Miercoles 24 de Mayo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Fernández Domínguez: De Puerto rico a la gloria

ECOS DE LA HISTORIA

El joven militar escuchaba de manera respetuosa al lúcido y veterano líder político, quien lo había llamado aquel día de la primavera de 1965 para hablarle, en su proverbial estilo de maestro pueblerino, sobre una urgente e importante “tarea” que se proponía encomendarle debido a que, en su opinión, él era la única persona que podía “llevarla a cabo” con la efectividad y la precisión necesarias.

La “tarea” estaba relacionada con el sesgo de los acontecimientos en la República Dominicana, que en esos momentos era escenario de una confrontación armada (entre soldados regulares y fuerzas cívico-militares revolucionarias) que se había transfigurado en guerra patria como consecuencia del reciente desembarco de tropas extranjeras narigoneadas por el gobierno de los Estados Unidos.

La conversación entre los dos hombres (uno de casi 56 años, curtido en las lides democráticas en el continente, y el otro frisando los 32, integrante de las nuevas generaciones de los institutos castrenses dominicanos) tenía lugar en la ciudad de San Juan, capital del Estado Libre Asociado de Puerto Rico (donde ambos apuraban las hieles del ostracismo), y en el rostro del más joven era perceptible (aunque sin intención alguna de desacato) su íntima reticencia a acometer la “tarea” de la que le platicaba el mas viejo.



El diálogo giraba, concretamente, en torno al hecho de que el mayor de esos dos hombres había pedido al señor Harry Shlaudeman (unos de los altos funcionarios estadounidenses que, en camino hacia la República Dominicana, se encontraban en Puerto Rico para conversar con él) “un puesto” en su avión para el joven militar, dado que estaba interesado en enviarlo al país como portavoz de “informaciones y sugerencias” para el coronel Francisco Caamaño, jefe del gobierno en armas que se había establecido en la ciudad de Santo Domingo desde el pasado día 4 de mayo.



Los aludidos funcionarios estadounidenses habían hecho una “parada” en Puerto Rico para exponerle al viejo dirigente los detalles de la propuesta del presidente Lyndon Johnson de establecer un “gobierno de transición” (que se encargaría de preparar el terreno “para el montaje de unas elecciones libres”) en sustitución del Gobierno Constitucionalista (el del coronel Caamaño) y del Gobierno de Reconstrucción Nacional (el pelele, del general Antonio Imbert Barreras): era la llamada “Fórmula Guzmán”, cuya consumación finalmente sería inviable, entre otras razones, por el digno y enérgico rechazo del a ciertos condicionamientos de los estadounidenses.



El líder político había seleccionado al joven militar para la “tarea” en referencia con base en consideraciones entendibles: por una parte, éste ya había intentado en varias ocasiones entrar a la República Dominicana (decía que su “lugar” estaba “allá, en el campo de batalla”), cuyo territorio casi en su totalidad se encontraba bajo control de los invasores y sus aliados nativos; y, por otra parte, estimaba que su presencia aquí era valiosa en esos momentos tanto por su cercanía con él (entre ellos había una relación casi familiar) como por la ascendencia que tenía sobre los oficiales que integraban el gobierno revolucionario.



La formación del gobierno del coronel Caamaño fue secuela del levantamiento armado del 24 de abril recién pasado (ideado por el joven militar que ahora estaba en el exilio, y respaldado por el PRD y otras fuerzas) destinado a reestablecer el gobierno liberal de su interlocutor, derrocado el 25 de septiembre de 1963 por un puñado de malos dominicanos que, animados por la ambición o simplemente albergando ideas torcidas sobre la verdadera significación de la democracia como régimen político, seguían las órdenes del embajador de los Estados Unidos en el país.



La insurrección fue resistida en principio por el presidente Donald Read Cabral (cabeza visible del régimen “de facto” denominado el Triunvirato), pero en la mañana del día 25 de abril éste abandonó el Palacio Nacional y los rebeldes instalaron en el gobierno al doctor José Rafael Molina Ureña, a quien, en su condición de presidente de la Cámara de Diputados hasta el golpe de Estado de 1963 y en virtud de lo establecido por la Constitución, le correspondía pasar a ejercer el Poder Ejecutivo ante la ausencia de quienes estaban delante de él en la línea de sucesión presidencial.



