Miercoles 24 de Mayo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

De politica y politicos: machacando ideas

Con bastante frecuencia a Nicolás Maquiavelo (1469-1527) se le atribuye, no sin cierta inexactitud, haber afirmado que es una tendencia “inmutable” de los hombres congregarse políticamente alrededor de ideas o de intereses, y que siempre es más conveniente para el “príncipe” (esto es, para el gobernante, no necesariamente para el líder opositor) que tal “nucleamiento” en su favor se consume fundamentalmente con base en los segundos, que son más tangibles y menos volátiles que las primeras.

La inexactitud, por supuesto, en principio puede ser hija de las constantes y numerosas traducciones (pues no se puede olvidar aquello de que “traduttore, traditore”, que en buen cristiano se entendería como “traductor, traidor”), pero las más de las veces, en realidad, la comprensión sesgada se acuna en la diversidad de “líneas” de interpretación que han supuesto a lo largo de casi cinco siglos la lectura y el estudio de los textos del renombrado cortesano, pensador y político florentino.

Ahora bien, en lo que parece no haber mucha discusión es en que Maquiavelo sostuvo que los pueblos taxativamente se pliegan ante los “príncipes” por devoción o por temor, y que aunque la devoción es siempre preferible cuando se trata de los proyectos de redención social, la historia enseña que sólo los gobernantes que se afianzan promoviendo el temor (que puede expresarse como miedo a la “violencia organizada” del Estado o como miedo a perder los favores y privilegios que éste reditúa) se mantienen durante mucho tiempo en el poder. “El amor es el sesgo de los débiles -sentenciaría siglos después Nietzsche-, y provocar temor para dominar es la ley eterna de los fuertes”.

(Claro, sería inapropiado no recordar, para “limar” un poco las callosidades de las enunciaciones precedentes, que los de Maquiavelo eran tiempos en los que prevalecía el oscurantismo y la ignorancia, y los actos de fuerza y la “dialéctica” brutal de las armas gozaban de mayor prestigio y efectividad en la lucha política que la razón o el espíritu de justicia. En épocas posteriores, como se sabe, esa aserción resultó desmentida por las grandes revoluciones ideológicas: desde la francesa de 1789 hasta la cubana de 1959. Las formulaciones de Nietzsche, de su lado, se inscriben dentro de la reacción irracionalista alemana de fines del siglo XIX y principios del XX frente a la ética del cristianismo y a las entonces todopoderosas corrientes filosóficas racionalistas que encarnaban el positivismo y el marxismo).

Modernamente, empero, tanto la actividad política como el arte y la técnica de gobernar se basan en una combinación de la devoción y el temor, y desde luego sobre valores y bases teóricas distintas de las de antaño: la gente, en general, se “nuclea” alrededor de los líderes y los gobernantes en función de un propósito o de un adversario, y a veces de ambos a la vez. El propósito de la política militante, desde luego, puede ser de carácter ideal o de carácter mercurial (aquí no hay realmente espacios intermedios porque uno de los dos en definitiva siempre se traga al otro). El adversario, en cambio, siempre es una aciaga representación física, un atroz ogro a la vista, una presencia demoníaca ostensible y amenazante.

De todos modos, nadie ignora que el costado menos salvaje del propósito de la militancia política queda contextualizado en ideas, conductas, tácticas, programas y estrategia (las más de las veces promoviendo la parte racional y constructiva del ser humano), mientras que la parte referida a la agitación de los enconos contra el adversario queda tipificada en la elección de algo o alguien para culparlo de todo y “satanizarlo” (promoviendo los más bajos instintos del ser humano: su parte animal y destructiva). El asunto nodal es, en pocas palabras, estar “a favor de” y/o “en contra de”. La forma que adquiera el objetivo de los enconos resulta a la postre de escasa importancia práctica desde el punto de vista de los fines del accionar militante.

