Jueves 25 de Mayo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

El Metro en los hechos: ¿Gran obra o estafa?

El autor de estas líneas se encuentra dentro de los muchos dominicanos que, sin parar mientes en discrepancias políticas o reservas de otra naturaleza, manifestó abiertamente su respaldo al proyecto de construcción del Metro de Santo Domingo cuando éste fue anunciado por el doctor Leonel Fernández tras su juramentación en el año 2004 como nuevo presidente de la república.

Y aunque semejante postura del suscrito fue experimentando matizaciones y condicionamientos en la medida en que se hacía patente que los ejecutores del proyecto mentían reiteradamente a la nación en asuntos relativos a sus fundamentaciones técnicas y su costo financiero, todavía hasta hace poco estimaba que aún así era viable como obra de mejoramiento de las condiciones ambientales y existenciales de una parte de los habitantes del Distrito Nacional y el municipio de Santo Domingo Norte.

Por supuesto, conviene reseñar que la posición asumida por quien escribe (y seguramente por muchos otros ciudadanos sin vinculación alguna con el PLD y el gobierno) se cimentaba en el hecho de que el gobierno vendió la idea de que el Metro, en adición a su carácter de “solución integral” al grave problema del transporte de pasajeros y el tránsito vehicular en su zona de operación, sería una gran obra de transformación y modernización del entorno citadino.

Además, debe recordarse que el incumbente de la OPRET, respondiendo a los cuestionamientos de técnicos de la oposición política, casi juró que el Metro se podía construir con un importe virtualmente “record” (“comparativamente mas barato que cualquier solución de transporte basada en los medios tradicionales”, fueron sus palabras) en razón del bajo costo de la mano de obra dominicana y de que la citada entidad gubernamental se había asegurado de obtener los mejores precios del mercado para sus insumos, instrumentales y maquinarias.

Seguramente mucha gente tendrá en la memoria, ciertamente, que la OPRET insistió hasta la necedad en que el Metro se construiría a “mucho menor costo” que los de otras latitudes del mundo, y que resolvería “el problema del transporte de pasajeros y del tránsito vehicular en el caótico eje Norte-Sur de la parte de la dividida ciudad (que bordea por el Este al llamado “polígono central”) a través de sistema combinado de trenes (vía central), autobuses o minibuses (rutas alimentadoras) y avenidas de desahogo (en algunas zonas periféricas, como la ribera del río Ozama)”.

Evidentemente de cara a las elecciones presidenciales, el Metro, aún sin terminar, hizo un “recorrido de prueba” con el presidente Fernández como pasajero el 28 de febrero de 2008, pero todavía así (es decir, deplorando esa típica acción politiquera) muchos dominicanos mantuvimos la esperanza de que el proyecto cumpliera las expectativas creadas por sus constructores y se hiciera realidad la promesa de que solucionaría el problema del transporte de pasajeros y el tránsito vehicular en su área de funcionamiento.

La verdad es, empero, que a casi tres años de su primer “recorrido” y a más de un año de su entrada en actividad definitiva, el saldo del Metro ha sido más que deprimente.

Lo primero fue que sus constructores elevaron las cifras con respecto a su costo a pesar de sus repetidas promesas en contrario, pues aunque el cálculo original era el de que la obra (un trayecto de 10 kilómetros, con 11 estaciones y 11 trenes, con su propio sistema de energía eléctrica) costaría 326.69 millones de dólares, es decir, 32 millones de dólares por kilómetro (Hoy, 10 de febrero de 2005, disponible en Internet), cuatro años después (en enero de 2009) el director de la OPRET estimaba que el Metro se había gastado alrededor de “690 o 695 millones de dólares”, es decir, “todavía no hemos llegado a los 700 millones de dólares” (Hoy, 21 de enero de 2009, disponible en Internet).

Lo otro es que nadie sabe a ciencia cierta cuál fue el costo del Metro, pues el día de su inauguración oficial, en el mismo mes de enero de 2009, se sirvió la información de que su costo había sido 700 millones de dólares (Diario Libre, 30 de enero de 2009, disponible en Internet), pero un año después, increíblemente, el ministerio de Hacienda informó que su costo había sido de 571.6 millones de dólares (Diario Libre, 6 de enero de 2010, disponible en Internet)… Hasta hoy, empero, no hay una publicación oficial que certifique el costo verdadero del Metro con informaciones concretas, detalladas y comprobables, y la diferencia entre la suma dada por sus constructores y la informada por el ministro de Hacienda (128.4 millones de dólares) nadie la ha explicado satisfactoriamente.

