Sábado 24 de Junio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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José Carvajal

Viriato Sención en la eternidad

No tuvo mucho tiempo para disfrutar plenamente su último descubrimiento. Lo maravilló el poder acceder instantáneamente y sin costo alguno a una biblioteca interminable de clásicos que decidió leer con mucho trabajo en la pantalla de su computadora portátil. Y cuando algo le iba mal con el aparato, esperaba paciente a que su nieto reparara esa arteria intelectual que le alimentaba la vida en un pequeño poblado de Pensilvania.

Pero hoy Viriato Sención ha muerto. Perdió la batalla después de largos meses sometido a un riguroso régimen de diálisis tres o cuatro veces por semana en un hospital de cuyo personal estuvo siempre agradecido. Las enfermeras lo mimaban y él, empequeñecido por los males que lo aquejaban, se dejaba “añoñar”; era su licencia perfecta para que aquellas “mujeres tan hermosas” —como decía— hicieran de él lo que quisieran y no provocaran con tantos mimos los celos de su amada Milagros, que lo acompañó por cuarenta y cinco años sin imaginarse que algún día lo vería morir poco a poco en otro país.

Fallecido Viriato, el mundo sigue. A unos les toca primero y a otros nos tocará después, porque la vida no es sino el camino seguro hacia la muerte. Y queda lo que hicimos en este mundo; todas las cosas buenas y las malas se unen en la memoria de los que sobreviven al difunto.


En el caso de Viriato me quedo con el escritor y su obra, y con el recuerdo de la triste historia de la lucha que le tocó librar para que un gobierno nefasto le reconociera el Premio Nacional de Novela que un jurado le otorgó en 1993 por su ópera prima “Los que falsificaron la firma de Dios”; un libro que estremeció los cimientos de la política dominicana y que provocó la ira del entonces presidente Joaquín Balaguer, que se vio retratado en el personaje Mario Ramos.

Es mucho lo que se ha dicho de “Los que falsificaron la firma de Dios” y de las intenciones de Viriato al escribir la novela. Quizá lo más descabellado haya sido que quiso vengarse de la familia Balaguer, y peor aun, que la lectura de la obra provocó la muerte repentina a una hermana del presidente.

El éxito de la novela colocó a Viriato en la cima de la literatura dominicana. Los críticos lo aplaudieron, le aparecieron amigos por todas partes, los medios de comunicación le dieron atenciones de figura de farándula, algunos adinerados y políticos influyentes le rindieron pleitesía con invitaciones a cenas pomposas en la privacidad de mansiones y reductos de alcurnia; y él se convirtió en un hombre de letras respetable de la noche a la mañana.

Luego se supo que Viriato tardó muchos años escribiendo y puliendo su novela, y el resultado no pudo ser mejor. Después de “Cementerio sin cruces” de Andrés Francisco Requena, que fue asesinado en Nueva York presuntamente por orden del dictador Rafael Leonidas Trujillo a raíz de esa obra que terminó de escribir en Manhattan y publicó en México a finales de los años cuarenta, “Los que falsificaron la firma de Dios” de Viriato Sención es hasta ahora el mayor legado de la diáspora de postguerra a la literatura dominicana.

La novela rompió el hielo en los círculos intelectuales del país que discriminaban todo lo que llegaba desde Nueva York. Abrió camino a muchos oportunistas que se sujetaron de ese “barco” de más de 300 páginas publicado inicialmente por Editora Taller y más tarde por Editora de Colores; aquellos que el autor creyó entonces sus amigos y que aprovecharon el momento para introducirse en una elite en la que de otra forma jamás hubieran tenido cabida.

Pienso en el más beneficiado: Silvio Torres Saillant, que luego de ver secar la miel de aquel panal literario se encumbró en una babel académica y nunca más miró hacia atrás para ver dónde había quedado el otrora amigo Sención después que se le acabó el minuto de fama que lo catapultó a lo más alto que se puede llegar en la sociedad intelectual de nuestro país.

Debo recordar también que Viriato y yo no éramos amigos entonces. Había una guerra de palabras orquestada por terceros que de alguna manera llegó a colocarnos en bandos contrarios. De lejos me llegaban improperios, ataques personales motivados por mi activismo literario, críticas mordaces y hasta amenazas. Pero después que conocí la calidad humana de Viriato, dudo que él participara en aquellas rencillas inútiles.

El caso de Torres Saillant es distinto. Hay testigos de que una vez quiso utilizar el poder que creía ostentar en la comunidad para que me echaran de un trabajo, porque reclamé una mayor apertura en la organización de un evento del Instituto de Estudios Dominicanos, el búnker cultural que plagió a idealistas de la comunidad y que luego traspasó por "dedazo" a su entonces entrañable dama de juergas Ramona Hernández, que lo dirige hasta hoy en el recinto universitario de City College.

De hecho, la entrada del historiador Frank Moya Pons y otros intelectuales dominicanos de renombre a la “nómina por la libre” del Instituto se debe al éxito de Viriato y su novela “Los que falsificaron la firma de Dios”. Son muchos los secretos, algunos muy íntimos, que de revelarse podrían dejar mal parados a los “doctores culturales” que deben todo lo que tienen al activismo de Washington Heights.

Pero el tiempo es justo y se encargó de acercarnos a Viriato y a mí, y nos hicimos amigos desde que me mudé a Miami en 1994. En el último año hablamos casi diariamente por teléfono. Descubrí en él un lector reincidente de clásicos como Víctor Hugo, Tolstoi, Dostoyevski o Balzac, y de otros cuasi clásicos de América: Rómulo Gallegos, Jorge Amado, Juan Rulfo, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Juan Carlos Onetti. Miraba con desconfianza la obra de Mario Vargas Llosa y cuestionaba sin reparo la fama de otros no menos importantes.

Hace más de seis meses le envié por correo la novela “Negra espalda del tiempo” del español Javier Marías, y la rechazó de plano. “Comienza muy bien —me dijo—, pero después divaga demasiado y me parece muy enredado”. Así de simples eran sus críticas aplastantes, pues para él la novela era o no era. También, en otro envío le hice llegar una obra del japonés Haruki Murakami y lo colmó de elogios por la fluidez y el manejo del tiempo en la historia.

Viriato era más rápido en la lectura que en la escritura, pero desde que pasó de los cincuenta años no tenía paciencia para leerse un libro de más de 400 páginas. Sin embargo, podía tardar días, semanas, meses corrigiendo una cuartilla, buscando el orden perfecto de las palabras hasta donde se lo permitían sus conocimientos de lo que él llamaba el ritmo de la prosa. Eso no quiere decir que salvara su discurso narrativo de las trampas del lenguaje, pues en su literatura afloran defectos propios de las obras huérfanas de un editor profesional, y se lo dije en su momento.

Ahora que ya no está, sólo queda esperar lo que hará el tiempo con la obra de Viriato Sención. Además de “Los que falsificaron la firma de Dios”, publicó novelas menos exitosas: “Los ojos de la montaña”, “Adrianita, qué oscura la noche” y “El pacto de los rencores”. También dejó como legado un libro de relatos, quizá lo menos importante de su narrativa: “La enana Celania y otros cuentos”.

No sé en cuál de las partes de la “Divina Comedia” de Dante nos veremos con Viriato. Lo que sí sé es que ya sea en el Infierno, el Purgatorio o el Paraíso, se fue primero a romper el hielo de nuevo; pero esta vez perdió la vida o quizá ganó la eternidad. QEPD.

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