Miercoles 29 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

El viejo imperialismo: antinostalgia de otra "Era"

Vladimir Ilich Lenin, el fundador del desaparecido Estado soviético, autor de un texto ya olvidado sobre el tema del imperialismo, se refería a principios del siglo pasado al “punto de viraje del viejo capitalismo al nuevo, de la dominación del capital en general a la dominación del capital financiero”, y denunciaba vigorosamente lo que él denominaba “la monstruosa dominación de la oligarquía financiera”.

Igualmente, el formidable pensador y estadista ruso, luego de advertir sobre “la exportación del capital” que producía “gigantesca superganancia” y cambiaba las reglas de juego en el mundo, sentenciaba: “El capitalismo, que inició su desarrollo con el pequeño capital usurario, llega al final de este desarrollo con un capital usurario gigantesco”.

Mas adelante, Lenin afirmaba: “El imperialismo, o dominio del capital financiero, es el capitalismo en su grado más alto… El predominio del capital financiero sobre todas las demás formas de capital implica el predominio del rentista y de la oligarquía financiera, la situación destacada de unos cuantos Estados, dotados de “potencia” financiera, entre todos los demás…”. Y luego recalcaba: “Lo que caracteriza al viejo capitalismo, en el cual dominaba por completo la libre competencia, era la exportación de mercancías. Lo que caracteriza al capitalismo moderno, en el que impera el monopolio, es la exportación de capital”.

Las citas que preceden, repetimos, corresponden a un texto escrito en el segundo decenio del siglo XX, y aunque algunos estudiosos del tema pueden responder con la consabida argumentación de que en la época actual, a diferencia de la que describía Lenin, la libre competencia es la soberana, conviene recordar que justamente de eso es que se trata: tal es la teoría, pero en los hechos el fundamentalismo del mercado ha puesto al capital financiero al mando de la economía, la política y la sociedad, y la libre competencia sólo puede producirse entre los depositarios de la nueva oligarquía financiera, quedando excluidos los restantes agentes de la economía.

Pero permítasenos, antes de tomar otro costado del asunto, recordar el balance que hacía Lenin acerca del tema. Luego de haber proclamado que “El capitalismo se ha transformado en un sistema universal de sojuzgamiento colonial y de estrangulación financiera de la inmensa mayoría de la población del planeta por un puñado de países “adelantados”, nos resume el panorama económico global sombríamente con estas palabras: “Los países exportadores de capital se han repartido el mundo entre sí en el sentido figurado de la palabra. Pero el capital financiero ha realizado también el reparto directo del mundo”. Y, por último, concluye: “El mundo ha quedado dividido en un puñado de Estados usureros y una mayoría gigantesca de Estados deudores”.

Por otra parte, y muy a propósito del tema que da origen a estas notas, resulta igualmente conveniente rememorar la olvidada teoría del doctor Víctor Raúl Haya de la Torre, el fundador del aprismo, sobre el imperialismo visto desde la perspectiva de lo que él denominaba “Indoamérica”.

El conspicuo intelectual y político peruano sostenía que la afirmación de Lenin en el sentido de que el imperialismo era la etapa superior y última del capitalismo “no puede aplicarse a todas las regiones de la tierra”, puesto que los efectos del fenómeno imperialista no eran los mismos para las sociedades desarrolladas y para las sociedades pobres o atrasadas.

Haya de la Torre coincidía con Lenin en que el imperialismo era la última etapa del capitalismo pero “sólo para los países industrializados que han cumplido todo el proceso de la negación y sucesión de las etapas anteriores”, pues en términos de reflejos reales (“la última gota de agua de un vaso, es la primera cuando cae en otro vaso”) “para los países de economía primitiva o retrasada a los que el capitalismo llega bajo la forma imperialista, ésta es su primera etapa”.

