Sábado 27 de Mayo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

La tesis reeleccionista del candidato títere

Con el patrocinio intelectual de la "intelligentsia" que se mueve alrededor del presidente Leonel Fernández (que desarrolla actualmente una febril labor de inventiva política de cara a las elecciones de 2012), algunos comunicadores estrechamente vinculados al Partido de la Liberación Dominicana (PLD) están sugiriendo ahora, si bien sólo “sotto voce”, una nueva y descabellada modalidad de la reelección presidencial: la del candidato títere.

(La modalidad, por supuesto, únicamente es nueva por la época y en la forma en que se está insinuando, pues en realidad se trata de un recurso filo-totalitario de engañifa política, muy avispado pero también bastante manido, que se ha ensayado en otras latitudes del mundo en circunstancias históricas parecidas a las nuestras de hoy -bajo el consabido pretexto de la “insustituibilidad” de algún líder providencial-, y por cierto con resultados siempre harto lamentables para los pueblos que lo han aceptado en los hechos o aprobado electoralmente de manera directa o indirecta).

La premisa política esencial del planteamiento de marras, como es natural, reside en el convencimiento de sus promotores de que el PLD está irremediablemente condenado a la derrota en las próximas elecciones generales si no presenta en su boleta al presidente Fernández (sin dudas todavía su mejor y más sólido candidato) dadas las debilidades de proyección de sus restantes opciones internas y la innegable fortaleza que exhibe la oposición, encarnada casi de forma exclusiva (y a pesar del evidente “arribismo institucional” de una parte de su dirección) en el Partido Revolucionario Dominicano (PRD).

Naturalmente, ante la realidad de que la Constitución vigente le cierra el paso concluyentemente a una posible repostulación del presidente Fernández y, por otra parte, frente a la certidumbre de que no parece tan fácil producir una reforma que liquide la disposición sustantiva que la prohíbe (porque los reeleccionistas no cuentan con los votos necesarios para ello en una eventual Asamblea Revisora), la "intelligentsia" palaciega, un poco a lo Chapulín Colorado (“¡no contaban con mi astucia!”), está proponiendo una “fórmula” de evasión legal del citado texto que le garantice al jefe de Estado su mantenimiento en el poder.

La matriz de la citada “fórmula”, en síntesis y sin honduras, consistiría en lo siguiente: el PLD postularía al presidente Fernández como candidato a la vicepresidencia en calidad de compañero de boleta de cualquier otro peledeísta dispuesto a ser “personaje de paja” (los nombres sobrarían aquí), y luego de las elecciones, en la hipótesis de que resultaran victoriosos, a este último se le haría “ausentar” definitivamente (por abandono o renuncia) para que, en aplicación de las reglas constitucionales de sustitución o sucesión presidenciales que están en vigor (artículo 126, numerales 1 y 2, y artículo 129, numerales 1 y 2), el líder máximo del PLD lo reemplazara con todas las de la ley, permaneciendo casi deportivamente como “inquilino” del Palacio Nacional: el asunto sería automático, y aquel no tendría ni siquiera que moverse de su despacho.

¿Es eso posible realmente desde el punto de vista de nuestra normativa constitucional? En términos estrictamente literales la respuesta tiene que ser la afirmativa, puesto que la Carta Magna del 26 de enero de 2010 (a diferencia de su predecesora del 2002) no prohíbe al presidente aspirar a la vicepresidencia de la república debido a que su artículo 124 (que es el que trata sobre la materia) se limita a decir taxativamente: “El Poder Ejecutivo se ejerce por el o la Presidente de la República, quien será elegido cada cuatro años por voto directo y no podrá ser electo para el período constitucional siguiente”.

Ahora bien, desde el punto de mira del “espíritu” de la disposición constitucional en referencia (es decir, del propósito de sus promotores, del objeto de la discusión nacional al respecto, de la voluntad declarada de sus redactores, de la intención del legislador revisor y de su elemental significación lógica) obviamente se trata de una chabacana maniobra politiquera que le restaría seriedad a la opción peledeísta, violentaría el llamado “pacto de las corbatas azules” (firmado solemnemente en el Palacio Nacional por el presidente Fernández y el ingeniero Miguel Vargas invocando a Peña Gómez y a Bosch), constituiría un nuevo atentando presidencial contra los dictados mas primarios de la ética política y, por extensión, devendría una burla a los diversos sectores nacionales que, bajo complacencia o a regañadientes, en su momento aceptaron como buena y válida la constitución ya en uso.

