Domingo 23 de Julio del 2017
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Nelson Encarnacion

Visión Global


Visión Global

Por Nelson Encarnación

NUEVA YORK.- La profunda crisis hipotecaria y financiera que la codicia de Wall Street provocó en Estados Unidos-y por añadidura en las principales economías globales que negociaron esos papeles basura-, ha hecho que el término billón-en su correspondiente anglo de billion- se haya hecho popular entre la gente común.

Pero al mismo tiempo esa popularidad ha generalizado la confusión a la hora de hablar del mismo término tanto en inglés como en español.

Y que existe una marcada diferencia en la suma dicha en uno u otros idiomas. ¡Y vaya que diferencia!

En un principio, cuando se hablaba de billón nos estábamos refiriendo a lo que conocemos desde hace muchos años, es decir, la cantidad de millones de unidades que formaban ese todo.

Sin embargo, a partir de que los medios estadounidenses-mucho antes de la globalización-comenzaran a invadir las sociedades hispanoamericanas, se fue haciendo de dominio generalizado contar mil millones de unidades como un billón, lo cual no es correcto desde el punto de vista del español.

Para los estadounidenses el llamado rescate financiero de Wall Street, aprobado por el Congreso y ratificado por el presidente George W. Bush, corresponde a 700 billones, por cuanto se trata de setecientos mil millones de dólares, faltando todavía 300 mil millones para alcanzar la denominación del billón español.

El billón en español es lo que conocemos como un millón de millones, es decir, una cifra que se expresa por la unidad seguida de doce ceros (1.000.000.000.000), cantidad esta que no siempre es fácil de procesar por quienes carecen de conocimientos matemáticos.

En realidad, para los fines del español lo que el Congreso aprobó fue el equivalente a 0,7 billones de dólares, pues como señalé antes, faltan 3 unidades de billón (0,3) para que alcance el billón español.

Para evitar la confusión entre los hablantes del español, hace unos 10 años que la Real Academia Española de la Lengua aceptó, a sugerencia del ex presidente venezolano Rafael Caldera, el término millardo para denominar la cantidad de mil millones.

Sin embargo, ni siquiera los economistas ni los financistas utilizan el término para referirse a esa cifra, sino que muchas veces prefieren-incluso en países de habla hispana-apelar al billón inglés, lo que no se corresponde con la buena información para quienes se expresan en la lengua de Cervantes.

Ahora bien, sea como sea que se denomine la suma que el Tesoro de Estados Unidos va a regalarles a los especulares de Wall Street, el hecho cierto es que ese dinero terminará siendo pagado por cada individuo que cada año tiene que presentar una panilla de impuestos al gobierno.

Estos setecientos mil millones divididos entre los 210 millones de personas de la población total que de alguna manera forman parte de la fuerza productiva de este país (porque ya han cumplido mínimo 18 años de edad), representan 3,333 dólares que cada uno tendrá que abonar sin haberse comido un dulce con los miles de millones que los poderosos de Wall Street tiraron a la basura, o sabrá Dios a dónde.

Y eso no es justo.

Pero, mucha gente en realidad no sabe con exactitud cómo se originó la crisis hipotecaria, aunque desde que la misma estalló han corrido ríos de tinta con escritos de gente muy sesuda en la materia, pero que no han explicado en términos sencillos qué ocurrió.

Como estuve ligado hace un tiempo al sector inmobiliario a través de un “mortgage banker”, conozco más o menos los detalles primarios de por donde anduvo el problema.

Este se originó en el hecho de que para conseguir colocar las hipotecas de alto riesgo, al potencial comprador se le preparaba la documentación de soporte que le permitiera al banco calificar su solicitud del préstamo y financiarle la casa.

Funcionaba de esta manera: el comprador X tenía un ingreso salario de 2,000 dólares al mes después de impuestos, de los cuales debía descontar gastos de alimentación, pago de luz, teléfono, diversión, alguna otra pequeña deuda, etc.

Eso suma mil 100 dólares mensuales, lo que significa que tenía una disponibilidad de 900 dólares para la hipoteca. No se está incluyendo el pago de la casa donde vive ahora, pues ese gasto dejará de existir cuando adquiera su casa “propia”.

Sucedía entonces que el individuo no calificaba para asumir una hipoteca que le iba a representar un pago mensual de mil 800 dólares, ya que tendría un déficit corriente de 900 dólares mensuales.

Lo que se hacía era prepararle al comprador los documentos que le hicieran aparecer con unos ingresos de 3,200 de modo que el pago de la hipoteca le representara poco más del 40% de sus ingresos, lo cual cae dentro del parámetro más o menos normal en cuanto al porcentaje que se debe destinar para la vivienda.

Pero esta facilidad crediticia tenía un precio, que algunas veces se expresaba en una alta tasa de interés, aceptar un interés variable que casi siempre se revalúa cada año (nunca se devalúa) o en algunos casos ambas desventajas a la vez.

De esta forma miles de familias se hicieron de una casa, pero como esa facilidad para adquirirla sólo existía en papeles, pues la realidad era que el comprador percibía de verdad 2,000 dólares mensuales, esas familias se vieron de repente sin posibilidades de pagar la hipoteca, con el agravante de que la mensualidad les subió al aplicarse la revaluación de los intereses.

Así fue como se nació la llamada burbuja inmobiliaria que dañó no sólo al sistema bancario de Estados Unidos, sino al de muchos otros países cuyas instituciones entraron al torrente financiero de las bolsas de valores, que en la práctica operan como el sistema circulatorio del cuerpo humano, esto es, que la infección que comienza en el dedo pequeño de un pie, si no es atacada de inmediato, al poco tiempo puede llegar hasta el cerebro.

nelsonencar@gmail.com

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