Miercoles 29 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Despues del “Mundo de Yalta”

(Evocación nostálgica de la “era” de la ideología)

El mundo de hoy, narigoneado por la cultura occidental, se ha erigido, por decirlo de algún modo, sobre las ruinas del esquema geopolítico creado a partir de la conferencia celebrada por Churchill, Roosevelt y Stalin en Yalta, Ucrania, en febrero de 1945, tras la victoria de “los aliados” (Inglaterra, Estados Unidos, la “Francia Libre”, etcétera) contra las “potencias del eje” (Alemania, Italia y Japón) en la Segunda Guerra Mundial.

En efecto, debe recordarse que esa importante reunión de los líderes de los países vencedores tuvo como colofón un nuevo reparto del planeta, y que de ella surgieron no sólo promesas y protestas documentales sobre la necesidad de “una paz duradera” sino también cuatro grandes “zonas de influencia” (la norteamericana, la inglesa, la francesa y la soviética) que, al cabo de unos cuantos años, se redujeron a sólo dos: la de los Estados Unidos de América (EEUU) y la de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

También debe tenerse presente que la aparición de esas dos grandes “zonas de influencia” (separadas en Europa por lo que Churchill llamó el “telón de acero” y otros luego denominaron la “cortina de hierro”), produjo una inédita y espectacular escisión del mundo que involucraba tanto asuntos de carácter territorial y político como cuestiones de naturaleza cultural e ideológica: la división entre el Este y el Oeste. En los cimientos de tal separación latía la novedosa “teoría de los dos mundos”, patrocinada inicialmente por la URSS y, en los hechos, asumida posteriormente, situando los argumentos al revés, por los Estados Unidos y sus aliados.

El de Yalta era, en bastantes sentidos, el mundo del pensamiento social doctrinario, esto es, el mundo de la racionalidad ideológica, pues por primera vez en la historia la humanidad se dividía efectivamente (es decir, no sólo en términos cualitativos sino también cuantitativos) en función de las coordenadas del pensamiento y no en razón de los intereses tangibles.

En el fondo, tras la vocinglería, las tensiones o los alegatos de libertad, democracia o justicia, en aquel mundo se observaba nítidamente una confrontación de valores: unos hombres defendían la supremacía de la individualidad en tanto base de la libre organización social (liberales, conservadores, neolibertarios, cristianos fundamentalistas, ultraderechistas, etc.), otros apostaban por la preeminencia del espíritu colectivista en tanto fundamento del bien común (socialistas marxistas, radicales de izquierda, comunistas, anarquistas, etc.), y no faltaban quienes proponían fórmulas intermedias o híbridas destinadas a reunir partes esenciales de los anteriores (socialdemócratas, socialcristianos, izquierda democrática, demócratas radicales, etc.).

Naturalmente, el de Yalta fue también, y no podemos olvidarlo, el mundo de las antinomias y de los maniqueísmos políticos y doctrinarios, y aunque este simplísimo sistema de las contradicciones a la postre se develó apócrifo y asfixiante en múltiples aspectos, lo cierto es que suponía en sus implicaciones sociales, punto más o punto menos, un triunfo de la espiritualidad sobre la materialidad del hombre, hasta tal extremo que los representantes o portavoces del irracionalismo y la abominación de la ideología (la llamada “caverna” política y los “prácticos”), para no quedar fuera de combate, se vieron en la obligación de desbordar sus pedestres puntos de vista de “búsqueda” o de hartazgo material y realizar elaboraciones teóricas y apuestas ideológicas que sustentaran sus proyectos de organización o reorganización de la sociedad.

La “teoría de los dos mundos”, tal y como fue formulada por sus pioneros comunistas, en resumen lo que planteaba era que a partir de la revolución bolchevique de octubre de 1917 en la vieja Rusia de los zares, el planeta había quedado escindido en dos “mundos” políticos, económicos y culturales: el “atrasado mundo” del capitalismo (cuyo sustrato doctrinario eran el cristianismo, el liberalismo clásico y el conservadurismo ultra nacionalista) y el “avanzado mundo” del socialismo y el comunismo (cuyo sustrato era el marxismo, luego convertido en marxismo-leninismo, con sus distintas interpretaciones).

Conforme a la citada concepción, la beligerancia entre esos dos mundos (uno que representaba al pasado y otro que encarnaba al futuro) era el signo de los tiempos, y el triunfo del segundo (esto es, del socialismo y el comunismo), en virtud del determinismo que presidía las entonces “todopoderosas” coordenadas teóricas del marxismo, era inevitable como resultado de “la inexorable dialéctica de la historia”. Es más, un congreso del Partido Comunista de la URSS, en la segunda mitad del siglo XX, llegó a proclamar, en el paroxismo de la petulancia intelectual y de la ingenuidad política, que “la próxima generación vivirá en la sociedad comunista”.

