Domingo 23 de Julio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Los grupos en el PRD: ¿Vicio o Virtud?

El autor de estas líneas ha sostenido con casi impenitente necedad, en oposición a las consideraciones al tenor de buena parte de los observadores políticos del país, que la libre proliferación de corrientes de opinión (aún con sus excesos de militantismo pancista y sin importar quienes las integren o encabecen), constituye la principal virtud democrática del Partido Revolucionario Dominicano (PRD).

Más aún: quien escribe ha planteado que la presencia abierta y formal de tales corrientes (que en los hechos pululan en casi todos los partidos nacionales, pero parapetadas tras la hipocresía del secretismo y silenciadas con el cinismo de la “disciplina interna”) es lo que convierte al PRD en la organización política más abierta, libre y consensual del país, independientemente de sus a veces desconcertantes inconsecuencias conceptuales y de sus recurrentes aberraciones populistas.

Inclusive, puede asegurarse que el ejercicio de diversidad y pluralismo que impulsan los agrupamientos internos del perredeismo (como idea, como sentimiento o como praxis) es justamente lo que ha hecho posible que éste se haya constituido (por encima del sectarismo, la inhabilidad y la propensión plutocrática de una parte de sus dirigentes) en la organización política de mas hondas raíces democráticas y mayores esencias populares de la República Dominicana.

Y algo más todavía: en muchos sentidos tales perfiles son los que han posibilitado que el PRD sea en estos momentos una poderosa fuerza de retroalimentación de la democracia dominicana (en tanto forma de organización histórica y sistema de libertades públicas) y, por vía de consecuencia, un instrumento de contención de las antiquísimas, peligrosas y omnipresentes tendencias totalitarias de nuestra sociedad.

(Sí, lo que se está afirmando es que el PRD puede tener muchas cosas buenas o malas -siempre dependiendo del cristal con que se observe-, pero que nadie con “dos dedos frente” podría negar que la traslúcida lucha interna que registra y la vociferante manera en que ésta se dirime lo convierten en un partido más plural, más democrático y más transparente que, por ejemplo, el PLD y el PRSC, dos organizaciones aún empantanadas en los métodos y estilos orgánicos de dirección basados en el centralismo, el elitismo, la simulación disciplinaria y el intimismo conspirativo, unos de rancio origen leninista y otros acunados en el fascismo europeo de principios del siglo XX).

Es, pues, opinión del suscrito que la crisis actual del PRD no es propiamente producto de la existencia de los grupos (al fin y al cabo naturales e inevitables en las asociaciones humanas libres) sino de tres hechos nodales: la intervención en sus querellas electorales internas de sectores foráneos interesados en promover su dispersión (con la anuencia o la simple permisibilidad sabichosa de algunos de sus líderes, momentáneamente beneficiaros de ella); el manejo inadecuado de las contradicciones post-convencionales como resultado de los resentimientos, las prácticas sectarias, los intereses personales y las posturas triunfalistas; y la ausencia de una sincera voluntad concertadora o negociadora en las partes en pugna, más ocupadas en doblegar a sus adversarios partidistas (mirando extemporáneamente hacia las convención para elegir el candidato presidencial de 2016) que en desempeñar el rol oposicionista que le corresponde en razón de los resultados electorales de la víspera.

Por supuesto, se pecaría por omisión si, paralelamente, no se admite que esos hechos “causales” de la crisis del PRD encontraron caldo de cultivo en su viciada y supernumeraria estructura organizativa, su precaria base ideológica y programática, su anacrónico estilo de dirección, su falta de respeto por las reglas internas y, en general, en su notoria adhesión a los relajados perfiles conceptuales y conductuales de la política “light” en un país en el que, por otra parte, desde hace mucho tiempo el afán partidista dejó de ser una actividad de servicio público (como aún lo es en otras latitudes) para convertirse en una forma de “trabajo”, un subterráneo laborantismo económico y hasta un “modo” de vida.

