Domingo 25 de Junio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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José Carvajal

Panteón de héroes inútiles

Parece un panteón de héroes inútiles. El Comisionado Dominicano de Cultura ha colocado en una pared de sus instalaciones de Nueva York las fotografías de los ex comisionados, y de los ex dirigentes de la otrora Casa de la Cultura. En una foto aun más “histórica” se ve a dichos personajes observando el acto de desvelar el muro, sin darse cuenta de lo ridículo de la ceremonia.

A veces me pregunto qué puede estar ocurriendo en un cerebro que se presta a semejante barbaridad. A mí el solo hecho de pensar en cómo me verían los demás, no me dejaría dormir tranquilo. Sin embargo, estos rostros burbujas de nuestra cultura son parte de las eminencias que exhibe con mucho orgullo la comunidad dominicana de Nueva York. Pero en realidad, con una o dos excepciones, no son más que tristes asaltantes de méritos con la ayuda del Poder.

Aunque parezca mentira, una de mis lecturas estos días tiene que ver con el poder de la estupidez. En uno de los textos que encajan perfectamente con este tipo de situación, Giancarlo Livraghi concluye que “el concepto de ‘mérito’ resulta cada día más confuso. Se ‘asciende’ a alguien (o se lo elige) por protección de un poder oligárquico, una apariencia superficial, intriga y otras razones que tienen poco (o nada) que ver con la competencia”.

La verdad podría citar todo un manojo de conceptos y definiciones de actos humanos que nos ayudarían a entender esta nueva sandez del Comisionado, al develar su ridícula galería de saltimbanquis de nuestra política irracional.

El experto en política exterior Morton H. Halperin lo explica mejor al referirse a lo que más tarde el catedrático de estudios internacionales Joel S. Migdal llamaría “funcionarios motivados”: se creen “que lo que están haciendo cambia las cosas y promueve el interés nacional”.

Pero los consejos de Robert Greene y Joost Elffers profundizan todavía más: “El poder requiere la habilidad de jugar con las apariencias. Para ello deberá aprender a ponerse muchas máscaras y a llevar una bolsa llena de trucos y artimañas. El engaño y la simulación no debe considerarse algo sucio o inmoral”.

En otras palabras, “el poder es, en esencia, amoral”; y en su ejercicio existe un canon que permite condenar al ostracismo a cualquier persona que atente contra esos “intereses creados” de los que trata una formidable obra de teatro del clásico español Jacinto Benavente.

Yo por ejemplo soy consciente de que con este comentario estoy probablemente violando la ley número 19 del poder, de acuerdo con el canon Greene-Elffers: “Sepa con quien está tratando: no ofenda a la persona equivocada”. También sé que “la verdad no reporta fortuna”, como diría el empírico Rousseau en su libro clásico “El contrato social”.

Entiendo además que soy parte del “rebaño desconcertado” del que habló en su momento el Premio Pulitzer y reconocido intelectual neoyorquino Walter Lippmann, cuando intentó definir a las grandes masas de los pueblos; y el que abran para los incautos el panteón de burbujas del Comisionado Dominicano de Cultura es algo que me tiene honestamente sin cuidado.

Ahora sólo pido que me lleven al patíbulo y que acabemos de una vez con esta farsa.

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