La política contemporánea, en casi todas las vertientes o tonalidades (no se toma en cuenta aquí el laborantismo de grupos marginales rezagados respecto de la dinámica de la historia), teóricamente apuesta por la preeminencia del propósito, pero en la práctica (sabedora de que si no lo hace no “llega” a importantes grupos de la población y a ciertos lugares de la “inconciencia colectiva”) se decanta más por la “demonización” del adversario: en un entorno dominado por el fanatismo y la ignorancia atacar y ridiculizar es más rentable políticamente que argumentar, y en ocasiones (la tendencia es ciertamente femenina, pero ha sido adoptada provechosamente por los hombres) la mejor defensa posible reside en la embestida frontal.

Más aún: la política de nuestro tiempo entiende racional o instintivamente (con los firmes auspicios de estrategas y mercadólogos importados del ámbito caníbal de los negocios de esta “era gloriosa” del fundamentalismo de mercado) que lo correcto es que el propósito sea agitado entre la gente, pero que lo que realmente y al final permite obtener los votos decisivos (entendidos como sufragios o apoyatura logística) es la satanización del adversario. Obviamente, administrar certeramente esta antinomia (o sea, saber cuándo y dónde empujar hacia un lado u otro) es un asunto que compete al alto liderato y a sus asesores (no a los de aposento, casi siempre despistados ante la “cotidianidad cultural” de la política, sino a los de la “real politik”, en razón de que la cuestión se refiere a los “elementos tácticos de largo alcance”).

La historia dominicana es rica en hechos que reflejan la presencia de la aludida antinomia. Es más, en bastantes sentidos ella ha sido el signo de nuestro devenir, encarnada en la eterna confrontación entre liberalismo y conservadurismo (denominaciones que, desde luego, conceptual y fácticamente no pueden confundirse con sus iguales de otras latitudes, pues un liberal de aquí bien puede pasar por conservador en Colombia, por ejemplo): con sus bemoles y matices, el uno de corte libertario y popular (promoviendo la superación del status quo), y el otro de esencia totalitaria y elitista (defendiendo el mantenimiento o la “evolución sin traumas” del status quo).

El desenlace de la antinomia de marras es harto conocido: los conservadores (o los que han operado, aún sin saberlo, como representantes de las ideas y los intereses de éstos) han sido dominantes en el ejercicio del poder a todo lo largo de nuestra accidentada historia. En consecuencia, no es exagerado afirmar que si el Estado dominicano ha sido exitoso o fallido, la mayor responsabilidad histórica recae sobre el conservadurismo criollo, cualquiera que sea el disfraz que éste haya asumido: la tiranía, la semidictadura o la democracia. Al margen de la gracia o la desgracia que ello haya significado para la gente del país (y se esté o no conteste con sus secuelas) hay una realidad notoria e incontrovertible: en el devenir dominicano, los conservadores siempre han ganado, y punto. Lo otro es poesía política e histórica, aunque sea de la buena.

En el PRSC (casi desde su fundación, y gracias al pragmatismo ilustrado del doctor Balaguer) y en el PLD (por lo menos desde 1995, merced al pragmatismo avispado del doctor Fernández) las referidas percepciones conceptuales, históricas y fácticas han sido asimiladas en su verdadera dimensión como realidad política operante. En el PRD, en cambio, parece que todavía se patina sobre ellas: es una falange política que pendula cotidianamente entre un ideal pretendidamente liberal y una práctica que linda con el conservadurismo.

Tal es la verdad, gústenos o no: el PRD, el partido destinado a encarnar en nuestro país al liberalismo histórico (tanto por pautas fundacionales y trayectoria como por esencia social y apuestas estratégicas), se ha negado insistentemente a desempeñar ese rol y, peor aún, en múltiples ocasiones ha abrazado abiertamente causas conservadoras… Es un curioso caso de confusión de identidad, alimentado diariamente por una dirección política que, con sus naturales y brillantes excepciones, en general se ha especializado en olvidar el pasado, rumiar en el presente y desdeñar el futuro.

(*) El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo.

lrdecampsr@hotmail.com

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