Jueves 25 de Mayo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Carlos McCoy

Daniel y Antonio

Don Juan, era un señor cibaeño, que siempre se preocupó porque sus hijos fueran a la escuela.

Decía que no quería que les pasara a ellos lo que le pasó a él, que aunque poseía una envidiable inteligencia natural, reforzada por un agudo poder de observación, ni siquiera se graduó de bachiller.

Como típico campesino criollo, tuvo una larga prole.
De esa numerosa descendencia, se destacaron dos varones, Daniel y Antonio
.
Daniel era taciturno, sin llegar a la tristeza, de poco hablar, pero, como su padre,
de una inteligencia fuera de serie, reforzada por dos títulos universitarios.

Antonio, tenía en común con su hermano Daniel, la inteligencia,
con una personalidad totalmente diferente.

Profesional académico, era extrovertido, sociable, fanático de la muchedumbre,
de buen y coordinado hablar. Le fascinaban los viajes al extranjero donde se rodeaba
de la crema y nata de la intelectualidad universal.

Al morir Don Juan, los hijos heredaron una pequeñita y hermosa casa,
pintada con los colores de la realeza y llena de libros,
la mayoría escrito por él mismo pues se había convertido en un autodidacta,
pero sobre todo, un hogar colmado de moralidad.

En su sepelio, hasta sus más acérrimos críticos, pues lo tenía,
tuvieron que admitir que su paso por este plano terrenal había sido un paradigma ético.

Antonio, aunque no era el mayor de los hermanos, fue seleccionado por estos
para que tomara las riendas de la casa y la familia.

Contrario al padre, Antonio le gustaba las casas grandes, extravagantes.
Soñaba con tornar esa pequeña casa en uno de los grandes Palacios reales
que él había visitado en sus periplos.

Para realizar su sueño, tomó dinero prestado y ensanchó la pequeña morada,
asignándoles a sus hermanos, habitaciones individuales con todo el confort del modernismo.

Rápidamente, estos muchachos se acostumbraron a vivir en alcobas que,
individualmente, eran más grandes y cómodas que toda la casa en la que habían vivido hasta entonces.

Los años pasaron y la mansión se fue haciendo cada día más grande,
pues familiares lejanos y hasta algunos que en un momento fueron enemigos,
atraídos por el relumbrón, vinieron a vivir en la casa o en su periferia con igual comodidades.

Antonio siguió su ritmo de vida con muchos viajes y verbenas.
A estas últimas siempre llegaba tarde y se iba antes de que terminaran para poder asistir a otras.
Se acostumbró a dejar las fiestas a medio talle.

Daniel, que no estaba muy de acuerdo con el nuevo estilo de vida de sus hermanos,
convocó a una reunión familiar para tratar de cambiarlo. No tuvo éxito. La mayoría votó a favor de Antonio.

Después de esto, aunque nunca se fue de la casa, se retiró, con algunos de sus familiares
a una parte más humilde de la residencia y se dedicó a estudiar la situación familiar y a vivir en un bajo perfil.

Como todo tiene su principio y su final, Antonio,
algunos dicen que a regañadientes, tuvo que tomar unas verdaderas vacaciones,
no sin antes decir que se iba pero que en un futuro cercano regresaría.

Esta vez le tocó tomar las bridas del corcel a Daniel.

Comprobó que la casa tenía demasiada servidumbre.
Muchos inclusive cobraban sin asistir a la Mansión.
Otros se habían retirado, pero seguían cobrando su salario.
En algunos casos, mayores al que percibían cuando laboraban en la misma.

Fue a la inmensa biblioteca de la casona, donde, empotrada en una de las paredes,
estaba la caja fuerte familiar y al abrirla, lo que encontró fueron unas boletas de empeño.

Sin entrar en pánico, llamó a algunos de sus amigos y a instituciones que conoció en vida de su padre,
para pedirle ayuda y poder resolver los problemas encontrados, sin pasar por la vergüenza,
de que los vecinos se enteraran de la verdadera situación económica de la familia.

Dada su calidad moral, sin tacha, Daniel encontró solidaridad y deseos de colaborar.
Todos le abrieron las puertas para que pasara por donde ellos a discutir cómo podían ayudarlo.

Daniel, lleno de esperanza y con la convicción de que podría resolver estos inconvenientes,
fue al armario a buscar un traje con el cual poder lucir presentable ante sus amigos.

Grande fue su sorpresa, pues al abrirlo, se ha dado cuenta que la única ropa que le queda es la que lleva puesta.

Unas chancleticas, la camisilla y unos pantaloncitos cortos.

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