Jueves 30 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Carlos McCoy

Mi generación

Aquellos ciudadanos dominicanos que ya eran adultos cuando ajusticiaron a Rafael L. Trujillo M. y que hoy ya se han retirado o están en la edad de hacerlo, son los responsables de la debacle moral, social y económica de nuestro país.

En nuestro caso, aunque teníamos 16 años cuando el magnicidio, no vamos a tratar de escurrir el bulto y vamos a incluirnos haciendo un mea culpa de todo lo que hicimos, o dejamos de hacer, en estos últimos 49 años.

Todavía conservamos en nuestra memoria, como si hubiese sucedido ayer, el olor de los gases de las bombas lacrimógenas, el sonido de los disparos de guardias y policías cuando, con piedras en las manos, reclamábamos ¡Navidad con libertad!

La lucha de una juventud que anhelaba autonomía dio sus resultados y por primera vez en muchos años acudíamos a unas elecciones libres.

Ese 20 de Diciembre del año 1962 fue una fecha memorable. Todos teníamos la certeza de que un nuevo amanecer comenzaba para el pueblo dominicano.

Así fue. Hasta aquel funesto martes 25 de Septiembre del 1963 donde las huestes neo trujillistas abortaron la precoz democracia y reiniciaron la barbarie.

La nueva confrontación con esos mismos jóvenes no se hizo esperar. La represión contra un pueblo que se resistía a caer en un nuevo régimen de fuerza, llegó a niveles nunca visto. Ni siquiera en lo peor de la dictadura recién descabezada se había sentido una barbarie de tal magnitud.

Tanto fue el salvajismo, la brutalidad de esta bestia que se resistía a morir, que al pueblo joven no le quedo otra alternativa que lanzarse a una guerra fratricida.

Peña Gómez 28 años, Fernández Domínguez 31, Caamaño Deño 33, Lora Fernández 36, Montes Arache 38 y miles de “muchachos” como fueron llamados en su momento, no vacilaron en arriesgar sus vidas por el retorno de la libertad y la democracia para el pueblo dominicano.

Pero, los nuevos Báez, los nuevos Santana, acudieron, como lo hicieron sus ancestros más de cien años atrás, a una de las grandes potencias para que intervinieran el país y sofocaran este nuevo intento de romper las nuevas cadenas del oprobio.

Lo lograron. Y de nuevo comenzó la barbarie, la matanza. El derramamiento de sangre joven. De cerebros privilegiados llenos de nuevas ideas. Doce largos años de oscurantismo y de horror. El monstruo resistiéndose nueva vez a morir.

Pero, otros muchachos se rehusaban a dejar que el engendro siguiera tomando fuerzas. Amín, El Moreno, Asdrúbal, Otto, Eberto, Henry, Sagrario, nuevos nombres iban, con su sacrificio y entrega, pavimentando el camino de la libertad.

¡Por fin! 1978, la nueva bestia es desplazada. Frescos aires de libertad comenzaban a soplar con la ascensión al poder de un hombre del pueblo. Un hombre sencillo que desde el primer momento dio muestra de querer hacer la diferencia para su país.

Pero parece que el esperpento, no como el ave fénix, ni como Lázaro, sino como el mismísimo demonio, comenzaba de nuevo a despertar. Por alguna razón, desconocida por la mayoría, Don Silvestre Antonio Guzmán Fernández un 4 de Julio del 1982 se suicida.

Las almas del averno seguían trabajando. Ocho años que pudieron haber servido como base del desarrollo y la libertad de una Nación merecedora de mejor suerte, por rebatiñas internas, se convirtieron en la plataforma para lanzar una vez más al Lucifer hecho hombre. Mucho más viejo y ciego pero saturado de maldad.

Majluta, Bosch, nombres de dominicanos que creyeron en poder hacer de nuestro país un lugar digno, fueron víctimas de una combinación de perversidad por un lado e incuria por el otro. Combinado posiblemente con una cantera ya exhausta de jóvenes dispuestos a inmolarse y de otros que al parecer ya cansados y no tan jóvenes, sucumbieron.

La última jugarreta de este ser del mal, en la cual nos convertimos en meros espectadores, la efectuó por carambola contra uno de los suyos. Contra Jacinto Peynado. Todos contemplamos este postrero lance como su jugada maestra pues con ella se vengaba de quien había sido uno de sus némesis. Pero obviaba, o no le importaba, que abría las puertas a una juventud estudiosa e inteligente en la cual, ya viejos y sin fuerzas, teníamos puestas todas nuestras esperanzas y que por fin la maldad había muerto.

¿O es que todavía está latente?

Carlos McCoy

carlosmccoy@ymail.com

Marzo/2010

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