Domingo 28 de Mayo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Nuestro "mundo posideológico"

Mientras el “mundo de Yalta” (1946-1989) era el de las ideologías (con su gran carga de pasión, ingenuidad, espiritualidad y confrontación social), éste nuestro de hoy, en cambio, es el mundo de las utilidades (con su gran carga de pragmatismo, hipocresía, vacuidad espiritual y confrontación individual), es decir, el mundo de lo práctico y lo “rentable”, de los “ganadores” y los “perdedores”, el “mundo posideológico”.

La pasión, la ingenuidad, la espiritualidad y la tendencia a la confrontación social -permítasenos la insistencia- tenían tanta cabida en el orden mundial de hace cinco lustros como la tienen hoy (en la era de la globalización y la sociedad de la información) el pragmatismo, la hipocresía, la vacuidad espiritual y la tendencia a la confrontación individual: entre uno y otro extremos, lo perceptible actualmente es una total y absoluta transposición de los valores. El asunto es simple: en los hechos (léase: más allá de las poses y las palabras) ya casi nadie cree en paradigmas morales y “soluciones” inmateriales, Dios y todos los santos incluidos.

No olvidemos, sin embargo, que la quiebra de las ideologías en el decenio final del siglo pasado (colofón de un estado de bancarrota que había despuntado en los años sesenta con las engañifas totalitarias del comunismo soviético) en principio prefiguraba para algunos observadores (sobre todo porque veían, turulatos, una creciente expansión de la religión a través del inusitado reclutamiento de infinidad de personalidades y gente sencilla) un cambio de escenario para el pensamiento, una transformación doctrinaria dentro de la espiritualidad, esto es, un regreso a los espacios “irracionalistas” de la fe.

En efecto, dado que casi todas las ideologías se habían rebelado contra Dios a la grupa de una visión “científica” de la vida y el mundo (lo que en parte contribuyó a la postre a liquidar su humanismo y su bondad originales), se esperaba un retorno del hombre a la tutela de la divinidad. No obstante, valga la reiteración, esa prefiguración resultó fallida: el ser humano, acaso ahíto de promesas incumplidas y aleccionado por el fracaso en la víspera de los proyectos de redención colectiva, siguió obviando toda deidad (lo de la incultura y la ignorancia es un fenómeno ulterior y consecuencial) y prefirió saltar hacia el escenario “realista” de la materialidad y la individualidad.

La cuestión es que la quiebra de las ideologías al fin y al cabo no se expresó, como algunos esperaban, en una transformación o evolución de los valores sino en su supresión o su inversión completa y cabal: las ansias de libertad fueron sustituidas por una caotización de la vida personal y social que no parece sino su caricatura; la dignidad fue preterida por una resignación legitimada en las necesidades de supervivencia; y el espíritu de justicia fue doblegado por la insurgencia de un individualismo que sólo sabe de la problemática existencial del ego y los anhelos personales. Así, en síntesis, el hombre del siglo XXI, si excluimos la era prerreligiosa y los posteriores interregnos de transición, ha venido a ser el más nihilista de la historia de la humanidad.

Por supuesto, el mundo posideológico también es el mundo de la anticultura en sentido estricto, pues en estos momentos a casi nadie le interesa ningún conocimiento “teórico”, trascendental o clásico. Lo que importa en estos instantes es el conocimiento que genera rentabilidad material inmediata, o sea, beneficios financieros, económicos o “sensuales” a corto plazo. Sólo tiene valor lo que produce riqueza material o “éxito”. Es, a no dudar, la preeminencia de la lógica competitiva del mercado sobre las cándidas y bonachonas apuestas de la solidaridad humana.

Dejémonos de patochadas, empero: el fundamentalismo del mercado de la era de la globalización y de la posideología no puede ser un agente de promoción del progreso como aspiración humana; en realidad, más bien se ha develado en la práctica como un generador del lucro en tanto esencia del llamado “capitalismo puro” en su vertiente más frívola y menos humanista. Una prueba evidente de ello es que en estos momentos, cuando la informática domina avasalladoramente todas las actividades del orbe, los bienes y servicios básicos para la supervivencia del hombre (contrariamente a lo que anunciaban rimbombantemente la ciencia y la tecnología de hace sólo un par de décadas) tienden cada día a incrementar sus precios y no a reducirlos.

¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué la moderna industria, por ejemplo, en vez de garantizar cada vez mayor acceso del ser humano a sus productos a través del anunciado abaratamiento de precios que se suponía que conllevaban las nuevas técnicas de producción, ha terminado cargando de tal modo sobre el consumidor gravosos fardos de costos que incluso en muchas ocasiones (al bajar dramáticamente el consumo) han provocado hasta la desaparición de la misma industria? La verdad es, reiteramos, que en el centro de toda esta problemática se encuentra el afán de lucro que estimula el neoliberalismo: el “salvajismo expoliador” del “mercado bárbaro del siglo XXI” ha barrido con todo rastro de humanismo en el viejo capitalismo.

Por lo demás, no olvidemos que la Internet (elemento cumbre del mercado de la globalización y del mundo posideológico) tiene, por efecto del mismo afán de lucro de sus auspiciadores y controladores, una doble cara: de un lado, permite acceder a la información de manera rápida, directa y con cierta exactitud; del otro, nos acostumbra a lograr la información con un simple pago y sin mucho esfuerzo (con lo cual limita la curiosidad por el conocimiento) y de manera fragmentaria (convirtiéndonos nuestro cerebro en un almacén de “resúmenes de resúmenes”). Por eso, cada vez mas gente culta e inteligente considera que la Internet sin filtros, como la televisión sin controles, no sólo es un basurero de datos incompletos sino también una herramienta para la manipulación dosificada del conocimiento y, consiguientemente, para la promoción del embrutecimiento general.

Desde luego, es una verdad de Perogrullo que el afán de lucro no es un fenómeno nuevo en la historia. Antes de que nacieran las ideologías, ese era el leitmotiv de casi la totalidad de la vida humana. Esto es harto sabido. Lo que no se esperaba, claro está, era que, tras varios siglos de lucha contra los operarios y las consecuencias prácticas (degradación moral, indiferencia social, desigualdad, miseria, etc.) del afán de lucro, el ser humano retornara a sus orígenes “bárbaros” de manera tan olímpica. Cándidamente se supuso que los arrestos de espiritualidad del hombre (uncidos en el Renacimiento y humanizados políticamente por el marxismo y el cristianismo social) habían echado algunas raíces indestructibles en su pensamiento y en su alma. ¡Cuán equivocados estaban los que así pensaban!

Ahora bien, ¿qué ha sido de este “nuevo orden” sin dioses ni ideologías? El escenario fundamental de la protesta social no es hoy la calle sino la opinión pública, y aunque el modelo neoliberal está haciendo crisis en todas partes y el movimiento que lo impugna ha logrado consumar algunas coyunturales “victorias de efecto” (las manifestaciones de Seattle de noviembre de 1999, las de Québec de abril de 2001, las de Génova de julio de ese mismo año, las protestas de “los indignados” en España y EEUU desde 2010, etcétera), que no han podido ser acalladas gracias irónicamente a los propios instrumentales de comunicación provistos por la “globalización”, en definitiva el balance mundial todavía está a su favor: pese a que ya muchos líderes y organizaciones políticas pugnan por zafarse de sus amarras deshumanizantes, en estos instantes estamos virtualmente entrampados en su racionalidad.

En suma: el mundo de hoy no es un mundo diseñado para los “pendejos” que privilegian el pensamiento sobre la materialidad. Todo ahora es cuestión de intereses mercuriales y de sensualidad, no de invocaciones religiosas ni de formulaciones doctrinarias. Este nuestro de la actualidad es el “mundo de la posideología”, y para exorcizar el ostracismo moral que impone a sus impugnadores talvez convenga un poco no olvidar la famosa frase de Séneca: “El que no se adapta perece”.

(*) El autor es abogado y profesor universitario
lrdecampsr@hotmail.com


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