la tranquilidad del hogar para disfrutar de sus años otoñales (lo de “antigüedad en el servicio” es retórica absolutamente entendible, pero en muchos casos no responde totalmente a la verdad ni a la esencia de la figura jurídica) sino, exclusivamente, para no quedarse fuera del pastel de los fondos públicos al momento de abandonar voluntaria o forzosamente sus funciones. (¡Aleluya, aleluya, aleluya!).

Vistas las cosas de ese modo, las pensiones, para los agraciados de la “lotería” de los gobiernos del PLD, perdieron sus caracteres éticos, humanísticos y legales originales: no son un justo reconocimiento al servicio a favor de la sociedad ni la recompensa postrera por una prolongada dedicación a las labores públicas (que en ningún lugar del mundo son las mejores pagadas ni sirven para producir riqueza individual) sino un mecanismo “preventivo” para no quedar “fuera de nómina” y descender de “nivel” de vida… Una manera de jubilarse sin dejar de vivir económica y socialmente como individuo laboralmente activo y productivo.

Eso, y no otra cosa, es lo que significa que muchos de los suertudos de marras permanezcan aún laborando en las instituciones que los pensionaron o se encuentren actualmente ocupando puestos laborales en otras. O sea, valga la reiteración, no es que estuvieran ya exhaustos de tanto trabajar ni que sus facultades físicas y mentales habían menguado por efecto del paso inexorable del tiempo y, por lo tanto, en buena lógica del servicio público y de las demandas biológicas, había llegado la hora del merecido descanso. No. El asunto era no irse “en blanco” por si las moscas las puertas del Estado se les cerraban totalmente.

Por lo demás, la repudiable situación tiene implicaciones alarmantes desde el punto de vista ético: de un lado, provoca que en el país se repitan constantemente los nombres en las funciones públicas y haya gente casi permanentemente rotándose en los altos cargos (no sólo creando la falsa impresión de que carecemos de personas preparadas para sustituirlos sino también marginando a las nuevas generaciones); y del otro lado, se constituye en un obstáculo para la “oxigenación” ye renovación del Estado y la sociedad, pues impide que se impongan las nuevas ideas y los nuevos métodos y estilos de trabajo y dirección.

Por supuesto, esa rotación casi permanente de los mismos nombres es perceptible no sólo en la administración ejecutiva sino en casi todas las instituciones públicas y privadas del país, y en ocasiones es tan deportivamente omnipresente que da pie a que algún chusco pregunte sobre si ciertos individuos son o no “inmortales”, pues desde que tenemos uso de razón los estamos viendo en determinados órganos de dirección institucional, gremial o corporativa. Más aún: no es raro encontrar dentro de esta misma gente a quienes, como decía un amigo del autor respecto a otro ya fallecido, “siempre tienen un argumento para no estar abajo”.

Un poco saqueando y vulgarizado a Nietzsche y a Marx, se trata de una suerte de “eterno retorno” sin “espiral”, es decir, una dinámica circular de la historia cotidiana en la que el mismo grupo se repite constantemente en la dirección de la cosa pública o la cosa privada pero no “sobre una base superior” sino sobre la misma plataforma de ideas, aptitudes y conductas… Por eso en el país no abundan los “ex” de nada, y los pocos que hay tienen una “megapensión” o sueñan enfebrecidamente con ella (con el perdón de don Carlos Batista Matos, que desventuradamente no está incluido en lista alguna).

(*) El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo

lrdecampsr@hotmail.com

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