Miercoles 29 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

La socialdemocracia dominicana: verdades y mentiras

(Notas para una crítica de la ideología del PRD)

El Partido Revolucionario Dominicano (PRD), por lo menos desde el año 1975 (cuando el doctor Peña Gómez formalizó sus antiguos contactos políticos y personales con organizaciones y líderes de la Internacional Socialista), ha ostentado la representación de la socialdemocracia en el país.

La adscripción a la socialdemocracia, empero, nunca ha entrañado en las filas del PRD uniformidad de creencias y convicciones, pues aunque entre los años 1976 y 1984 algunos de su más prominentes doctrinarios (siempre bajo la inspiración y con el respaldo del doctor Peña Gómez) hicieron denodados esfuerzos por educar a su militancia en el ideario y las praxis del llamado “socialismo en libertad”, los mismos no eran consistentes con la notoria principalía del ala conservadora de la entidad en su estructura dirigencial.

Tal preeminencia orgánica, que se patentizó no sólo en las múltiples sinuosidades “tácticas” que exhibía la conducción cotidiana del PRD sino también en su presencia olímpicamente no transformadora en los órganos del Estado (gobierno central, congreso, municipios, etcétera), por momentos resultó seriamente amenazada con los proyectos de educación política de aquellos años (siempre regenteados y celosamente orientados por la maestra eterna, la doctora Ivelisse Prats de Pérez), pero éstos a la postre resultaron preteridos bajo el empuje arrollador del pragmatismo y el utilitarismo que promovieron los grupos pancistas que en la misma época se constituyeron alrededor de varios de los mas descollantes líderes del perredeismo.

En otras palabras: de aquel virtual choque de estrategias dentro del PRD salieron finalmente victoriosos los grupos no ideológicos, y por eso la entidad, aunque formalmente se ha mantenido afiliado a la Internacional Socialista y en sus documentos teóricos todavía proclama su adhesión a la socialdemocracia, cuando menos desde el decenio de los noventa del siglo pasado ha tenido propensiones filosóficas y conductuales que, no obstante ser pretendidamente progresistas, son bastante cercanas al conservadurismo, al neoliberalismo y, sobre todo, a la política “light” que se impuso en el partidismo dominicano con el derrumbe del llamado “campo socialista”, el triunfo de los dictados del “Consenso de Washington” y el advenimiento de la globalización y la sociedad de la información.

(La globalización y la sociedad de la información, sin dudas, han supuesto un formidable salto económico, científico, intelectual y tecnológico para la humanidad -hasta tal punto que hay quienes sostienen que en esos campos ésta ha adelantado más en los últimos tres decenios que lo que avanzó a lo largo de toda su historia-, pero también es innegable que han puesto en aprietos a la llamada “sociedad abierta” propia del sistema democrático moderno, han propiciado la yugulación de algunas de las libertades humanas tradicionales, y en buena medida se han erigido en prebostes de la cultura clásica y sepultureros del humanismo en sentido general, que ya son asimilados por las nuevas generaciones como creaciones jurásicas o formulaciones inútiles para la vida “real”).


El PRD de hoy, si nos atenemos rigurosamente a los hechos, no es un partido socialdemócrata: nada en sus ideas operantes, sus compromisos sociales, su fisonomía o su accionar (base doctrinaria real, pactos políticos, Estatutos, formación de componentes humanos y línea estratégica nacional e internacional) lo sindica como tal. En realidad, el PRD sigue siendo una falange política de gran trayectoria democrático-revolucionaria y de decidida vocación libertaria, pero su aproximación a la socialdemocracia es cada vez más formalista, precaria y desidiosa: las intenciones de convertirlo en un verdadero representante en el país de esta tendencia ideológica apenas sobreviven en el pensamiento y en el alma de unos pocos perredeístas.

Esa es, valga la insistencia, la mera verdad (al margen de deseos, apuestas o ensoñaciones), y no parece que la dirigencia actual del PRD (grupos aparte), cuya legitimidad en buena parte se cuece al calor del clientelismo vulgar y la ausencia de valores que corroen a la sociedad dominicana de este siglo XXI, esté interesada en modificarla. Y la razón es tan pedestre como conocida: ello auspiciaría una renovación interna que inexorablemente la desbordaría, y obviamente nadie concientemente “afila” cuchillo para su propia garganta.

En estos momentos el PRD es una formidable maquinaria electoral, pero en términos organizativos luce desarticulada y sin institucionalidad (bases de papel, organismos supernumerarios e infuncionales, cargos sin fundamento racional, dirigencia inorgánica y políticamente sobrevaluada, liderazgo históricamente agotado, nuevas generaciones mercantilizadas, etcétera) y filosóficamente inextricable (populista, utilitaria, sin opiniones coherentes y tratando de ocupar los espacios sociales que son patrimonio histórico de la derecha), y en buena medida esto explica la falta de pasión, el tono antediluviano y la ausencia de fascinación de su discurso general.

