Sábado 24 de Junio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
Buscar Noticias


José Carvajal

Libro súbito de José Acosta

José Acosta tiene buenas ideas para cuentos y novelas; es prolífico y publica mucho, pero quizá debería seguir siendo prolífico y publicar menos; es decir, seleccionar y trabajar mejor lo que da a los lectores de esa literatura de la diáspora dominicana que todavía no me convence.

En verdad quise evitar que este artículo acerca del libro de relatos más reciente de Acosta terminara empañando su brillante carrera de escritor de la diáspora. Con esa intención le envié mis anotaciones en privado, dudoso de publicarlas, pero su respuesta fue la de un autor a la defensiva, como suelen hacer los eternos aficionados. Incluso me invitó a publicar este trabajo.

Bien. La obra en cuestión es “El enigma del anticuario”, publicado por el sello de autogestión venezolano Ediciones Parada Creativa, un texto que me ha desconcertado enormemente.

Sin embargo, la culpa de mi decepción no es de Acosta, sino mía, por creer los elogios que siempre suenan alrededor de este autor que ha obtenido premios y menciones honoríficas en concursos literarios, “por aquí y por allá”, y que a sus casi 48 años se gana la vida como reportero de un importante diario de Nueva York.

Pero de lo noticioso que genera una crónica burda a la escritura de un cuento o una novela hay un gran mérito, y lo primero no debe confundirse nunca con lo segundo. El uno, el periodismo, es para sobrevivir; y el otro, la literatura, debe ser para construir mundos ficticios que respiren solos y que se confundan con la realidad.

Recordemos que la literatura de ficción debe su “composición orgánica” al idioma y no a un acontecimiento real como ocurre con la crónica en el periodismo, y que un escritor, aunque goce de buena imaginación, no puede darse el lujo de tener un discurso raquítico, desprovisto del manejo del lenguaje que se requiere para crear de la nada una serie de situaciones y personajes que convenza a los lectores.


En “El enigma del anticuario” hay buenas ideas, pero la pobreza del lenguaje a lo largo de las historias que nos cuenta Acosta termina aniquilando toda posibilidad de una narrativa saludable.

Puedo citar muchos ejemplos, porque ningún relato sale ileso de este libro accidentado por falta de oficio concienzudo a la hora de armar las historias. Y es que en estas 101 páginas abundan lugares comunes y falta de rigor en la construcción de párrafos y descripción de personajes; también deslices que podrían confundirse con el desconocimiento del ejercicio real de ciertas profesiones (corredor de bolsa de valores, en el relato El sinsonte ha olvidado la tonada), o de procedimientos científicos (clonación, en Las viejas y el periodista).

Hay más: “sonrisa escapada de mi boca” (¿de dónde más?); “cara poblada de arrugas” (poblar tiene que ver con gente); “la puerta de entrada” (¿entonces no se sale?); “velocidad de cortejo fúnebre” (¿cuántas millas o kilómetros por hora es eso?); “afirmó con la cabeza” (¿y por qué no solamente asintió?); “era una anciana de pelo canoso” (lástima que no se puso el tinte); “la puerta se abrió con un crujir de tapa de sarcófago” (¿qué sonido es ese?); “el pelo recogido en un moño a un lado de la cabeza” (¿en qué otra cabeza podía ser?); "Los palos del equipo de golf testificaron a favor de la foto" (pero ¿los palos de golf hablan?). Para muestra ya es suficiente.

La respuesta resumida de Acosta es la siguiente: “En mi caso, te repito, ésta es mi forma de hacer literatura, es decir, en mis textos las ancianas pueden estar pobladas de arrugas, o tener el pelo canoso (o gris, o entrecano, o color ceniza); los palos de golf testifican que son de un jugador zurdo, el pelo recogido a un lado de la cabeza (o detrás de la cabeza, o en la nuca, o en el hombro)... Bueno, por ahí va la cosa”.

En conclusión, Acosta sostiene que mis anotaciones son meros criterios personales. Y yo me río, me tomo una taza de café pensando que el autor defiende como "forma de hacer literatura" a lo que en la edición profesional se le llama faltas graves de corrección de estilo.

Además, el escritor verdadero debe inventar lo que no existe, a veces de manera hasta profética, y empeñarse en describir con propiedad y fidelidad aquello que ya forma parte de la vida cotidiana y de la memoria de la gente.

La grandeza de una buena obra está precisamente en borrar la línea que divide la realidad de la ficción y en el lenguaje que se utiliza para dejar bien plasmado lo que se quiere comunicar, sin ambigüedades. De lo contrario el arte de escribir queda mutilado, convertido en un inservible artefacto que no estimula la lectura y muere en el intento, aun después de publicado.

