Domingo 28 de Mayo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Identidad, “reingeniería” y candidatura presidencial en el PRD

El duque de Wellington solía decir que la presencia de Napoleón en el campo de batalla equivalía a cuarenta mil soldados, y la enseñanza práctica de tal consideración (formulada obviamente para la guerra) no deja de ser válida y aplicable en la lucha política: un buen candidato puede hacer la diferencia en un proceso electoral, pues no basta (y mucho menos en un sistema de balotaje o “doble vuelta” como es el nuestro) con tener un gran partido… Las elecciones, casi siempre, se ganan con votos de variopinta procedencia, no con la planilla de militantes.

El PRD es una formidable falange política, y lo ha demostrado incontrastablemente con los resultados numéricos individuales de los últimos dos certámenes cívicos del país: tras una etapa de declive que se inició en el año 2003 por razones harto conocidas, se fue recuperando lenta pero sostenidamente hasta llegar otra vez, a despecho del pésimo desempeño interno de buena parte de su dirección, a su promedio histórico de caudal electoral.

Es más, el PRD es el partido de fuerza popular más permanente de la historia política latinoamericana, pues ha sido objeto repetidamente de incisiones y escisiones (hasta el punto de que parió “por cesárea” a varias entidades de importancia nacional) y muchos de sus líderes han atentado abiertamente contra su integridad “física” y conceptual tratando de sumarlo a causas históricas que tradicionalmente le han sido ajenas (en la oposición y en el gobierno), y sin embargo a la postre siempre se ha levantado, como el Ave Fénix, con mas vigor y arresto vital.

No obstante, si el PRD desea realmente situarse en posición airosa para las nuevas jornadas electorales del país (y, en especial, de cara al implacable tribunal de la historia) necesita retornar, en un acto supremo de reciclaje dialéctico, a los principios que le dieron origen (democracia y nacionalismo progresistas, causas políticas de centroizquierda, pragmatismo socio-económico e internacionalismo solidario) a los fines de relanzar, desde la nueva óptica de la globalización y la era digital, su proyecto libertario y socialdemócrata de nación.

¿En qué consiste modernamente el proyecto libertario y socialdemócrata de nación? Contrariamente a lo que están propalando algunos perredeístas poco informados, en una conjunción de las ideas generales, las políticas de gobierno y las estrategias de desarrollo humano que han sido históricamente propias del socialismo no autoritario con las corrientes no fundamentalistas del liberalismo económico y político de nuestro tiempo, es decir, la aspiración programática de construir una sociedad justa, democrática y abierta, en una dinámica interna de “revolución pacífica permanente”, basada en una estructura económica regida por la conocida fórmula de “tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario”.

Naturalmente, en la actualidad todo el que apuesta por la “reingeniería” fáctica y conceptual del PRD se pregunta con absoluta legitimidad si ella sería posible con el liderazgo, el perfil directivo, la estructura orgánica, el tipo de militancia, los métodos de trabajo y la práctica cotidiana de hoy de la entidad. Y la verdad es que la respuesta menos tormentosa, a ese respecto, es el escepticismo.

La cuestión es que el PRD, en los últimos dos decenios, se acostumbró a ser un partido de poses y contrastes: popular, pero tratando de hacerse el gracioso frente a unas elites y grupos “perfumados” de la sociedad que aún sospechan de él por su “tufo de masas”; socialdemócrata, pero sólo a escala internacional, pues en el entorno vernáculo no es nada: su ideología es la alharaca y la confusión; democrático, pero con prácticas internas caudillistas y una postura muy excluyente hacia afuera; vehemente y vertical, pero no en los asuntos de principios sino en los temas de coyuntura; con un liderazgo no mediocre, pero incapaz de ofrecer respuestas precisas y rápidas a los adversarios; y defensor de la verdad y la razón, pero dejando correr la mentira y la sinrazón hasta imponerse con toda impunidad sobre aquellas.

(Desde luego, las poses y los contrastes del PRD fueron un resultado lógico de su vieja y absurda aspiración de ser doctrinaria y políticamente un “partido-frente”. Esta aspiración, que devino una tergiversación aberrada de su carácter policlasista y no extremista, fue minando paulatinamente su identidad, y finalmente el militante perredeísta empezó a sentirse extraño y extrañado en su propio partido, el mismísimo que, en su mejor momento, no eran tan sólo el suyo sino también el de sus mayores, sus vecinos, sus amigos y hasta sus competidores).