La confrontación incruenta e indirecta entre las dos nuevas superpotencias, teniendo como escenario cualquier latitud de la geografía terrestre o expresión del pensamiento humano, fue lo que se denominó “guerra fría”, involucrando un período histórico que comenzó más o menos en el año de 1946 y virtualmente concluyó con la caída del infame muro de Berlín en 1989. Este último acontecimiento, de alguna manera, ha sido considerado como el “tiro de gracia” al mundo diseñado en Yalta.

Es necesario puntualizar, no obstante, que ese singular período de la historia humana, cuya duración fue de aproximadamente cuarenta y seis años, no fue siempre “frío”, pues tuvo múltiples momentos harto “calientes”: la guerra de Corea (1950-1953), la guerra de Vietnam (1954-1975), la “crisis de los misiles” (octubre de 1962), la “primavera sangrienta de Praga” (Checoslovaquia, 1968) y la invasión de Afganistán (1979), entre otros eventos aterradores que amenazaron seriamente la paz en el orbe.

El mundo de Yalta, de todos modos, en unas ocasiones fue intimidante y en otras idealista, pero las más de las veces fue apasionado, dramático y traumatizante, y no sólo en razón de que se caracterizó oficialmente (pues distinta fue la historia en el siniestro terreno del espionaje internacional) por el enfrentamiento incruento pero incesante entre las dos superpotencias rivales que emergieron de los resultados de la conflagración mundial, como ya se ha mencionado, sino también porque, tras el manto de sus conflictos de variopinto pelaje, pudo ocultar durante algún tiempo la más grave y letal contradicción en la que ese mundo realmente hervía: la contradicción Norte-Sur, es decir, las vergonzosas y abismales diferencias existentes en las condiciones de vida entre los países ricos y desarrollados del hemisferio septentrional y los países pobres y atrasados del hemisferio meridional del planeta.

La conciencia de esas patéticas realidades empujó a los países con gobiernos nacionalistas, progresistas, anti-imperialistas o simplemente neutralistas del mundo, impulsados por Nehru (la India), Tito (Yugoeslavia) y Nasser (Egipto), que se negaban a situarse a la zaga de las dos superpotencias hegemónicas, a hacer el intento de cambiar la anatomía y las proyecciones factuales de los conflictos a través de la constitución, en la conferencia de Belgrado del año de 1961, del Movimiento de los Países No Alienados, reclamando y proclamando la implantación de un nuevo enfoque de la problemática mundial, de suerte que la premisa no fuera el conflicto Este-Oeste sino la contradicción Norte-Sur.

Unos años después, con la ya activa participación de los líderes comunistas chinos, que como parte de su desafección poststalinista del modelo soviético habían formulado una teoría al tenor (reiteradamente difundida a través del periódico oficial “Diario del Pueblo” o del boletín internacional “Pekín Informa”), los países “no alineados” también empezaron a llamarse “países del tercer mundo”, denominación con la que se implicaba, en concordancia con la aludida teoría, una novedosa jerarquización política, económica, social y cultural del globo terráqueo.

La “teoría de los tres mundos”, asumida oficialmente por la “inteligencia” china, en síntesis apretada y vulgar lo que hacía era dividir el planeta en tres zonas diferenciadas y contradictorias entre sí: el “primer mundo”, integrado por las superpotencias (EUUU y URSS); el “segundo mundo”, compuesto por los países desarrollados o con pobreza escasa, independientemente del signo político e ideológico de sus gobiernos; y el “tercer mundo”, formado por las naciones más pobres o vulnerables, también al margen de posiciones doctrinarias o regímenes políticos.

El mundo basado en toda esa racionalidad, aquel mundo diseñado en Yalta por los vencedores de la última guerra mundial en función de sus intereses ideológicos y económicos, el mundo controlado e impregnado por las demandas inaplazables de la “geopolítica”, fue el que empezó a morir en Berlín en noviembre de 1989 y, menos de un lustro después, dio origen al mundo actual, dominado por el neoliberalismo, la globalización, el capital financiero y las nuevas transnacionales de la informática.

En este nuevo orden planetario ya la ideología no sería un “agente de promoción del cambio y el progreso más allá de su signo” (como proclamó un político brasileño), ni la política se entendería como una “expresión concentrada de la economía” (según el feliz apotegma de un pensador chino. Antes al contrario, la primera moriría miserablemente abandonada a su suerte por partidos y líderes, y la segunda se transfiguraría en una socia fantoche de las finanzas, en una “convidada de piedra” del capital transnacional, en una ridícula e insignificante aliada susceptible de ser apartada del poder real cuantas veces fuese útil para el negocio del gran dinero.

Entramos, pues, desde entonces al mundo mercurial, circense y “light” de la posideología (“La civilización del espectáculo”, le acaba de llamar acertadamente don Mario Vargas Llosa), y en él nos encontramos en estos momentos, algunos muy cómodamente, otros a regañadientes y los más sumidos en una olímpica indiferencia.

(*) El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo.
lrdecampsr@hotmail.com

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