Por supuesto, es fuerza que contextualicemos ese intento de periplo por los antiguos y ya áridos territorios del pensamiento revolucionario. Pues bien: el retorno a Lenin y a Haya de la Torre, con evidente anti nostalgia, tiene en realidad como objeto plantearnos la siguiente pregunta: ¿tiene el capitalismo neoliberal (con su “globalización” y su “apertura comercial-financiera”) la misma anatomía y los mismos efectos en los países desarrollados y en los subdesarrollados, como en la famosa teoría del fundador del Estado soviético, o, por el contrario, se trata de cuerpos y secuelas diferentes, como planteaba el artífice del aprismo?

La interrogante es relevante no sólo porque nos conduce al reconocimiento de la necesidad de un re-examen de nuestras realidades materiales y espirituales sino también porque a la larga nos obliga a plantear otra vez la vieja cuestión de los dogmas, los esquemas importados y el totalitarismo, sobre todo hoy, en esta era de culto a la racionalidad utilitaria, el libre pensamiento, el anti esquematismo y la pluralidad.

Y es que resulta mortificante que, como ocurrió hace ya casi un siglo con el marxismo (cuando muchos hombres y mujeres de buena voluntad aceptaron como válida y viable toda la teoría del “moro” judío-alemán sobre la inevitable muerte del capitalismo y el triunfo del capitalismo y el comunismo), ahora, en pleno siglo XXI, luego de haber abominado de todo determinismo histórico y rabiado contra todo totalitarismo, nueva vez una parte de la humanidad asume ciertas teorías y sistemas como incontestables y se desvive por aplicarlas en el mundo entero.

(Todo eso, de otro lado, parece tener mucho de lo que un antiguo discípulo de Haya de la Torre, el doctor Alan García, en su época de soldado socialdemócrata anti neoliberal, llamó críticamente “el nuevo totalitarismo”. El hoy ex presidente de Perú lo explicó de la manera que sigue: “Vencido el dirigismo estatal por el capitalismo privado, la hegemonía de este último sin competidor, lo torna en una suerte de totalitarismo imperial que contradice al propio liberalismo”).

Por último, en unas notas de este tipo no podemos dejar de recordar la singular tesis del profesor Juan Bosch (uno de los más grandes pensadores dominicanos de todos los tiempos) sobre el imperialismo, presentada a fines del año de 1967 en el marco de la Tercera Conferencia Interamericana de Ciencias Políticas y Sociales efectuada en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). La referida tesis, tras ser recogida en un libro titulado “El pentagonismo, sustituto del imperialismo”, por su singular originalidad y por la agudeza de sus argumentaciones, alcanzó una gran difusión desde que se hizo pública, hasta el punto de que el mencionado ha sido uno de los textos dominicanos más traducidos en toda la historia bibliográfica de nuestro país: a por lo menos siete idiomas.

Bosch sostuvo en 1967 que “El imperialismo tuvo una larga etapa de agonía, pero (que) su hora final podía apreciarse con cierta claridad ya a fines de la guerra mundial de 1939-1945”, y por consiguiente la humanidad vive en la época del capitalismo sobredesarrollado, época en la cual “el lugar del imperialismo ha sido ocupado por el pentagonismo”, quien “retiene casi todas las características del imperialismo, especialmente las más destructoras y dolorosas, pero es una modalidad más avanzada” que se diferencia de aquel en lo que le resultaba “mas característico, que era la conquista militar de territorios coloniales, y su subsecuente explotación económica. El pentagonismo no explota colonias: explota a su propio pueblo”.

Conforme a la tesis del ex mandatario dominicano, en la nueva “etapa pentagonista” del capitalismo “Lo que se busca no es un lugar donde invertir capitales sobrantes con ventajas; lo que se busca es tener acceso a los cuantiosos recursos económicos que se movilizan para la producción industrial de la guerra; lo que se busca son beneficios donde se fabrican las armas, no donde se emplean, y esos beneficios se obtienen en la metrópoli pentagonista, no en el país atacado por ella. Rinde varias veces más, y en tiempo mucho más breve, un contrato de aviones que la conquista del mas rico territorio minero, y el contrato se obtiene y se cobra en el lugar donde está el centro del poder pentagonista”.