Que no haya, empero, interpretaciones inadecuadas. Una cosa no puede confundirse con la otra. A veces se evoca e invoca a un PRD que pertenece ya al pasado, que es parte de una racionalidad política superada, que yace desde hace tiempo bajo el amarillento y apolillado cobertor de los años, que rumia nostalgias y distribuye quejidos como simple fantasma del ayer. Y, valga la insistencia, no se trata de esto. Aunque jamás puede olvidarse la trayectoria combativa y la vocación histórica del PRD, porque sería insistir en despellejarlo sin necesidad, la actual es la hora de los cambios: la sociedad dominicana de hoy es harto diferente de la de ayer, y ese partido debe evolucionar calmada pero seriamente… Hay que mirar hacia adelante sin olvidarse de lo que se vivió… El PRD debe, empinándose respetuosamente sobre sus glorias, superarse a sí mismo.



Claro está, para acometer cualquier labor seria de “reingeniería” en el PRD no sólo se necesita una dirección comprometida con las metas estratégicas que les son consustanciales (que deberían ser obra de la combinación racional de las viejas, las medianas y las nuevas generaciones) sino también un candidato presidencial de nuevo tipo: de figura fresca, honesto, con formación moderna, pragmático, creíble, carismático, aceptado sin sospechas ni reservas como líder de la organización por sus planteamientos unitarios y su práctica solidaria, conocido por el país, y que no tema hablar de cambios, de una nueva sociedad, de un nuevo Estado y de un nuevo Pacto Social, y tenga calidad moral para hacerlo.

En otras palabras, el PRD de hoy precisa de un candidato presidencial que haga que la gente se esperance, que despierte entusiasmo entre los jóvenes, que sea atractivo para las mujeres, que concite el apoyo de la gente de ciencia y de pensamiento, que simbolice una nueva era para la República Dominicana y, aunque a algunos politiqueros y sectarios no les resulte agradable la idea, que esté dispuesto a incorporar a la lucha política a personalidades del arte y la cultura, a los centristas y los izquierdistas sin partido, a la gente decente de la derecha patriota y moderada, a los líderes de la sociedad civil, a los dirigentes barriales y a los empresarios que creen en el progreso del país y en su gente… El candidato del PRD, en suma, debería convertirse en el nuevo líder de la nación.

Por lo demás, como ya se ha insinuado, el PRD, debido a que en nuestro país está vigente el sistema de balotaje o de “doble vuelta”, necesita un candidato honorable, abierto, de temperamento concertador y reconocido por su fidelidad a los compromisos, esto es, con posibilidades reales de diseñar y poner en ejecución, sin que haya dudas de su confiabilidad, las políticas de alianza que sean necesarias a los fines de garantizar la victoria electoral en el caso de que no haya desenlace definitivo en una primera vuelta electoral… Al fin y al cabo, no hay que olvidar que el país somos todos.

Hipólito Mejía, Miguel Vargas, Luis Abinader, Guido Gómez Mazara y Eligio Jáquez son líderes sobresalientes del PRD, pero la candidatura presidencial es una sola y debería recaer sobre quien sea capaz -por su personalidad, sus ideas y sus actitudes- de encabezar un frente político de concertación democrática que involucre no sólo a los perredeístas y sus aliados tradicionales sino también a la gente de pensamiento moderado tanto de la derecha como del centro y de la izquierda que desea cambios democráticos en nuestro país: moralización de la vida pública, institucionalidad, eficiencia administrativa, nueva política económica, seguridad ciudadana, progreso y bienestar material para la gente, relanzamiento de la educación y la cultura, liquidación de los apagones, etcétera, etcétera.

La historia da cuenta de que Napoleón, durante las hostilidades de Waterloo, se mantuvo alejado de la línea de combate por estar aquejado de un virulento ataque de hemorroides, pero hay que agregar, en honor a la mas estricta verdad, que el Gran Corso tampoco era ya depositario de la credibilidad y la autoridad moral de que otrora gozaba entre los soldados franceses, y aunque éstos pelearon con bravura y estuvieron a punto de ganar la confrontación bélica, tales aprehensiones se constituyeron en factores decisivos para el triunfo del duque de Wellington y sus aliados: aún con los galones a la vista, el mando inefectivo, no confiable, cuestionado, disperso o fragmentado liquida la moral de combate y disminuye la voluntad para la victoria.

Ojalá y los perredeístas no olviden esa lección de la historia.


(*) El autor es abogado y profesor universitario

lrdecamps@hotmail.com

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