Domingo 28 de Mayo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Mis apuestas en la convención del PRD

El Partido Revolucionario Dominicana (PRD), sin dudas la organización política de mayor tradición democrática y de más profundas raíces populares en nuestro país, se apresta a celebrar el próximo domingo 4 de los corrientes, por expreso mandato de los órganos estatutarios correspondientes, su “XXIX Convención Nacional Extraordinaria Ángel Miolán”.

En consonancia con sus ancestrales prácticas libertarias y pluralistas, el PRD llevará a efecto esa justa eleccionaria interna con base en un padrón electoral parcialmente abierto, y en ella sus dirigentes, militantes y simpatizantes seleccionarán, conforme a los procedimientos propios de la democracia, al candidato presidencial que la entidad presentará a la consideración del país en los comicios generales de mayo del año 2012.

Hasta el momento en que se escriben estas líneas, y bajo la diestra conducción de una Comisión Nacional Organizadora que encabezan los doctores Emmanuel Esquea Guerrero, Milagros Ortiz Bosch y Hugo Tolentino Dip, los perredeístas (plenos de confianza, acaso porque disponen de un arbitraje “de luxe” y, colateralmente, desvirtuando pronósticos y temores en contrario) no sólo han realizado una campaña interna bastante sosegada sino que también han cumplido casi puntualmente con el cronograma del importante evento eleccionario.

Asimismo, si hacemos excepción de algunos esporádicos pronunciamientos de talante tremendista generados por el calor de la contienda, ha sido notorio que los precandidatos presidenciales y sus prosélitos se han manejado con inusual prudencia y gran espíritu de compañerismo, y los conatos de irrespetuosidad o de arrebato sectario que incidentalmente se han hecho patentes, generados más por las malas interpretaciones que por la animadversión, por fortuna han resultado yugulados a tiempo y sin consecuencias lesivas para el desenvolvimiento de las labores preparatorias de la convención.

La verdad sea dicha, señores: el sólo hecho de que el perredeismo haya llevado adelante su campaña interior en un ambiente de casi total tranquilidad (es decir, sin reproducir las pugnas fratricidas ni los dramáticos destripamientos que en el pasado caracterizaban a sus torneos eleccionarios internos) es una clara demostración de su madurez como organización política y, al mismo tiempo, una nueva y viva expresión de su legítima vocación de poder y de su indeclinable sentido de la historia.

Por otra parte, es obvio que el proceso eleccionario del PRD se desarrolla en una atmósfera política dominada por el notorio deterioro de la aprobación ciudadana a las ejecutorias de la actual administración palaciega (manifiesto no sólo en el rechazo abrumador a la posibilidad de la reelección presidencial sino también en la pobre valoración de las alternativas con que cuentan el partido oficial y sus aliados) y por el aumento relativo de las simpatías populares por las opciones que se dirimen al interior del PRD (aunque a veces únicamente comprobable como reacción frente a las pretensiones continuistas del peledeismo gobernante).

En efecto, mientras el PLD virtualmente naufraga en un proceloso mar de incertidumbres (su líder máximo jugando al tiempo, desacuerdos entre reeleccionistas y no reeleccionistas, y probabilidades de mayores confrontaciones entre las distintas expresiones de estos últimos), el PRD avanza hacia la escogencia de su candidato presidencial oscilando militantemente pero sin sobresaltos ni agravios entre dos líderes (un estadista consumado y un hombre público de insuperable experiencia gerencial) de gran ascendencia interna y de estima cada vez más alta en la sociedad dominicana.

En el caso del ingeniero Miguel Vargas, por ejemplo, existe la percepción generalizada de que continúa siendo una sólida opción presidencial tanto para los perredeístas como para el resto de la nación: fuera de toda consideración sectaria o politiquera, es necesario reconocer que no sólo ha demostrado contar con un caudaloso respaldo en las estructuras partidarias sino que es considerado por importantes sectores de la vida nacional como un confiable y eficiente líder que pudiera garantizar, tras los yerros y desmanes de la presente gestión, que el país retome el derrotero de la racionalidad, la decencia y la equidad social.