Por lo demás, situado realmente en la lejanía respecto de cualquier tendencia de pensamiento, el PRD de hoy está integrado y dirigido por gente fácticamente bien dispuesta (porque maneja con destreza la vocinglería oposicionista, la política de clientela y la arquería interna) pero con escasa formación conceptual y, por ello mismo, muy proclive a reducir la acción política a su vertiente “práctica” para colocarse en una postura decididamente adversa a todo laborantismo doctrinario y a la presencia de hacedores y promotores de ideas en sus estructuras directivas. Esto ha convertido al PRD, lastimeramente, en una entidad anti intelectual, degradada desde el punto de vista cultural y, por añadidura, con una lamentable imagen de mediocridad, ineptitud y tosquedad improductiva.

(Por ejemplo, en los últimos procesos electorales la diferencia entre el PRD y el PLD, en lo atinente a lo referido en el párrafo que precede, ha sido ostensible: el primero ha aireado una cúpula de dirección intelectualmente muy pobre y con limitadas referencias en el laborantismo político inteligente -percepción científica de la realidad, espíritu de creatividad, análisis de coyunturas y formulación de estrategias-, mientras el segundo -que cree menos en ideología y está permeabilizado por el “yuppismo” típico de la globalización- ha hecho exactamente lo contrario. Esta situación ha posibilitado en todos los casos, por un lado, que el votante quedara con la impresión de que el enfrentamiento era entre un equipo de “pequeñas ligas” y otro de “grandes ligas”, y por el otro que para el observador resultara evidente, más allá de las legítimas denuncias de extorsión mediática y abuso de los recursos públicos, el desnivel de “experticia”, discursos, “agudeza política” y acciones en las tácticas y estrategias electorales).

Los referidos perfiles son los que han transfigurado al PRD en una entidad casi amorfa (más sentimiento y apetencia que militancia racional y proyecto de nación) que, a diferencia de sus adversarios del PLD, diseña sus plataformas programáticas y desarrolla sus actividades institucionales cotidianas con base en una política de desarrollo orgánico de “adhesión por gravedad” (es decir, no recluta, no integra, no suma, sino que espera por un apoyo de la gente sin condiciones, compensaciones ni compromisos) y, subsecuentemente, privilegiando los apremios (avispados pero narcisistas) del individualismo inmediatista y los intereses grupales (mercuriales o de proyección presidencialista) de algunas de sus principales figuras.

(No se ignora, desde luego, que en el PRD de hoy perviven personalidades de centro izquierda y grupos socialdemócratas que mantienen viva la vieja llama de la ideología reclamando de tarde en tarde el retorno de la entidad a sus “principios” y apostando por una transformación cualitativa de sus estructuras, pero al fin y al cabo no dejan de ser sólo eso: voces aisladas en un universo partidario ganado por el pragmatismo vulgar, el fanatismo, la pequeñez moral y la inclinación a la plutocracia, todo muy a tono con estos tiempos de política de “búsqueda” y de políticos “lights”).

Lo cierto es, pues, que en la actualidad el PRD sólo representa en el país a la socialdemocracia por sus vínculos formales con la Internacional Socialista, pero en la práctica ni en esa organización ni fuera de ella existe un movimiento socialdemócrata propiamente dicho: a lo sumo se pueden encontrar individuos o pequeños círculos que abrazan esa corriente de pensamiento. Por supuesto, se habla aquí de la socialdemocracia de verdad (no de las caricaturas que abundan en América Latina bajo el cobertor de este apelativo), esto es, de la histórica corriente de pensamiento que postula, a través de una simbiosis de las virtudes humanísticas del socialismo con las tendencias libertarias del capitalismo clásico, la construcción de un Estado y una sociedad en las que prevalezcan la justicia, la solidaridad y la libertad.

(La socialdemocracia ha experimentado múltiples transformaciones interiores, desde las teorizaciones originales de Karl Marx y Eduard Bernstein -sus referentes más antiguos- hasta las concepciones de Willy Brandt, Francois Mitterrand, Olof Palme y Felipe González -sus referentes más contemporáneos-, y ello ha dado origen a una multiplicidad de modelos que, aún en la pluralidad, mantienen inalterables sus objetivos estratégicos: un sociedad cada vez más justa, libre y humana en el marco de una economía normada por una formulita que se ha hecho infalible: “tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario”. Huelga decir que hasta ahora las sociedades del planeta en las que se perciben mayores niveles de equidad social, de libertad y de solidaridad humana se han edificado con base en los principios de la socialdemocracia).

Finalmente, el autor de estas líneas llama la atención de los perredeístas, con la responsabilidad que siempre le ha caracterizado, sobre una realidad que parecen estar soslayando: cada día que pasa el PLD le arrebata al PRD una de sus viejas banderas de lucha, le sustrae determinados aliados criollos y le conquista uno de sus antiguos amigos internacionales, y desde el punto de vista estrictamente ideológico y programático (quién sabe si a resultas de planes al tenor del doctor Leonel Fernández, que suspira por ello) el partido oficialista intenta avecinarse cada vez más (soterrada pero firmemente) al movimiento socialdemócrata mundial, acaso en el norte de terminar asumiendo, en un futuro no muy lejano, su representación en la República Dominicana.

Y, por favor, si eso llegara a ocurrir, ahorrémosle a la nación los lamentos de Boabdil (el último rey moro de Granada): siempre será cosa de payasos y pazguatos llorar como mujeres lo que no se supo defender como hombres.

El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo.

lrdecampsr@hotmail.com

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