(Hay que insistir, empero, en que no se está negando que las características, la forma de operar y las absurdas proyecciones estratégicas de los grupos del PRD -de fundamento personalista, esencia clientelar y objetivos mayoritariamente arribistas o mercuriales- han contribuido a crear un confuso y errático modelo de manejo de las discrepancias, una imagen facial de conflictualidad y una atmósfera interna a veces enrarecida. No. Lo que se afirma aquí es, únicamente, que la mera existencia de los grupos no es lo que da pie a las crisis del PRD, y que su desaparición, por consiguiente, no necesariamente es la panacea para todos sus problemas: con grupos o sin ellos, los perredeístas harían lo mismo que están haciendo en estos momentos porque lo que da vida a su recurrente y aparatosa vorágine interna es la ausencia de un estructura orgánica funcional, la generalizada falta de educación política y el permanente relajamiento de su normativa interior).

Pero cuidado si se mal interpretan las aseveraciones que preceden. En entidades de la naturaleza y las características del PRD, los grupos son inevitables y hasta necesarios (y aquí vale una afirmación taxativa) esencialmente porque ante la ausencia de un liderazgo único y de una subsecuente estructura directiva homogénea, éstos actúan como entes supletorios de su cohesión relativa, como incubadores de nuevos dirigentes y como válvula de escape de las presiones internas que se generan a partir de la horizontalidad de su estilo de dirección y de los dinámicos pero defectuosos contrapesos de su autoridad interior. En otras palabras: las anteriores aserciones sobre los grupos no son necesariamente válidas para organizaciones políticas de estilos y métodos de dirección verticales y con un liderazgo taxativo o de vocación excluyente.

Por eso, y vistas bien las cosas, la cantaleta mediática que actualmente se refiere al alegado “desorden” del PRD e insiste en postular la eliminación de sus grupos como fórmula de “salvación” es pura palabrería huera alimentada y publicitada por los enemigos del perredeismo, y el coro que se le hace desde el interior de aquel no es más que una evocación nostálgica de la época (felizmente superada) en que la entidad era caudillista, centralista y verticalista, o la mera expresión de un anhelo que acaso alimenta la parte de su dirección que ha alcanzado principalía con base en los bastardos procedimientos del clientelismo. Esa cantilena es, pues, en esencia, un verdadero atentado contra la identidad del perredeismo.

La verdad, la simple y cruda verdad es que si el PRD renegara de su naturaleza y sus características históricas como entidad popular, pluralista, abierta, horizontalista y libertaria (e incurriera en el yerro de tratar de parecerse al PLD o a cualquier otro partido “uniformado” y de esencia verticalista), los primeros que estarían el peligro de ser “purgados” o desbordados serían quienes en estos momentos (talvez sobresaltados por el “pánico antidemocrático” que es propio de los mediocres y los autoritarios) apuestan por ello dentro de la organización con apócrifos e insustanciales alegatos de “orden”, “disciplina” y “coherencia”.

El PRD, que es el único partido importante del país que desde hace bastante tiempo tiene un liderazgo supremo realmente diverso y colegiado, se debería reconocer a sí mismo, sin vergüenza ni auto chantaje de ningún tipo, como una falange política cuasi federativa, con rasgos de frente social, no totalitaria y de múltiples corrientes de opinión, y en la cual la existencia de éstas, por consiguiente, tiene que seguir siendo libre y, valga la reiteración, asimilada como parte de su “idiosincrasia” en tanto entidad banderiza. Porque dejémonos de patochadas: así es y será siempre el PRD en los hechos, al margen de lo que digan o no sus documentos normativos.

Desde luego, se da por descontado que nadie ignora lo que tendría que ocurrir dentro del perredeismo cuando éste de veras se “sincere” y quede reconocida la reseñada realidad: como acontece en la sociedad misma, el funcionamiento de las corrientes perredeístas de opinión debe sujetarse, so pena de medidas cautelares o punitivas, a los límites racionales que imponen las leyes, los reglamentos, las resoluciones y las ordenanzas jerárquicas de la organización. Pero nada más, porque lo otro sería liquidarlo: un PRD sin agrupamientos internos, dadas sus actuales precariedades estructurales y conceptuales, difícilmente sobreviviría en la liza del hoy abigarrado y frívolo partidarismo nacional.

(*) El autor es abogado y profesor universitario

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