Sábado 29 de Abril del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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José Carvajal

Gallinero del libro dominicano en Nueva York

No hay nada más vergonzoso que la cultura administrada desde el oficialismo. Vergonzoso porque para gozar del beneficio de esa administración los intelectuales infelices tienen que doblegarse; deben convertirse primero en corderitos de líderes populistas que en la mayoría de los casos no generan ni siquiera un pensamiento consecuente con la errada política que practican.

Sin embargo, los únicos culpables de que la cultura caiga en manos del oficialismo son esos intelectuales desesperados por lograr con las relaciones sociales esa fama que nunca alcanzarán con las obras malogradas que acumulan en su historial de vida.

En ese panorama cae sin miedo a equivocarme la Feria del Libro de Nueva York, organizada por el Comisionado Dominicano de Cultura, y dedicada este año al ex jefe de esa dependencia del gobierno, Franklin Gutiérrez, que a lo próximo que aspira, sin lugar a dudas, es ganar el Premio Nacional de Literatura.

No pongo en tela de juicio la trayectoria académica del homenajeado, ni el aporte que haya hecho a la literatura dominicana, pues todo activista, por más malo que parezca, algo aporta a su alrededor, aunque sea una sarta de mediocridad intelectual en una obra cargada de imprecisiones y falta de vuelo creativo, como la de Franklin Gutiérrez.

Pero los trabajadores de la cultura que se sirven del oficialismo pierden todo derecho de cuestionamiento, y a veces carecen de una amplitud del sentido común que no los deja darse cuenta cuándo sus acciones rayan en lo ridículo. Porque ridícula fue la Feria del Libro de Nueva York dedicada a Jorge Piña, y ridícula es también ésta (del 7 al 9 de octubre) dedicada a Franklin Gutiérrez.

El año pasado la Feria se utilizó como una plataforma política para acercar más a Piña al oficialismo, y este año sería quizá la última oportunidad del actual gobierno dominicano para agradecer, mediante un homenaje ridículo, el aporte de Franklin Gutiérrez a la creación del mismo Comisionado Dominicano de Cultura.

Por supuesto, ¿qué más se puede esperar de la mediocridad? Sería como pedirle peras al olmo; y las peras no se verían bien en ese magnánimo gallinero del libro dominicano que se celebra en Washington Heights.

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