Concomitantemente, es fuerza no olvidar, al abordar las aristas puramente “operativas” del asunto, que en la República Dominicana de hoy la viabilización de una tesis reeleccionista de cualquier talante, como ha planteado reiteradamente el autor de estos apuntes, requeriría del manejo exitoso de una serie de situaciones y fenómenos (actuales y potenciales) que, por su origen y sus caracteres, no dejan de ser factores de contención o contingentemente problemáticos: unos podrían dar lugar a malquerencias y disturbios al interior del PLD (que podrían expresarse alternativamente como ruptura -aunque no sea orgánica-, desmovilización relativa o feliz contemporización), y otros no parecen estar bajo control de los peledeístas sino de sus opositores (lo que en bastante medida les pone “los huevos a cuatro”) en virtud de su naturaleza externa.

En lo que tiene que ver con las interioridades del oficialismo, se impone recordar que en el PLD apenas ha despuntado la bronca sobre la repostulación del doctor Fernández, y por consiguiente están por verse tanto sus alcances como sus secuelas: a la postre, sin importar los estragos o los ungüentos, lo decisivo será la disposición o no de los anti-repostulacionistas (que pueden no ser muchos, pero giran alrededor del liderazgo moralmente sólido del licenciado Danilo Medina) de conciliar con sus contradictores e integrarse finalmente al proselitismo a favor de la “fórmula” reeleccionista en alusión.

Por lo que se refiere a las posibilidades hacia afuera, la boleta peledeísta del candidato títere se tendría que plantar con una gran cantidad de posibles obstáculos: el desgaste natural de una administración de ocho años, la renuencia ya declarada de los grupos de presión -sobre todo de los llamados “poderes fácticos”- a aceptarla (no sólo por cansancio sino también por miedo a un cúmulo tan continuado de poder), la gravedad de la situación económica y financiera nacional que se prefigura para los próximos dos años (que serán “duros” según Temístocles Montás), el descreimiento respecto al presidente Fernández de amplios sectores de la población, y la ya reseñada fortaleza de una oposición política que (con comillas o sin ellas) representa las casi siempre irresistibles tendencias al cambio que históricamente se generan tras un ejercicio gubernamental demasiado prolongado.

Por lo demás, la publicación “transversal” de un estudio de opinión realizado recientemente por una conocida encuestadora internacional, cuyos números tienden a situar a la Primera Dama como la sustituta “natural” del presidente Fernández (inclusive haciéndola rivalizar favorablemente con éste en popularidad tanto dentro como fuera del PLD) fortalece la creencia de que la gente de poder que se menciona al comenzar estas notas está considerando seriamente el tema en los términos en que siempre lo ha hecho cuando se trata de asuntos de tal ralea: sin parar mientes en la opinión pública (a la que cree “conquistable” con recursos) y a despecho de que el mismo tenga las características de una verdadera locura política.

De todos modos, y al margen de cualquier discusión de carácter constitucional, se impone reiterar que el peliagudo “meollo político” de la cuestión estribará en que los auspiciadores de la tesis reeleccionista del candidato títere, si finalmente deciden lanzarse al ruedo público, tendrán que despojarse con desparpajo de sus últimos vestigios de pudor, encararse desfachatadamente con una sociedad que cada día los rechaza más y, desde luego, hacer uso en profusión de afeites y maquillajes de “marcas caras” (acaso al mejor estilo de las bailarinas de burdel en edad de retiro) para tratar de conseguir que su “fórmula” termine resultando seductora para los peledeístas y el resto país. Y eso, obviamente, no resulta tan fácil de “digerir” en estos momentos… El horno, ciertamente, no parece estar para galletitas, y mucho menos si son de paja.

(*) El autor es abogado y profesor universitario

lrdecampsr@hotmail.com

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