Miercoles 29 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

El "ABC" de la democracia: notas para desmeroriados

La democracia, como se sabe, es un sistema político de pesos y contrapesos (concebido clásicamente en oposición a los viejos sistemas monárquicos de soberanía unitaria, poder concentrado y ausencia de diversidad ideológica legalmente organizada), y en esa virtud, siguiendo básica pero no únicamente las ideas de Locke y Monstesquieu, operacionalmente apunta a materializarse en una división tripartita de los poderes del Estado que, cuando menos en teoría, es la mejor garante de su equilibrio interior.

La división clásica de los poderes en el Estado democrático (Legislativo, Judicial y Ejecutivo) no es, desde luego, sólo el mecanismo de delegación y “repartición” del ejercicio de la soberanía (ante la imposibilidad práctica de que el pueblo pueda ejercerla de manera directa, sistemática y permanente en la vida cotidiana); también, y esto es tan importante como lo anterior, es el regazo en el que se acunan en principio el laborantismo político y la lucha partidista.

La razón es simple: la democracia es impensable sin la existencia de partidos políticos (en su accionar se concretiza el carácter plural y participativo de aquella tanto desde el punto de vista conceptual como en los hechos), y se hace cada vez mas real y perfecta en la medida en que éstos actúan autónomamente unos respecto de los otros y, por consiguiente, “chocan” sus criterios fácticos, doctrinarios o programáticos en un ambiente de diversidad y diferenciación cuya libertad apenas se encuentra limitada por las Constitución y las leyes.

Ciertamente, la democracia es cada vez más viable, positiva y funcional en la medida en que los partidos, que técnicamente representan las diversas opiniones políticas que se mueven en la sociedad acerca de sus “asuntos” cardinales, se diferencian con claridad tanto en lo relativo a sus “principios” y plataformas de acción (que comportan su identidad y su filiación histórica) como en lo atinente a sus roles en función del lugar que ocupan de cara al Estado y sus instituciones (que determinan coyunturalmente si es “de gobierno” o “de oposición”).

Desde luego, en la República Dominicana no son tan fáciles de asentar semejantes categorizaciones, en primer lugar porque en los últimos veinte años el panorama partidista se ha tornado confuso y “light” desde la mira específica de los “principios” y las plataformas de acción, y en segundo lugar porque se ha desarrollado una singular racionalidad que le dicta al dirigente o militante banderizo la necesidad (de “vida o muerte”, no la normal del “animal político”) de no ser nunca realmente de la oposición, es decir, de no estar “pendejeando abajo”.

(La verdad es que desde la desaparición de sus líderes históricos el PRD y el PLD -con la insufrible excusa de los imperativos de adaptación a los “nuevos tiempos”- se han despersonificado y “balaguerizado” al colocar las demandas de la “realpolitik” por encima de sus “principios” elementales y de sus apuestas estratégicas, y lo que queda del PRSC, por el contrario, no ha abandonado sus originarios fundamentos arribistas para, con soberbio manejo del arte del oportunismo, servirse con la “cuchara grande” de la metamorfosis de aquellos: hasta el momento, pues, los reformistas han sido mejores discípulos de Fouché y, subsecuentemente, mayores beneficiarios de nuestra democracia de pan y circo).

En el caso específico del PRD (situado formalmente desde el año 2004 en las afueras de la conducción ejecutiva) el asunto luce curioso y deplorable: en bastantes sentidos su “oposicionismo” es puramente teórico, pues está limitado a ofrecer opiniones en los medios de comunicación y a criticar superficialmente determinadas políticas gubernamentales sin oponerse en los hechos a éstas (en el Congreso, en los tribunales, en los concejos municipales, en los centros educativos, en los foros ciudadanos y en las calles) postulando y votando abiertamente en contra y, al mismo tiempo, proponiendo soluciones alternativas sin transarse ni renunciar a sus puntos de vista nodales y sus apuestas estratégicas.

Nada de eso es realmente difícil ni requiere de una inteligencia “einsteniana” en el entendido de que los perredeístas atesoran un cuerpo de ideas de naturaleza socialdemócrata y presentaron para las pasadas elecciones un programa de gobierno, y se supone que ambos instrumentos de acción política se diferencian bastante de los que asumieron el PLD y el actual equipo de gobierno: les bastaría, pues, con hacer simples comparaciones y, sobre esta base, apoyar todo lo que esté a tono con el ideario de la socialdemocracia y coincida con su oferta programática, o, en caso inverso, simplemente oponerse, presentar sus opciones y sufragar en la dirección adecuada).

“Amor”, como dice el viejo dicho, “no quita conocimiento”: en las estructuras del PRD parece haber dirigentes que no se acostumbran a “estar abajo”, y en consecuencia desarrollan un tipo de accionar “oposicionista” que resulta notoriamente funcional al gobierno, pues con presencia o no en los mecanismos del Estado hacen una oposición “tuti-fruti” a las iniciativas del partido oficial y jamás han formulado alternativas de origen programático perredeísta: a la inversa, actúan en connivencia o en simple “convivencia” con sus adversarios del partido gubernamental, y por ello en realidad ejecutan un papel de “cogobierno” informal que complace a sus “colegas” de la acera del frente.

