Domingo 23 de Julio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Jesús de Nazaret: El gestor de una nueva civilización

El profesor Juan Bosch, en su obra “David, biografía de un rey”, afirma que “Israel se había asomado a la monarquía en tiempos de Gedeón, a quien se quiso proclamar rey, y de su hijo Abimelec, que fue proclamado como tal después de haber dado muerte a setenta de sus hermanos, a quienes el padre había designado herederos en su conjunto de la dignidad real”. Y en el mismo lugar, pero más adelante, explica que “…Salomón, llamado el rey sabio, acudiría con frecuencia a la espada, y no a la sabiduría, para afirmar el reino que heredó”.

Esas consideraciones del ilustre polígrafo de La Vega no significan sino que el mundo pre-cristiano, más allá de su bucolismo, se había levantado sobre una racionalidad que tenía como pilares la preeminencia de la fuerza, la confusión entre el bien y el mal, el egoísmo personal y la necesidad barbárica de la supervivencia. Las bases espirituales de tales pilares serían atacadas y por primera vez amenazadas seriamente por un predicador judío llamado Jesús de Nazaret.

Efectivamente, las ideas contenidas en las peroraciones de Jesús, sin importar la óptica política o religiosa desde la cual se examinen, constituyeron la primera gran revolución del pensamiento humano post-helénico, pues supusieron una crítica sensible al antiquísimo “orden espiritual” vigente y, subsecuentemente, una propuesta de reorganización del sentir y el pensar que involucraba la apuesta por una nueva visión del mundo y de sus habitantes.

La naturaleza y la anatomía de esas prédicas, por otra parte, terminarían convirtiéndolas, acéptese o no, en las referencias originarias medulares de lo que hoy se conoce, por oposición a los parámetros emocionales y conductuales dominantes en otras latitudes del mundo, como la “ética occidental” o del mundo cristiano.

Y semejante consideración está al margen de la asunción o no de los valores de religiosidad. Es la simple verdad histórica. El mundo anterior al cristianismo, como se ha insinuado, se levantaba a partir de una forma de sentir, pensar y actuar que glorificaba el poderío físico, la destreza en el manejo de las armas, la sensualidad, la mentira y la malicia, con la bendición de los dioses paganos, la mayoría de ellos impiadosos, mezquinos y sangrientamente sacrificiales. Es decir, era un mundo para desalmados, “forzudos” y poderosos.

El Nazareno, valga la reiteración, vino a enseñar lo contrario: el amor, la vida austera, la verdad, la honestidad, la compasión y la solidaridad entre los seres humanos, con la bendición de un Dios único y paternal que enviaba a su hijo unigénito al mundo de los humanos para garantizar la redención de los pecados y anunciar su reino. Es decir, Jesús de Nazaret vino a ofrecernos un mundo nuevo, el mundo pacífico y misericordioso de su Padre.

Friedrich Nietzsche, el filósofo irracionalista alemán que constituyó una de las fuentes filosóficas del nazismo, habló de ello, desde su perspectiva anti-cristiana, con estas palabras: “El cristianismo ha tomado partido por todo lo débil, lo bajo, lo fracasado; ha hecho un ideal de la contradicción de los instintos de conservación de la vida fuerte, ha corrompido la misma razón de las naturalezas espiritualmente más fuertes enseñando a sentir los valores supremos de la espiritualidad como pecaminosos, como descarriados, como tentaciones” . Y luego enfatizó: “La compasión en su totalidad es un obstáculo para la ley de la selección”. Obviamente, se refería aquí a la “ley de la selección natural” popularizada por Darwin.

Las prédicas de Jesucristo, ratificamos, fueron profundamente revolucionarias, pues el divino rabí cuestionó abiertamente y logró erosionar las bases espirituales de la racionalidad prevaleciente en la época en que vivió. Nietzsche se asombraba de que la humanidad haya abrazado el ideal de un “judío insignificante”, pero lo cierto es que si este ideal no se hubiera promovido al nivel en que lo hicieron sus discípulos y seguidores probablemente todavía viviésemos bajo el signo único de la fuerza bruta y los dioses sanguinarios.

Por supuesto, se puede cuestionar a la llamada civilización occidental en múltiples aspectos, inclusive hasta en su visión totalitaria y filo-petulante de sí misma. De esto no hay dudas. Sin embargo, es inevitable reconocer que los progresos más notables de la humanidad se han producido en y por ella. Y, correlativamente, es necesario aceptar que los avances de esa civilización se deben fundamentalmente al cristianismo, que es su referente cultural básico, al margen de las desviaciones, negaciones o aberraciones que todos conocemos.

Hay que insistir, igualmente, en la cuestión de que el cristianismo era en principio una apuesta de un grupito de “pendejos”, esto es, de gente que decidió abandonar su anterior estilo de vida y sus antiguas creencias para, sobre el lomo de un puñado de ideales formulados por un profeta sin fortuna ni casa regia conocida en lugar alguno del orbe, proponerse cambiar las bases de “funcionamiento” cotidiano de la sociedad y, más aún, transformar al ser humano en particular “desde adentro hacia afuera”.

Ese espíritu de “pendejo”, tal y como lo entenderíamos hoy día, está presente en la vida de Jesús, de sus discípulos (incluyendo a Judas Iscariote) y de los primeros cristianos. En efecto, se trató de individuos que optaron por un modo de existencia distanciado de la apetencia por los bienes materiales, de las comodidades y los lujos, de los arrebatos de la sensualidad y de las vanidades de todo tipo, estimulando la sencillez, la austeridad, la castidad, la honestidad y la defensa de la verdad.

La radical ruptura con la racionalidad política y social vigente que supusieron las prédicas de Jesús queda patente en uno de sus más famosos sermones: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos…Bienaventurados los mansos y humildes, porque ellos poseerán la tierra…Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados…Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados…Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia…Bienaventurados los que tienen puro su corazón, porque verán a Dios…Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios…Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos será el reino de los cielos…”.

El nacimiento de la descollante figura histórica que trajo a la sociedad humana esas trascendentales ideas, es lo que celebramos en este mes de diciembre en el mundo occidental… Y esto vale la pena recordarlo por si alguna gente (de arriba, del medio o de abajo) lo ha olvidado.

(*) El autor es abogado y profesor universitario

lrdecampsr@hotmail.com

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