Jueves 22 de Junio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Carlos McCoy

Haití, en dos actos

Después de la horrible tragedia sufrida por el pueblo haitiano, nuestro pueblo hermano, como dicen algunos hipócritas, el mundo entero se ha volcado a socorrer este pedazo de tierra que lo único que ha visto es sufrimientos desde aquel fatídico 12 de Octubre del 1492.

Han dado muestras de compasión y deseos de ayudar, países tan perdidos como Rumanía, que envió su ayuda, por error, a Tahití en la polinesia francesa en el pacífico, en vez de Haití en pleno mar Caribe. Y como disculpa dijeron: “Todas esas islas se parecen”

Estas ayudas de emergencia, son solo golpes de pecho que se dan las naciones ricas y hasta las no muy ricas, cuando retumba el trueno de la tormenta que se acerca y comienzan, con mal disimulado rubor, a llamar a Santa Bárbara.

Regularmente la tormenta pasa y se vuelve a la rutina de la dejadez, de la miopía internacional.

En esta ocasión no vemos por qué esta rutina tenga que cambiar. En poco tiempo Haití va a dejar de ser noticia porque como dice la canción “Hasta la belleza cansa” Y si lo hermoso fastidia, imagínense la fealdad. Principalmente si esta es sepia.

Las luces y las cámaras volverán a su estado inerte, hasta que otro acontecimiento, esperamos no sea tan cruel como este, las saque de su inercia y vuelvan a ponerse en movimiento, en otros escenarios, con otros protagonistas.

Mientras tanto, el drama de la vida real continúa en Haití. Sin productores, sin directores, sin un guión determinado, pero eso sí, con muchos espectadores. Espectadores, principalmente dominicanos, que esperan con ansiedad que se abra el telón para ver cuál es el siguiente capítulo de esta tragicomedia humana.

Una siniestra opereta que hemos venido contemplando por siempre, Pues la temporada de este tétrico teatro, parece que no tiene fin.

Cada vez estamos obligados a presenciar un nuevo capítulo. Capítulo que, por repetitivo, casi siempre sabemos cuál va a ser el final.

Pero esta vez el escenario se torna complejo. Los intérpretes están dejando de fingir y el final de la trama puede ser más real que la vida misma.

Millones de seres, no de actores, están viviendo en las calles, al lado de ruinas, sin ningún tipo de higiene. Donde las ratas se disputan su espacio como diciendo, nosotros también tenemos derecho a la vida.

Todo esto sucede en condiciones “normales” después de un terremoto. Pero nosotros, en las Antillas, tenemos temporadas de lluvias que están prontas a comenzar y si las condiciones son tan precarias en este momento, ¿Que pasará cuando la lluvia comience a dispersar toda esa miseria?

Después de los aguaceros viene la temporada ciclónica, que además de la lluvia, trae fieros vientos y si las cosas en Haití en este momento son desesperantes, lo que viene es definitivamente lúgubre. Tanto que Dante Alighieri estaría compelido a describir un nuevo infierno.

La pregunta natural es: ¿Cuáles serían las alternativas para este pueblo de negros, analfabetos, enfermos y hambrientos, que ya están advertidos de que si los agarran en el mar, los enviarán como vulgares terroristas a Guantánamo?

El instinto de conservación es más grande que cualquier riesgo. La República Dominicana sería su lógico destino y no vacilarían en tomar esa ruta. Es la más fácil. La más cercana y la que ellos más conocen.

El problema de esta “solución” es que, a la larga, pondrían también en peligro la sobrevivencia de la población dominicana en su propio territorio. Y nadie sabe hasta dónde puede aguantar la condescendencia de un pueblo noble, pero que se ve ante la encrucijada de seguir ayudando o luchar por su propia existencia.

La reacción podría ser desproporcionada. Tanto, que el año 1937 podría ser recordado como un Año Santo.

La alerta está dada. No quiera después, la comunidad internacional, buscar chivos expiatorios.

Carlos McCoy

Febero/2010

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