Para Bosch, detrás de las proclamas libertarias del capitalismo contemporáneo y del vocerío mediático que las acompaña “se oculta la verdad más importante: la de que un pequeño grupo de banqueros, industriales, comerciantes, generales y políticos están haciendo la guerra para obtener beneficios rápidos y cuantiosos, que se traducen en acumulaciones de capital y por tanto en inversiones nuevas con las cuales vuelven a aumentar sus beneficios”.

¿Cómo operaba el pentagonismo en términos prácticos? El egregio escritor lo describe con estas palabras: “Una vez establecido, el pentagonismo descubrió que podía dejar a los políticos -a los senadores, los representantes o diputados, los gobernantes de los estados y municipios- entretenidos en los problemas domésticos del país, mientras él operaba en el campo internacional.

"Su intención original era esa, derramarse en el mundo exterior, sustituir a Inglaterra como poder imperial. Dada la tradición política del pueblo norteamericano, no era posible soñar con un gobierno militar para el país. Pero era posible emplear el poder militar más allá de sus fronteras”. Así, “los Estados Unidos acabaría siendo una nación con dos gobiernos: el gobierno civil para el interior y el gobierno militar para el exterior”.

En otras palabras, Bosch planteaba que el capitalismo había llegada a una etapa nueva, superior a la del imperialismo, que él bautizó con el nombre de “pentagonismo” porque se trataba da la aparición del impensado fenómeno de que el Pentágono (sede del Departamento de Defensa), tras la segunda guerra mundial y los conflictos armados de Corea y Vietnam, había terminado concentrando más poder económico y político que la Casa Blanca, sede de la presidencia, en términos de las realidades prácticas de los Estados Unidos.

La acumulación de poder económico y político del Pentágono se había hecho viable a partir de que, en virtud de las necesidades de la guerra, el presupuesto de la defensa nacional había superado con creces al del gobierno como tal, dando origen a lo que el presidente Eisenhower había denominado en su época el “complejo militar-industrial”, y haciendo posible el manejo de cuantiosos contratos y la consiguiente manipulación económica y política de una sociedad en la que lo importante para el individuo eran su renta, su seguridad y su bienestar personal.

La consecuencia inmediata de esa situación era la de que el “complejo militar-industrial”, por un lado, había pasado a controlar la sociedad norteamericana a través de la distribución de beneficios y de la publicidad (dejándole al gobierno un espacio de autoridad puramente formal), y por el otro lado manejaba a su antojo la política exterior de los Estados Unidos (haciendo innecesarias las intervenciones directas con fines coloniales) en la dirección de mantener activa la industria de la guerra y de garantizar alianzas y sistemas de cooperación civiles y castrenses que la alimentaran constantemente.

Debemos recordar, por supuesto, que la tesis de Bosch sobre el pentagonismo fue formulada cuando estaba en su apogeo la guerra de Vietnam y, por lo tanto, cuando el aparato militar-industrial de los Estados Unidos se encontraba en plena tensión creadora, generando empleos, produciendo beneficios financieros fabulosos e imponiendo sus designios por doquier con la fuerza del dinero, de la publicidad o de las tanquetas. Es decir, era una tesis de la “era” del conflicto Este-Oeste (democracia liberal versus comunismo, mundo occidental versus mundo comunista, Estados Unidos versus URSS) y la llamada “guerra fría”.

Tal circunstancia, obviamente, sin ninguna duda descontextualiza y desfasa muchas de sus consideraciones a la luz de las realidades actuales, aunque en los años previos al gobierno de Barak Obama (cuando las guerras del golfo Pérsico, Afganistán e Irak revitalizaron la influencia del Pentágono en la política norteamericana y relanzaron la industria bélica con el respaldo del capital financiero) se notó una clara preeminencia de la racionalidad militar sobre el pensamiento civil libertario en los Estados Unidos.

(*) El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo.

lrdecampsr@hotmail.com

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