Sábado 27 de Mayo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

“Tiren coño, cobardes, tiren…”

(Un testimonio de solidaridad y arrojo)

Eran aproximadamente las diez y treinta de la noche de un día lluvioso del mes de mayo del año de 1975, y el jovenzuelo, venciendo su innata timidez, se acercó al hombre adulto, que salía probablemente de la última de sus numerosas reuniones de la jornada, y lo abordó respetuosa pero directamente:

-Compañero, necesito hablar con usted de algo muy importante…

El adulto, a contrapelo de su mirada desconfiada y de su porte pretoriano, se apresuró a saludarlo extendiéndole la diestra, y de inmediato le respondió con afecto paternal:

-Dígame, compañero, estamos a sus órdenes…

Entonces el imberbe pasó a explicarle, con lujo de detalles, lo concerniente a un peligroso incidente en el que se habían involucrado en el Liceo Secundario La Fe los principales dirigentes del Frente Revolucionario Estudiantil Nacionalista (FREN), organización de masas estudiantiles del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) en los centros de educación media de la Republica Dominicana.

El aludido liceo estaba enclavado en el corazón del Ensanche La Fe, barrio donde se encontraba el local de la Zona “F” del PRD, cuyo máximo dirigente era el hombre adulto que se ha mencionado, y obviamente esta circunstancia lo convertía en área de particular importancia y de responsabilidad política para él.

El joven, descontando los circunloquios, comunicó al adulto el hecho de que, tras una agria discusión política que había terminado en un intercambio de trompadas y patadas, sus contradictores, militantes de una organización política adversa cuyas edades eran ostensiblemente superiores a la promedia de los educandos secundarios de la época, habían proferido amenazas de muerte contra el muchacho y sus compañeros de grupo estudiantil.

-¿Qué fue lo que dijeron concretamente, compañero?- preguntó, cortante y adusto, el hombre.

-Dijeron que mañana vayamos armados porque nos van a entrar a tiros donde quiera que nos encuentren.

-No hay problema- replicó sin titubear el adulto-. Comunica a los muchachos que nos juntamos mañana a las seis en punto en la puerta del liceo. ¿Qué es lo que se creen esos pendejos? A mi gente nadie la intimida. Ellos van a ver si el gas morado pela…

-Okay, compañero- asintió el joven-, mañana estaremos ahí a la hora en punto-, y se retiró a su casa, distante unos cuatrocientos metros del local perredeista en cuya explanada se había desarrollado la conversación.

Y dicho y hecho. Al filo de las seis de la tarde del siguiente día, cuando el sol apenas hacía amagos de huida en medio de una amenaza constante de llovizna, todos habían asistido a la cita. Era un curioso grupo aquel, formado por el adulto (de presencia imponente y sobriamente ataviado con un pantalón negro de gabardina y una chaqueta de piel oscura) y un puñado de muchachos escuálidos, nerviosos y desaliñados.

El adulto era un hombre moreno sin llegar a ser totalmente negro, alto y fuerte como un roble, con un rostro duro pero agraciado, y a pesar de que la nieve empezaba ya a posarse sobre su cabello encrespado por las inclemencias del trópico era punto menos que imposible determinar con exactitud su edad porque en él todo era vigilia, energía, seguridad en sí mismo y vigor.

El hombre, en efecto, era un experimentado político barrial que se había destacado, primero, con las armas en las manos en la guerra patria de 1965 y, luego, en las luchas políticas que le sucedieron, siempre oscilando peligrosamente entre el clandestinaje y la legalidad. Era el arquetipo del dirigente democrático-revolucionario de aquellos tiempos: vertical, solidario, impertérrito, casi temerario y empeñado en ampliar sus conocimientos para ponerlos al servicio de la causa de justicia social y libertad en la que se había enrolado conscientemente.

Claro, no obstante esas credenciales personales, de sobra conocidas por los que estábamos ahí en ese momento, a todos nos dejó atónitos la postura que asumió aquel hombre adulto cuando, unos quince o veinte minutos después de su llegada, de súbito fuimos rodeados y encarados airada y ruidosamente por los antagonistas que nos habían amenazado en la noche anterior.

-Prepárense para pelear o para morir, malditos perredeístas-, nos voceó el jefe de ellos, un fortachón ventrudo y porfiado que acezaba mientras palpaba con su mano derecha el arma de fuego que se destacaba en la parte izquierda de su cintura.

Obviamente, aquellos fueron momentos de tensión, pánico y agonía. Los estudiantes “no políticos” que se encontraban en la puerta y en la pasarela de entrada del liceo huyeron despavoridos al reparar en la magnitud del incidente que se avecinaba. El muchacho, por su parte, era un nudo de nervios, y sentía, aunque se esforzaba por aparentar lo contrario, que el miedo se lo comía por dentro.

El adulto, empero, también metiendo decidida y rápidamente su mano derecha en la parte izquierda de su chaqueta a la altura de la correa, se mantuvo sereno e imperturbable como una estatua, chequeando alternativamente con su mirada aquilina a quienes nos rodeaban.

-Tiren, coño, cobardes- les gritó de pronto con determinación y fiereza-, tiren, que los voy a matar a todos como perros. ¿Ustedes creen que estos muchachos están solos? Tiren, coño, a que no se atreven, abusadores, cobardes, charlatanes…

Y entonces se inició un violento intercambio de palabras entre el adulto y los cercadores que duró quién sabe cuántos minutos, hasta que se apersonaron agitadamente dos viejas profesoras, biblias y crucifijos en mano, y se situaron en medio de los bandos en pugna. Empujando a los dos grupos en direcciones opuestas con movimientos suaves y frases melifluas, las educadoras lograron separarlos y, sin la menor duda, evitaron una tragedia esa tarde en el Liceo Secundario La Fe.

Todavía desde lejos, a una distancia de veinticinco o treinta metros, el adulto y el jefe de los adversarios se gritaban improperios y se amenazaban recíprocamente, prometiéndose nuevos enfrentamientos y un seguro y pronto derramamiento de sangre. Por ventura, sin embargo, todo eso quedó en palabras, y lo que luego aconteció fue, en realidad, que de ahí en adelante aquel grupo de rivales políticos siempre nos trató con consideración y respeto.

Pero lo que aquella tarde nos dejó a todos boquiabiertos fue lo que vivimos segundos más tarde: todavía en medio de la tensión, si bien cuando ya era evidente que el conflicto se había disipado por el momento, el adulto llamó presurosamente al muchacho, le pasó furtivamente las llaves de su Volkswagen y, abriendo el costado izquierdo de su chaqueta para graficar adecuadamente, le ordenó atropelladamente: “Ve huyendo a la gavetica de la parte delantera y tráeme rápido el revólver, que se me quedó ahí adentro”. Como es natural, todos quedamos pasmados ante semejante confesión.

El muchacho de esta historia era el autor, y el adulto era Rafael Sarante, entonces secretario general y líder de la zona “F” del PRD, que abarcaba el perímetro comprendido entre avenida Máximo Gómez y el Arroyo Manzano, en dirección Este-Oeste, y la avenida 27 de febrero y la calle Pedro Livio Cedeño del Ensanche La Fe, en trayectoria Sur-Norte.

(*) El autor es abogado y profesor universitario

lrdecampsr@hotmail.com

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