Sábado 24 de Junio del 2017
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José Carvajal

Más allá de las tumbas, sin espectáculo

Para hablar de muerte hay que estar vivo; no existe una cosa sin la otra, aunque algunas creencias aseguran que la muerte no es más que el comienzo de una vida nueva.

Sin embargo, sólo podemos hablar de lo que creemos comprender. En este caso la muerte es el fin, y todo cuanto se escriba, se lea, o se diga de ella, más allá de las tradiciones fúnebres, responde a un interés morboso y a veces hasta macabro del comportamiento de algunos vivos.

En esos vaivenes del ocio encontré una vez un libro que despertó lo humanamente macabro que hay en mí. Pues “After The Funeral. The Posthumous Adventures of Famous Corpses” (Después del funeral. Aventuras póstumas de cadáveres famosos) tiene además una portada de colores sobrios, como si hubiera sido diseñada a medianoche por Frankenstein o quizá Drácula, sin que esto convierta en ficción las increíbles historias que relata su autor Edwin Murphy.

En realidad no es un libro acerca de los muertos, sino de lo que han hecho los vivos con los cadáveres de algunos famosos de la historia, y está dividido en cuatro partes: Cabezas, Corazones, Cuerpos, y Misceláneos.

Imposible imaginar, por ejemplo, que la cabeza de Mozart perteneciera a la macabra colección de un anatomista vietnamita años después de haber sido salvada de la pudrición por un sepulturero, durante una excavación para reorganizar el cementerio donde el músico se hallaba enterrado en Viena.

De igual forma Murphy relata que la cabeza de Mozart no estaba sola en la colección del vietnamita, ya que éste tenía en su poder los cráneos de otros genios de la música clásica: Beethoven y Schubert.

El caso de Goya representó un grave problema para las autoridades determinar cuáles eran realmente los restos del pintor, cuando al abrir el sarcófago en el que fue enterrado en Francia, donde murió en 1828, encontraron dos esqueletos y un solo cráneo. El hallazgo ocurrió tras un acuerdo bilateral para trasladar los restos de Goya a su natal España.

Del célebre escritor británico Thomas Hardy se cuenta que su cuerpo fue enterrado en Westminster, pero su corazón yace junto al de su esposa en una urna en el patio de una iglesia de Dorset. Sin embargo, no existe la seguridad de que el corazón de Hardy llegara allí completo por la creencia de que, por un descuido, fue mordido por un gato o un perro cuando el órgano fue enviado supuestamente por correo a su hermana en Dorset en un envase para galletas.

Del filósofo Votaire sólo se conserva el corazón en la base de la estatua erigida en su honor en la Biblioteca Nacional de París, luego de una lucha tenaz y de demandas judiciales por parte de la familia para recuperarlo de manos de algunos necrófilos obsesionados con la idea de poseerlo como una pertenencia valiosa. El cuerpo fue vandalizado, robado, destruido completamente.

Hay más historias, por supuesto. Murphy pasa revista a otros casos relacionados con Abraham Lincoln, D. H. Lawrence, Lord Byron, Frederic Chopin y Albert Einstein; y al más emblemático de América Latina, el del cadáver de Evita Perón, que sirvió de trasfondo a una de las novelas más importantes sobre el tema: “Santa Evita”, del argentino Tomás Eloy Martínez, fallecido en 2010.

En fin, libros como este de Murphy son realmente interesantes y demuestran un profundo trabajo de investigación de la necrofilia, además de ser un gran aporte a la cultura universal, sin convertir el tema de la muerte en un espectáculo furibundo y de mal gusto.

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