En el caso del ex presidente Hipólito Mejía, por el otro lado, no hay dudas de que ha protagonizado uno de los más espectaculares y exitosos retornos políticos de nuestra historia republicana, y a la grupa de su sin igual carisma y de su ingente capacidad de trabajo no sólo ha logrado situarse en posición de competencia potencialmente triunfal al interior del PRD sino que se ha alzado nuevamente con avasallantes simpatías populares, y de tal manera que hasta anteriores antagonistas y críticos suyos han resultado contagiados con su pegajoso grito de contienda comicial: “¡Llegó papá!”.

El PRD, pues, llega a su convención extraordinaria en un ambiente harto favorable para sus aspiraciones de retornar al poder a partir del año 2012 (no huelga la reiteración: su situación interna, el estado de sus adversarios y el escenario político nacional lucen bastante propicios para ello), y es de esperarse que tanto su dirigencia como su militancia llana, ya aleccionados por los errores y las aberraciones del pretérito, persistan en el camino de la fraternidad, el respeto por la pluralidad y la unidad de acción.

El PRD de hoy, valga la insistencia, transita sin amaneramientos ni pifias de consideración la senda que conduce directamente a la victoria, y sus adversarios de toda laya, probablemente más conscientes de semejante realidad que los mismos perredeístas, por eso están apostando desde diferentes localizaciones tácticas (que no sólo las del litoral palaciego) a que se ensanche la única rendija que resultaría expedita para intentar consumar sus aprestos de continuismo (reeleccionistas o no): la división del liderazgo de esa formidable falange política que, a pesar de sus propias inconsecuencias, aún es la más representativa del liberalismo histórico dominicano.

En consecuencia, en el PRD se impone actualmente mantener la postura de sosiego militante y conciencia institucionalista que hasta hoy ha prevalecido, rechazando toda actitud proclive al fanatismo, al fraccionalismo o al resentimiento y, por supuesto, reiterando la firme disposición de su membresía toda de respaldar a la Comisión Nacional Organizadora no sólo para que finiquite exitosamente su enaltecedora misión orgánica sino también para que proclame al ganador de la convención sin retardos ni tropiezos de ninguna naturaleza.

El ex presidente Hipólito Mejía y el ingeniero Miguel Vargas, más allá de las diferencias de estilo y de acento programático que exhiben, tienen la común particularidad de que son perredeístas de larga data que se formaron políticamente al lado del doctor José Francisco Peña Gómez (el dirigente político dominicano de mayor espíritu unitario y más acendrada tendencia al desprendimiento que ha conocido nuestra historia), y ambos se han comprometido a respetar los resultados de la convención. Su honor (más que su palabra) está empeñado aquí, y nadie duda de que se comportarán a la altura de las circunstancias.

Por lo demás, Vargas y Mejía también saben a la perfección que los liderazgos que hoy ostentan están umbilicalmente ligados a su militancia en el PRD, y que, como se ha demostrado palmariamente en el pasado reciente, sólo la unidad garantiza la fortaleza y la moral de combate que son imprescindibles para el triunfo electoral. Por eso, al margen de quien finalmente resulte coronado con el laurel de la victoria, sus compañeros de partido y el resto de la sociedad dominicana esperan de ellos, cuando concluya el proceso eleccionario interno, un abrazo fraternal y solidario en la fe perredeista de siempre.

En esta hora estelar del perredeismo, los militantes y los dirigentes de la entidad deberían no olvidar una frase de Jesús de Nazaret que el doctor Peña Gómez solía citar con bastante frecuencia: “Todo reino dividido, será reino destruido”. Más aún: deben recordar un apotegma que en infinidad de ocasiones resonó en sus conciencias tras ser pronunciado por el desaparecido líder máximo de la entidad: “Sólo el PRD derrota al PRD”. Y todavía más: al momento de votar, están en la obligación moral de repetirse a sí mismos, una y otra vez, la divisa de combate que ha hecho grande e inmarchitable a su organización: “El PRD unido jamás será vencido”.

(*) El autor es abogado y profesor universitario

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