Domingo 23 de Julio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Una luz en el camino

(A propósito de la Semana Santa)

Confieso sin rubor alguno que, pese a mis canas y mi incipiente calvicie en forma de tonsura, todavía me emocionan profundamente (incluso hasta producirme escalofríos y angustias “al granel”) las viejas películas ortodoxas acerca de la vida, la pasión y la muerte de Jesucristo.

Esas versiones (que, por cierto, invaden cada vez menos los televisores caseros durante la Semana Mayor)) sobre el desgarrador peregrinaje por el mundo de quien para los cristianos es el indiscutible redentor de la humanidad, insisto, me conmueven entrañablemente y hasta llegan a arrancarme lágrimas furtivas.

Supongo que a muchos “individuos” de todo el mundo (aunque estén disfrazados de trabajadores, estudiantes, profesionales, empresarios, vagos, librepensadores, guapetones, delincuentes, pendejos o amanerados de toda estofa) les ocurrirá lo mismo, pero no se atreven a confesarlo, un poco carifrescamente, como lo estoy haciendo yo (antiguo ateo “de los del número del Distrito Nacional”, capital de la República Dominicana) en estos momentos.

Y es que, amén de la fuerza dramática y la vividez que proyectan tales filmes, influye sobre este mortal embadurnador de cuartillas el hecho de que en ellos se aborda la más hermosa (y triste, desde luego) historia de toda la existencia humana: la de un hombre que, consciente y voluntariamente, ofrendó su vida para la salvación de sus congéneres (los más pecadores y desconocidos).

La de Jesucristo es, en muchos sentidos, una historia que nos hace retornar a nuestros orígenes. Es más: es la única historia de muerte que tiene la misteriosa virtud de producir vida, pues además de que sobre su lomo cabalgamos por el alba de la cultura occidental (y por los días primigenios de nuestra civilización), con ella también volvemos a ser o a sentir como niños… Es decir, con ella retornamos a los ámbitos de la pureza y el ideal, y al conocerla y comprenderla virtualmente renacemos viendo cómo el mal deviene tan evidente, concreto y deleznable teniendo de frente al bien como nítido espejo de la verdad, la razón y la justicia.

Y lo triste es que haya tanta gente que no repara en ello. El instinto de adaptación del ser humano es demasiado efectivo, demasiado sutil, demasiado fatídico. Es un verdadero robo lo que ejecuta ese instinto contra nuestra espiritualidad y nuestros ancestros bondadosos: con excesiva frecuencia nos adaptamos, desgraciadamente, no para no perecer (como preceptuaba Séneca) sino para olvidar lo excelso de esa exquisita aventura del alma que implica la errancia terrenal de Jesús (señales, discursos y milagros incluidos).

Peor aún: a pesar de que nos jactamos de conocer esa dramática historia y sus hermosas enseñanzas, la vida para nosotros siempre “sigue su agitado curso”, y día a día penetramos, frenética y por veces indolentemente, en sus anchas avenidas de maldad y odio, en su tráfago ominoso de urgencias y animosidades, en su avasallante vorágine de rara “civilización” injusta, deshumanizada y deshumanizante.

Y, la verdad sea dicha, en muchas ocasiones lo hacemos con el miedo a cuestas (máscaras y armas aparte), porque el que ose quedarse de aquel lado, esto es, en la ribera de la pureza, el ideal y el amor, corre el riesgo de cosechar los estigmas de la burla y, sobre todo, de ser juzgado como un “perdedor”, un “romántico” o un “pendejo” en la salvaje y desbridada carrera de la existencia cotidiana.

Pero nada de eso es extraño… Es el eterno trajinar de los buenos en un medio embravecido y turbulento situado bajo el dominio luciferino de los malos… Y a mí, que nunca he sido militante religioso y que jamás he intentado guiar a mis hijos hacia confesión alguna, simplemente me parece atroz todo eso…

Por eso creo firmemente, al margen de mi reconocida falta de fe y de mi casi siempre exagerada devoción por la ciencia y la razón, que todos deberíamos tener derecho a permanecer en el luminoso litoral de la cristiandad que nos ofrecen, con solícita esplendidez, las películas en alusión. No importa lo que digan los necios y los sabihondos, los perversos y los indiferentes, los avivatos y los idiotas, los politiqueros y los mercaderes: más allá de la sátira, más allá de la cruz, más allá del fastidio, más allá de los apremios materiales del diario acontecer, deberíamos hacer nuestro el ejemplo de vida y sacrificio de Jesús de Nazaret.

Y no es éste un mero arrebato de sensiblería espiritualista. No. Este humilde escribidor es de los que están persuadidos de que, a contrapelo de las dudas milenarias y de la dulcemente terrible fascinación del hedonismo, tiempo llegará en que haremos nuestro ese luminoso ejemplo, y tendrá que ocurrirnos a todos lo que le pasó a Pablo, el antiguo cobrador de impuestos: el hombre escuchará los ecos divinos de su conciencia atribulada, y la verdad lo hará libre, absoluta y totalmente libre.

Y todavía más: algún día nos iremos amor adentro y viviremos en películas como las de Jesucristo, pero sin Herodes, Caifás, Pilatos ni Judas… Algún día los seres humanos marcharemos en busca de la luz, de la paz, de la justicia, de la solidaridad y de la trascendencia espiritual… Y, a no dudar, nos reencontraremos, y repararemos en que, por encima de las malquerencias conceptuales o fácticas que tanto nos enconan, todos somos hermanos, hermanos de sangre, de espíritu y de destino…

(*) El autor es abogado y profesor universitario

lrdecampsr@hotmail.com

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