Lunes 26 de Junio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Carlos McCoy

¡Te lo dije!

Desde pequeño fuiste todo un hombre. Un hombre obsesionado con la milicia, de hecho fuiste uno de los últimos boy scout que recuerde. Cualquier cosa que tuviera un uniforme de Kaki.

No sé cual fue tu día más feliz, si cuando te “enganchaste” a la guardia, si cuando te hicieron cadete, si cuando te graduaste de oficial o cuando te ascendieron a “Oficial Superior” como me dijiste en esa ocasión con muchísimo orgullo.

Con cuanto esmero te dedicaste a tu pasión. Cuantos estudios. Cursos de Estado Mayor, cursos de esto y de lo otro. De tantas cosas que me explicabas y que yo no entendía pero que me llegaban hasta el alma del modo que tú las describías. Cuantos desvelos.

Siempre te aconsejé que no corrieras más que la bola como decimos popularmente, La inteligencia, la preparación y la honestidad te crea muchos enemigos en ese medio.

No te politizaste ni te corrompiste. ¡Craso error! Con estas actuaciones nunca te iban a considerar uno de ellos. Me apostaste que no. Que tu capacidad y entereza te abrirían puertas y te construirían peldaños para, poco a poco, ir consiguiendo mayores alturas desde donde intentarías adecentar un poco el estercolero.

De un plumazo hicieron trizas todos tus sueños. Muchos pseudos compañeros, escondidos detrás de una pared construida con bloques de egoísmos y de envidias, deben estar desternillándose de la risa. ¡Se tiraron al serio! ¡Ya no jode más!

¿Y ahora? No sé nada de milicias. Por eso te pregunto: ¿Todo lo que con tanto sacrificio aprendiste en nuestras Fuerzas Armadas y en escuelas militares del extranjero, se puede utilizar en la vida civil? Si no es así ¿Cuál es tu futuro y el de tu familia? Tengo entendido que la pensión militar no es la gran cosa. ¿Podrías servir como instructor aunque no seas militar? Perdona todas estas preguntas que pueden ser muy tontas, pero me preocupa tu porvenir y el de muchos que como tú están y van a pasar por trances similares.

Con dolor de mi alma te recuerdo, que te gané la apuesta del litro de etiqueta negra. No te lo voy a cobrar. Pero conociéndote, se que la vas a honrar. Lo que sí te prometo es que de esa botella no me voy a tomar un solo trago. Sería uno de los tragos más amargos de mi vida.

Por el contrario, voy a conservarla en mi pequeño bar, para que se convierta en un constante recuerdo de la mediocridad de esta sociedad en la que nos ha tocado vivir. Este será, para mí, uno de los mejores monumentos a la mezquindad.

De más está decirte que puedes contar conmigo y con mi familia para todo lo que necesites. Por lo menos hay dos cosas que no has perdido y que un decreto jamás podrá destruir, mi amistad y tu dignidad.

Carlos McCoy

Marzo/2010

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