La juramentación del doctor Molina Ureña fue desconocida por el coronel Elías Wessin (director del Centro de Enseñanza de las Fuerzas Armadas, CEFA) y otros jerarcas militares, quienes apostaban por una junta militar de gobierno, y luego de fracasar varios intentos de acuerdo estos últimos desencadenaron violentos bombardeos (desde la cercana base aérea de San Isidro) que pusieron en jaque a los ocupantes de las oficinas palaciegas, al tiempo que ordenaban a sus tropas de tierra avanzar sobre el casco urbano de la capital a través del puente Juan Pablo Duarte con el objeto de tomar el poder. En las horas siguientes, la Marina de Guerra se sumaría a los soldados de San Isidro con cañoneos contra el palacio desde alta mar, y la insurrección pasaría a convertirse en una guerra civil.



Debido al clima de inseguridad imperante y en interés de “evitar derramamientos de sangre”, varios de los dirigentes rebeldes abandonaron el Palacio Nacional y se apersonaron ante William Tapley Bennett, embajador de los Estados Unidos, para pedirle que interviniera a los fines de propiciar negociaciones entre los grupos beligerantes, pero la respuesta de éste fue parcial y prepotente: “No es momento de negociar sino momento de rendirse”. La contestación del diplomático produjo frustración y abatimiento en algunos (no sólo no regresaron a casa de gobierno sino que se asilaron en diferentes legaciones diplomáticas), pero en otros generó ira e inflamó el patriotismo.



En esa enrarecida atmósfera de desmoralización e indignación es que surge como líder el coronel Caamaño, quien el día 27 de abril (luego de unas horas de vacilación) se puso al frente de los rebeldes, y se dirigió hacia la cabeza del puente Duarte a tratar de detener el avance sobre Santo Domingo de las tropas del CEFA. En una jornada caracterizada por la abnegación patriótica y el heroísmo, los revolucionarios lograron hacer retroceder a las huestes de San Isidro, y al día siguiente, ya con tropas extranjeras hollando el suelo patrio, decidieron establecer en el sector de Ciudad Nueva un Comando Militar Revolucionario que sería la base del gobierno que presidiría Caamaño.



Toda esa tumultuosa historia reciente se agolpaba en el cerebro del joven militar cuando escuchaba al dirigente político que le hablaba, y lógicamente lo empujaba a considerar inaceptable la propuesta que le hacía, especialmente bajo un predicamento que para él era “de principio”: eso “no era digno” ni “tampoco resultaba conveniente” para la imagen del sector político-militar que ellos representaban en aquellos días aciagos de la vida dominicana. De ahí que, no obstante la claridad y la agudeza de la exposición de su interlocutor, el joven militar persistiera en su negativa (siempre de manera cuidadosa), y lanzara un argumento de honor personal virtualmente infranqueable: “Presidente, yo no puedo llegar al país en un avión de las fuerzas invasoras… Me sentiría avergonzado y, además, nadie me perdonaría semejante acto… Por favor, busque a otra persona para eso…”.



El legendario líder, reconocido estudioso de la historia y avezado conductor de gentes, esperó a que el joven militar terminara sus alegatos, y luego, en su característico tono profesoral, le dijo: “Coronel, déjeme hacerle una pregunta: ¿Usted cree que es ilegítimo o inmoral que un soldado use las armas del enemigo para vencerlo? Muchas batallas y hasta guerras se han ganado haciendo uso de tal táctica. Déme una razón que contradiga esta verdad o que la haga indecorosa para los que luchan por la libertad de su patria”.



El joven militar, sorprendido por el nuevo razonamiento del conocido escritor y estadista, gesticuló en talante reflexivo y, tras de un asomo de sonrisa, le respondió: “Muy bien, señor presidente, dígame qué día me voy”… La respuesta del viejo líder sosegó aún más al joven militar: “Déjeme coordinarlo, coronel, y no se preocupe, pues me encargaré de que en el país se sepa que fui yo quien lo envió a usted en ese avión estadounidense”.



El joven militar era el coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, organizador de la conspiración contra el Triunvirato, y el dirigente político era Juan Bosch, presidente y líder del PRD.



En cumplimiento de la “tarea” que le fue asignada, el coronel Fernández Domínguez llegó al país el día 14 de mayo de 1965, trayendo importantes mensajes y recomendaciones de Bosch, y de inmediato se integró a las filas del régimen constitucionalista, que lo juramentó, luego de que rechazara la intención del presidente Caamaño de cederle su puesto, como ministro de interior y policía.

Exactamente cinco días después de su arribo al país, es decir, el 19 de mayo de 1965, Fernández Domínguez entregaría su vida en la trágicamente célebre “Operación Lazo”, ideada y organizada por él para recuperar el Palacio Nacional: vino de Puerto Rico directamente hacia a la gloria.

(*) El autor es abogado y profesor universitario


lrdecamps@hotmail.com

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