Sábado 29 de Abril del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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José Carvajal

Apuntes para escritores dominicanos

Una noticia que me impactó en 2011 fue el suicidio de Carlos Ripoll, considerado una de las máximas autoridades intelectuales sobre la obra de José Martí. Y aunque no lo conocí personalmente, Ripoll fue parte de mi vida desde mediados de los años ochenta. Bastó que compendiara en un volumen lo esencial del pensamiento de América Latina, para ser un elemento clave en mi desarrollo.

Todavía sobrevive a los vaivenes de mi vida y a múltiples mudanzas mi atesorado ejemplar de “Conciencia intelectual de América: Antología del ensayo hispanoamericano”, una compilación hecha y presentada por Ripoll, y publicada por Eliseo Torres, en Nueva York.

La selección no podía ser mejor: Andrés Bello, Domingo Faustino Sarmiento, Juan Montalvo, Eugenio María de Hostos, Manuel González Prada, José Martí, José Enrique Rodó, José Vasconcelos, Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes.

Jamás imaginé que un estudioso capaz de resumir de forma tan acertada la esencia de nuestra conciencia intelectual, terminaría su vida por suicidio, de un disparo en la cabeza. Tenía 90 años.

Las circunstancias quedaron claras. En los archivos del diario El Nuevo Herald, de Miami, se lee la nota: “Demostrando el mismo grado de cuidado por los detalles que caracterizan sus libros, Ripoll llamó al 911 antes de accionar el arma. Les dijo lo que iba a hacer, y que dejaría abierta la puerta. También dejó sobre una mesa una pequeña tarjeta con el nombre y teléfono de una sobrina a quien la policía debía llamar. En la pantalla de su computadora, encontraron un mensaje, escrito en grandes letras rojas, pidiendo comprensión por el acto que estaba por cometer”.

Cuando me enteré de la tragedia, quise escribir algo personal acerca de ese formidable historiador con alma de literato, pero no pude, como tampoco puedo hacerlo ahora, pues como dije, Ripoll es sólo un nombre en la portada de un libro que me ayudó a forjar a temprana edad una conciencia clara de la tradición literaria de la “América morena” de Martí.

Y hoy, si menciono a Ripoll, es para rendirle tributo por regalarme la lectura a la que haré referencia para responder retóricamente una pregunta de los dominicanos sobre lo que algunos llaman una falta de atención internacional a las obras literarias de nuestro país.

En esta relectura en la que tropiezo con mis apuntes de los ochenta, advierto también que el tiempo ha pasado. Ya no sólo me nutren de nuevo estos ensayos de los maestros, sino que también puedo presumir que coincido con las ideas de Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes.

Si le hacemos la pregunta a Pedro Henríquez Ureña, la respuesta podría acentuar una “falta de urgencia profesional”, ausencia de rigor, desconfianza en sí mismo y un inexplicable temor al rechazo, a enfrentarse al proceso de presentar a la “industria” editorial una producción literaria que convenza a los editores profesionales y que sea capaz de conquistar a los lectores extranjeros.

“Y además”, subrayo a Henríquez Ureña, “en cualquier literatura, el autor mediocre, de ideas pobres, de cultura escasa, tiende a verboso (…). En América volvemos a tropezar con la ignorancia; si abunda la palabrería es porque escasea la cultura, la disciplina, y no por exuberancia nuestra".

Salto unos párrafos y tropiezo de nuevo con líneas marcadas en mis lecturas de los ochenta: “las ‘naciones serias’ van dando forma y estabilidad a su cultura, y en las letras se vuelven actividad normal; mientras tanto, en ‘las otras naciones’, donde las instituciones de cultura, tanto elemental como superior, son víctimas de los vaivenes políticos y del desorden económico, la literatura ha comenzado a flaquear”. Lamentablemente la República Dominicana pertenece al último grupo, es decir, a “las otras naciones”.

En la otra parada de este periplo urgente por la “Conciencia intelectual de América”, Alfonso Reyes se pregunta y se responde a sí mismo: “¿Cómo se ofrecen al extranjero nuestras literaturas? Los iberoamericanos que han frecuentado otros medios literarios saben bien que el verdadero obstáculo para que los extranjeros se informen sobre nuestra América está en los libros (...); en la abundancia de libros inútiles”.

Reyes propuso incluso depurar de adiposidades la literatura: “Hay que jardinear esta maleza; hay que someter a geometría y a razón tanto plano desordenado. Los extranjeros nos ponen un grave apremio cuando nos piden los seis o diez libros indispensables para conocer nuestro país”.

Intuyo que para los escritores dominicanos cualquier respuesta seguirá siendo a medias, porque el problema es más profundo de lo que parece.

Ya no están entre nosotros ni Ripoll, ni Henríquez Ureña, ni Reyes. Tampoco vive el resto de la lista que permitió al estudioso cubano dejar como legado su valioso esfuerzo de difundir lo mejor del pensamiento americanista. Sólo nos quedan las ideas y las reflexiones profundas de aquellos maestros, y de nosotros depende que no mueran en la vorágine del espectáculo, la banalidad y la mediocridad de nuestro tiempo.

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