Miercoles 29 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Recordando a McLuhan: recovecos de la globalizacion

El concepto de “globalización”, como se sabe, se origina a partir de las teorizaciones de Herbert Marshall McLuhan (1911-1980), el sociólogo canadiense que pronosticó (“Comprender los medios de comunicación: las extensiones del hombre”, New York, 1964) los drásticos cambios que los “mass media” (o medios masivos de comunicación) introducirían en la cultura, el arte, las costumbres y la vida general de los años finales del siglo XX.

En sentido general, McLuhan partía de una división de la historia humana en tres eras o “galaxias”: la preliteraria o tribal, en la que “la palabra hablada era la reina y el oído el rey”; la de Gutemberg, en la que “con la invención de los tipos móviles” (la imprenta) se “forzó al ser humano a comprender en forma lineal, uniforme, concatenada y continua”; y la electrónica, en la que observamos cotidianamente cómo los medios masivos de comunicación influyen todopoderosamente sobre el pensamiento y la conducta cotidiana de los individuos y la sociedad “porque son parte integrante de su vida misma”.

McLuhan sostuvo que en la moderna “sociedad de masas” la influencia de los mensajes se debe más a la naturaleza del medio de comunicación (cine, radio, televisión, publicidad, etcétera) que al contenido mismo de aquellos. “El verdadero mensaje -proclamó- es el mismo medio”, porque éste último termina imponiéndose al primero. La razón íntima de ello reside en que “las diferentes tecnologías inventadas por el hombre, entre los cuales se hallan los medios o canales de comunicación, son una prolongación de sus sentidos, instrumentos para exteriorizar su pensamiento”. En otras palabras, “…todos los medios, desde el alfabeto fonético hasta la computadora, son extensiones del hombre”. Por ejemplo, “La rueda es una prolongación del pie; el libro es una prolongación del ojo; la ropa es una prolongación de la piel; el circuito eléctrico es una prolongación del sistema nervioso central…”.

Tal fue la médula nutricia de su teoría primigenia, y con base en ésta los medios de comunicación se pueden dividir en “calientes” (radio, cine, imprenta, fotografía, etcétera) y “fríos” (teléfono, habla, televisión, dibujos animados, etcétera), según la menor o mayor participación o no de los individuos a los que están dirigidos. Los primeros son cerrados, es decir, no permiten una verdadera integración del hombre. Los segundos, en cambio, obligan “a una participación sensorial que estimula la actividad mental del espectador” y que termina uniéndolo y sumándolo en una “comunión colectiva universal” en la que éste (a veces hasta en oposición a sus verdaderos intereses) termina “íntimamente alienado y domesticado”, y por consiguiente asumiendo los criterios o puntos de vista difundidos por aquellos.

Más adelante, McLuhan reflexionó alrededor de la idea de que el progreso de los medios, como resultado de la “revolución de la electrónica”, convertiría a la postre al ser humano, conciente o inconcientemente, en miembro de “una nueva sociedad tribal planetaria”. Concretamente dijo: “El hecho de que las sociedades cerradas sean producto de la palabra, del tam-tam o de otras tecnologías de oído deja prever, en el alba de la electrónica, el englobamiento de toda la gran familia humana en una sola tribu global”. Algún tiempo después, esta idea de “tribu global” evolucionaría, literalmente, hacia la más definida de “aldea global”.

De esa concepción de “tribu global”, “familia humana” o “aldea global”, resultante de la creciente e indetenible interacción de la humanidad con los medios electrónicos (en su calidad de “extensiones” cada vez mas novedosas del hombre y sus sentidos), deviene la idea de “globalización”, entendida como el fenómeno mismo de la mencionada interacción (a partir de un “vínculo sensorial” que, posibilitado y amplificado por las ahora llamadas “tecnologías de la información”, se transforma inevitablemente en “vínculo racional”) y sus consecuencias en la cultura, en la ciencia, en la técnica, en el pensamiento y en la propia vida de los seres humanos y de la sociedad como colectividad.

El concepto de “globalización” no significa sino esa realidad del planeta, patética y palmaria, que vemos todos los días, compartámosla o no, que nos indica que el mundo de hoy, comunicado y relacionado estrechamente por los modernos medios electrónicos “revolucionados” por la informática, es uno sólo, con fronteras antinaturales, artificiales o ilógicas que tienden inexorablemente a derrumbarse. Es, pues, un concepto de apertura, de uniformidad y de integración. El contraste con la “teoría de los dos mundos”, de los soviéticos, y con la “teoría de los tres mundos”, de los chinos, resulta más que evidente: la “globalización” supone la aceptación de la “teoría de un solo y único mundo”, si bien múltiple, plural y polidireccional en su propio funcionamiento interior.