Igualmente, en el PRD abundan los dirigentes que creen que hacer oposición es sinónimo de lanzar pestes y denuestos contra el gobierno. Es obvio que confunden la política con la jaibería. Ser opositor no es parlotear contra la administración sino denunciar sus errores, inconductas e inconsecuencias con responsabilidad y presentando pruebas inequívocas. Ser opositor no es vocear en la prensa contra el funcionariado y el partido oficial sino evidenciar sus engañifas y sus malas decisiones la luz de las prioridades nacionales. Ser opositor, en fin, es no contemporizar ni pactar con el gobierno en los temas referidos al tipo de Estado y sociedad que se asumen como objetivos estratégicos.

En otras palabras (y la precisión es válida para evitar interpretaciones inapropiadas), más allá de su actual desangramiento interno, la urgencia más notoria del PRD consiste en superar su línea política de hoy, que no deber ser de “oposición constructiva” -pues esto no es más que un eufemismo para tontos- ni tampoco de desaprobación demencial a toda iniciativa gubernamental: en realidad, de lo que se trata es de comenzar a actuar en la palestra pública y en los órganos del poder estatal con base en lo que se dice creer y en las ofertas que se han hecho al electorado, que se reputan no sólo conocidas sino abundantemente discutidas y concienzudamente adoptadas. Si el gobierno pone en práctica medidas que se entienden cónsonas con el programa y la estrategia perredeísta, podría tener su apoyo condicional y vigilante (es decir, sin que sus dirigentes participen individualmente ni se comprometa a la organización); pero si lo hace en trayectoria contraria, tendrá que recibir toda su carga de oposición beligerante… Este sería el mejor aporte del PRD a la sociedad y a la democracia dominicanas, puesto que se proyectaría como una fuerza de opinión inteligente y responsable, pero absolutamente diferente de la prevaleciente en la conducción central del Estado.

Por otra parte, nada de lo que se sugiere constituye un atentado a la “gobernabilidad” (sobre la cual, por cierto, en el país pululan las ideas e interpretaciones más torcidas y acomodaticias). Mientras la base de la “gobernabilidad” es el consenso, la esencia de la democracia es el disenso, y por ello la primera jamás puede implicar cesión de espacios o transarse con el adversario en los temas ideocéntricos. Antes al revés, significa discutir amplia y vigorosamente las diferencias, no ceder un ápice en las cuestiones de principio y llegar a puntos de coincidencia en los asuntos que no sean contradictorios con la visión estratégica que se defiende. La “gobernabilidad” es un asunto de coyuntura concreta (y por lo tanto de temas pasajeros, transitorios o circunstanciales), no de enfoque a largo plazo o de modelo de desarrollo histórico.

El PRD, además, debería redefinir y apuntalar su fisonomía como entidad popular y progresista, desbordar su actual enfoque artesanal de la labor política, asumir de verdad el carácter de organización socialdemócrata, convertirse realmente en un partido de la oposición, hacerse portador y portavoz de un proyecto de nación alternativo frente a los incumbentes de la cosa pública, y dar así notaciones inconfundibles de que sus discrepancias con el PLD y el PRSC no son de naturaleza pancista. Si lo hace, seguramente mucha gente patriota y decente lo respaldaría. Si no lo hace, se expondrá a que esa misma gente le de la espalda. No bastan las glorias pasadas, los símbolos nostálgicos ni las siglas de tradición… Hay que representar, patentizar y hacer la diferencia hoy.

Finalmente, ojalá y los perredeístas se vieran en el espejo ejemplarizador de Venezuela (sede durante muchos años de la más consistente, progresista y solidaria de las democracias latinoamericanas), y entendieran lo que ocurrió con AD y COPEI: olvidando que originalmente representaban visiones distintas sobre el desarrollo de su nación, se fueron convirtiendo paulatinamente en “la misma porquería” (bajo el efecto de los intereses fraccionales, la corrupción compartida, el connubio con la plutocracia, la “canallización” de la política y el clientelismo) y, a la postre, esterilizaron el sistema democrático y sembraron la desilusión en la sociedad… Como el célebre “Chacumbele”, ellos mismitos se mataron.

El resto de esa historia, por supuesto, es conocido: como daba lo mismo ser de AD (socialdemócrata “de oído”) o COPEI (socialcristiano “de boca”) en aquella Venezuela injusta, abigarrada, moralmente descompuesta y frustrada, tuvo que venir desde los cuarteles un joven oficial con inquietudes sociales a representar la diferencia… Y más de dos decenios después, “adecos” y “copeyanos” siguen como el profeta bíblico ante la destrucción de Jerusalén: virtualmente llorando al pie del “Muro de las Lamentaciones”.

(*) El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo.

lrdecampsr@hotmali.com

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