Miercoles 24 de Mayo del 2017
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José Carvajal

Apócrifo de Judas Izcariote

Pocos autores logran satisfacer en un primer intento las exigencias del género mayor. El dominicano Jit Manuel Castillo de la Cruz es uno de ellos; se lanzó al ruedo con su ópera prima “Apócrifo de Judas Izcariote”, y en un “Padrenuestro” logró tomar el género por los cuernos.

“Apócrifo de Judas Izcariote” es una novela de principio a fin. Un texto trabajado con la conciencia puesta no sólo en la estructura, sino también en el lenguaje, en el español universal; un discurso narrativo que fluye sin mayores accidentes, sin baches durante todo el trayecto que representa la recreación de un mundo ficticio que parte de la Biblia.

Es un viaje sereno, puntual, de la mano de un autor que aunque primerizo en la publicación de obra de ficción, demuestra un indiscutible manejo del tema bíblico y de las circunstancias que habrían llevado a Judas a traicionar la confianza de su amigo Jesús en el inevitable camino de este último hacia el Calvario.

Raro es, sin embargo, que siendo sacerdote, Jit Manuel no haya entrado en la afanosa tarea de muchos religiosos de querer imponer o inculcar sus creencias, en este caso a los lectores que sin duda irá conquistando en la medida que circule su libro.

De modo que esta obra, fiel a la imaginación y a todos sus componentes, está escrita por un sacerdote que supo colgar literalmente la sotana por un rato para darse la oportunidad de crear una buena novela con toda libertad, un texto con sabor a todo lo bueno y lo malo de la vida.

“Apócrifo de Judas Izcariote” está dividida en nueve partes, de las cuales ocho son tituladas con epígrafes del “Padrenuestro”, hasta completar el rezo y la novela misma. Es una estructura muy propia de obras religiosas y que me hizo recordar mi lectura de “Las glorias de María”, de San Alfonso María de Ligorio, aunque este clásico del catolicismo no tiene nada que ver con la ficción.

En un comentario acerca de la obra de Jit Manuel, Marcio Veloz Maggiolo observa que “Apócrifo de Judas Izcariote” es la historia de “la amistad de Jesús y Judas, las discusiones habidas entre los diversos discípulos y la visión humanizada de los personajes, desprovistos de la leyenda, y tratados con la visión del escritor que busca presentarnos los hechos como realidades”.

Yo agrego que es la historia de una lucha de poder (En la actualidad, nos dirige el más intrépido y sanguinario, el mejor estratega, al que debemos los grandes cambios en nuestra organización y el respeto que todavía merecemos: Barrabás, ¡El Esperado!); de decepciones (El pueblo no siempre reconoce a sus héroes); de nacionalismo (dos judíos no valen lo que un romano); de mentiras y traiciones (Judas: le mentí sin querer, cuando le contesté que no seguía entre los celotes por matar); de esperanza y fe ciegas (El Mesías ya viene para destronar a quienes usurpan su reino), en fin.

Leon Tolstoi dijo alguna vez que “todo gran artista crea necesariamente su propia forma”. Y Jit Manuel no tiene por qué ser la excepción. Quien lea “Apócrifo de Judas Izcariote” debe estar preparado para enfrentarse a una novela escrita por un autor comprometido con el arte de narrar, libre de prejuicios y de ataduras religiosas, y no por un sacerdote.

Salvo errores que deben atribuirse a una edición descuidada del sello Santuario, incluyendo una lluvia de comas colocadas de manera arbitraria a lo largo del texto, “Apócrifo de Judas Izcariote” es una de las mejores novelas dominicanas del último decenio. Jit Manuel Castillo de la Cruz debe sentirse más que satisfecho; y nosotros también.

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