Otras opiniones de: José Carvajal

Paraguay sin pena ni gloriaEl pensamiento literario de RenéLa firma de René del Risco y BermúdezAntología esencial para los tontosRealidad y Premio Nacional de LiteraturaGratereaux, Mieses Burgos y BorgesAntes de Federico Henríquez GratereauxÉtica y Premio Nacional de Literatura 2017Libros RD / Mis recomendaciones 2016Pedro Henríquez Ureña bajo observaciónAntología para escapar del olvidoPoesía amorosa dominicana en el siglo 21Amoroso mundo de la poesía dominicanaUna antología ridícula para el mundoEl pecado literarioLos espacios de Pedro CamiloLiteratura y política dominicana 2016PHU y descuidos de Andrés L. MateoEsteban Torres y las ideasHaití y una novela de Matos Moquete (y 4)Haití y una novela de Matos Moquete (3)Haití y una novela de Matos Moquete (2)Haití y una novela de Matos Moquete (I)El premio de entonces, ya no es lo mismoJuan Bosch, autor de una obra infinitaJuan Bosch, autor de una obra infinitaGabriel García Márquez para dominicanosVirgilio López Azuán no hizo la tarea (3 de 3)Virgilio López Azuán no hizo la tareaLeonardo Nin, en blanco y negroConocimiento de pausa y efectoLiteratura dominicana: nota para extranjerosSergio Ramírez, dentro y fuera de NicaraguaTreinta días fuera de FacebookSiglos de luces sin aplausos ni veniasEl enemigo no soy yoCésar Zapata, más allá de lo virtualCésar Zapata entre la poesía y el cuentoPedro Henríquez Ureña con ribetes de oroUna tarea para el Ministro de CulturaPiedra filosofal de letras dominicanasDe viaje con un "eslabón perdido"Reynaldo Disla, diálogo y apartePoetas de un eslabón perdidoEl éxito ferial de Eugenio FortunatoReflectores para Tomás Castro BurdiezEl legado del mago de MacondoLa minúscula Feria de Santo Domingo2 libras de cuentos de Rafael García RomeroQue suba el telón para VirnaVenias y aplausos para Mateo MorrisonTony Raful y el compromiso con las ideasLunes de la Poesía huele a caprichoEncuentro entre ruinas colonialesMiguel Angel Fornerín y el afán de canonUna libreta llamada FacebookDominicana y los lacayos del PoderDominicana y la cooperativa del PoderChapucería millonaria en CulturaNada haitiano me es ajenoHaití debe guardar corduraDominicana y la estrangulación de salariosLa consecuencia de opinar en mi paísDominicana en una encrucijadaRihanna y la dichosa cucaracha dominicanaCartas de presentación de Miguel ColladoDominicana con el dedo en el gatilloAutores del desprecio y el olvidoSan Francisco de Macorís, otra realidadA salvo del olvido con obras reunidasAutogestión y responsabilidad literariaJosé Mármol, un poeta hereje reivindicadoR. Rodríguez Soriano con pasaporte literarioEl tristemente célebre Anthony WeinerLa inspiración errante aparece en CaliforniaLa marca de María Celeste ArrarásUn seminario: ¡Medios para todo!De paso por Librería Cuesta Adiós temprano al poeta del "esquizo"Carlos Alberto Montaner: Otra vez adiósProeza tuiter: una novela con cuentagotasHágalo rápido, pero primero hágalo bienLa economía portátil de Leonel FernándezUn desalojo anunciadoLa visita de los hombres blancosEnrique Eusebio, para la historiaMás allá de las tumbas, sin espectáculoApuntes para escritores dominicanosSicarios financieros en la islaUn diario para revivir a BorgesEl himno nacional de Miguel de CampsApócrifo de Judas IzcarioteLey de la ilusión en Ministerio de CulturaLos sueldos de León Félix Batista Los números de la Editora NacionalJosefina Báez, ¡Ay ombe!¿Qué tiene de malo?Derrotismo en Ministerio de CulturaEditora Nacional y supervivencia culturalLaboratorios de escritores dominicanosMarianela Medrano, sin máscara de oxígenoClaudio Hanley y la profanación de la muerte Viriato Sención en la eternidadTeodoro Grullón, al servicio de la VidaPanteón de héroes inútiles Un caimán envidiosoGallinero del libro dominicano en Nueva YorkDel best al bad seller: el libroMario Vargas Llosa, un Nobel explosivoGazapo en cuento de Jorge Luis BorgesCrisis de Alianza Dominicana huele a conspiraciónComplot y camisa de fuerza en Washington HeightsLluvia de piedras en Washington HeightsEfecto dominó en Washington HeightsEl conocimiento y las bestias
El tiempo
Prevision del Tiempo en Santo Domingo
Encuesta
Quien sera el candidato del PRM en el 2020?
Hipolito Mejia
Luis Abinader
David Collado
No se

Ver los resultados