No puede resultar extraño, por vía de consecuencia, que la “globalización” tenga en principio, y sobre todo, basamentos y efectos en las nerviosidades troncales del sistema capitalista hoy predominante: las actividades relativas a la economía (comercio y finanzas) del orbe. Por eso, por ejemplo, para el Fondo Monetario Internacional (FMI) “La globalización es una interdependencia económica creciente del conjunto de países del mundo, provocada por el aumento del volumen y la variedad de las transacciones transfronterizas de bienes y servicios, así como de los flujos internacionales de capitales, al tiempo que de la difusión acelerada y generalizada de tecnología” (ver http://www.globalizate.org/ques.html).

Por supuesto, el punto de vista neoliberal “puro” y “práctico” sobre la cuestión, como se ha puesto de manifiesto en los últimos tres decenios, es mucho más específico y explícito: implica la liberalización del comercio y los flujos de capitales (eliminación de fronteras y controles); la privatización de la producción de bienes y servicios (“lo público es poco eficiente”); la flexibilización del mercado de trabajo (contratar los trabajadores con los salarios que a la empresa le parezcan adecuados, y despedirlos cuando les convenga); y la desregularización, es decir, la supresión de todas las regulaciones públicas de la vida económica y social para que los actores puedan establecer sus propias reglas y operar únicamente con sujeción a éstas.

Un punto de vista que no por llano deja de ser interesante, a ese mismo respecto, es el de Miren Etxezarreta (Seminario de Economía Crítica, editado por Taifa en febrero de 2001 y reeditado en 2009 con algunas adiciones), quien afirma que la globalización no es nada nuevo ni “genial” ni “maravilloso” sino simplemente “el nombre que se le da a la etapa actual del capitalismo”, una etapa de “imperialismo global” no chauvinista y de supertecnología aplicada a todas las esferas de la vida del ser humano, inclusive la sensorial y la ética”. ¿No nos recuerda esto la tesis de Lenin sobre el imperialismo como fase superior y última del capitalismo? ¿O la de Haya de la Torre sobre el imperialismo en Indoamérica? ¿O la de Bosch sobre “El pentagonismo como sustituto del imperialismo”?

De manera más específica, el economista vasco, aunque sin “conceptualizar” en detalle su idea sobre el “imperialismo global”, ha sostenido que “La globalización es la expresión de la expansión de las fuerzas del mercado, especialmente a nivel mundial y profundizando en el dominio de la mercancía, operando sin los obstáculos que supone la intervención pública”. Así, la globalización “no es un fenómeno completo y terminado sino que hay que contemplarla como un largo proceso inacabado en el que el capital lucha por ampliar su dominio”, y por ello su existencia puede ser, al mismo tiempo, extensa e intensa.
Por otra parte, y en orden análogo de ideas, para cualquier observador deviene notorio que el fenómeno de la globalización, a contrapelo de muchas de las ideas originales de McLuhan, concluyó íntimamente vinculado no sólo a la quiebra del sistema socialista-comunista y a la novedosa “era” de hegemonía exclusiva del capitalismo en el mundo, como ya se ha señalado, sino también a la subsecuente urgencia de buscarle salida a las obligaciones de expansión y a las necesidades de reproducción de los capitales financieros de los Estados Unidos y Europa (el grueso de carácter privado, pero con socios estatales asiáticos y del medio oriente) y la República Popular China (el grueso de carácter no privado, pero parapetados tras un inmenso aparato de creación de mercancías).

Esa misma urgencia crea, igualmente, la necesidad de procurarle legitimación ideológica y racional a las nuevas realidades planetarias. Por eso, a la larga resulta también inevitable la tendencia a relacionar la globalización con la llamada “revolución conservadora” de los dos últimos decenios del siglo XX en el mundo occidental (“Escuela austriaca”, “Chicago boys”, “reaganismo”, “tacherismo”, etc.) y con el resurgir de las ideas de Friedrich Hayek a través de la filosofía y el modelo económico neoliberales, concretados espectacularmente a mediados de los años ochenta en el impulso abrumador de los dictados (“diez puntos”) del “Consenso de Washington”. En principio, pues, anti comunismo, anti estatismo, “laissez-faire”, “sociedad abierta”, conservadurismo y globalización vinieron de manos, y los socialdemócratas y los socialistas que han asumido el fenómeno como parte del “espíritu de los tiempos” no han sido sino socios circunstanciales que han terminado pagando los platos rotos de sus adversarios históricos.

De todos modos, no es posible concluir estas notas sin llamar la atención sobre lo que finalmente señaló McLuhan acerca de la cuestión que discutimos: “…la aldea global tribal es una fuente de conflictos y divisiones mucho mayor que cualquier nacionalismo. La aldea es fisión, y no fusión… La aldea no es el lugar donde hallar paz y armonía ideal. Es lo opuesto…”. Y su balance algo atolondrado, a nuestro juicio, es lo más trascendental: “No apruebo la aldea global, sólo digo que vivimos en ella”… Es decir: estamos aquí y esto es lo que hay. Lo otro sería escoger entre Tiberio, Caifás y Pilatos.

(*) El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo.
lrdecampsr@hotmail.com

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