En realidad, lo único que sabemos a ciencia cierta (porque lo dijo la OPRET: Diario Libre, 23 de octubre de 2010, disponible en Internet) es que en el primer año de sus operaciones el Metro transportó a 17 millones 805 mil 29 pasajeros, cifra que equivale a 49 mil 458 por día, pero que si se divide en dos (trayecto de ida y vuelta) nos lleva a la realidad de que actualmente está movilizando a alrededor de 25 mil personas diariamente. La conclusión es, pues, dramáticamente indignante: transportar un pasajero en el moderno y costosísimo medio de locomoción (en una dirección de su trayecto) representó una inversión aproximada de 24 mil dólares (el valor “en especial” de una “jeepeta” pequeña sin uso), y sólo le sirve al 1.43 por ciento de la población del Distrito Nacional y la provincia de Santo Domingo (que más o menos asciende a 3 millones 500 mil personas). Más aún: si hacemos el cálculo en función de los 9 millones y medio de habitantes que tiene la República Dominicana, el Metro sólo sirve al 0.26 por ciento de la población dominicana (es decir, ni siquiera a la mitad del 1 por ciento). Y si a ello le agregamos que para su operación recibe un subsidio (la OPRET se ha negado reiteradamente a dar la cifra exacta) que pagaremos los “pendejos”, el asunto es como para que la bilis se le revuelva de rabia a cualquiera.

En otras palabras, el Metro de Santo Domingo, todavía sin certificar su costo definitivo, representa la inversión (estatal o privada) más cuantiosa de toda la historia de la República Dominicana, y no sólo es económicamente deficitario en su funcionamiento sino que sólo resolvió el problema de transporte a una ínfima minoría de los munícipes de Santo Domingo Norte y del Distrito Nacional. Peor aún: tampoco mejoró en nada el caótico movimiento de vehículos por las avenidas Máximo Gómez y Hermanas Mirabal (los tapones en las llamadas “horas pico” siguen siendo kilométricos) y, por el contrario, en las cercanías de algunas de sus estaciones ahora se forman grandes taponamientos que los agentes de la AMET a duras penas pueden manejar.

Y que conste: lo que se dice aquí nadie se lo ha contado al autor, sino que él mismo lo acaba de constatar al tener que transitar por la zona de operación del Metro: por casualidad, un día de semana, luego de dejar a su hija mayor en el INDEN (en el sector de Los Ríos), tomó la avenida Jacobo Majluta y, al llegar a la avenida Hermanas Mirabal, enfiló a las 7:15 de la mañana hacia el Sur con la intención de llevar a su hija menor a UNIBE, y arribó a este centro de estudios superiores exactamente a las 8:20 de la mañana… Es decir, debido al infernal embotellamiento del tráfico vehicular que se produce en la zona, necesitó una hora y cinco minutos para salvar una distancia que no debe ser mayor de cinco kilómetros: nada diferente de lo que ocurría antes de construir el Metro.

En consecuencia, el verdadero fraude del Metro no se encuentra en los trapecismos técnicos que hizo la OPRET para justificarlo ni en las posibles manipulaciones de las cifras sobre lo que finalmente le costó y le sigue costando al pueblo dominicano, sino en el hecho simple y sencillo de que ni ha contribuido a facilitarle el transporte a la gran mayoría de los habitantes de la antigua capital ni ha aliviado en nada la desesperante tensión de los conductores que se ven en la obligación de transitar por las avenidas Máximo Gómez y Hermanas Mirabal.

Está claro, pues, que el Metro fue una gran obra para sus constructores (por los pingues beneficios económicos y políticos que les redituó) y, seguramente, también para los felices 25 mil pasajeros que se transportan diariamente en él y para los que se ganan la vida trabajando en sus estaciones o en sus trenes. Y eso, en general, no está mal desde el punto de vista de los intereses de esos afortunados ciudadanos. Pero considerando su costo final y los resultados prácticos de su operación, para el resto del país el Metro ha sido el “negocio del capa perro”… ¿Quién responderá a los dominicanos por esta vulgar estafa?

(*) El autor es abogado y profesor universitario

lrdecampsr@hotmail.com

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