Lunes 26 de Junio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Carlos McCoy

Haití, el desastre y su secuela

Haití ha sufrido otra catástrofe. Las ha venido sufriendo desde el momento mismo de su creación en el año 1804, cuando un primero de enero, un grupo de negros esclavos anunció al mundo su independencia, autoproclamándose Jean Jacques Dessalines como Emperador.

Con esta acción, se convirtió en la primera República negra en el mundo y la primera vez que un movimiento liderado por esclavos, resulta triunfante. Pero, para su desgracia y la nuestra, esa gloriosa epopeya degeneró en luchas internas entre negros y mulatos que dejaron escapar, como agua entre los dedos, todas las conquistas logradas con su valentía y arrojo.

El terrible terremoto que acaba de sufrir nuestro país hermano, Siamés, para algunos, Ha traído más penurias a un pueblo saturado de problemas. Una nación que se ha quedado sin alternativas de soluciones pero que ha encontrado en la perenne solidaridad de nuestro país, un paliativo a sus necesidades. Desgraciadamente, esta tragedia sufrida por el pueblo haitiano, podría traer grandes problemas a la República Dominicana. La mayoría de los comentarios en los mentideros criollos, coinciden en que debemos prepararnos para la inevitable masiva emigración de haitianos hacia nuestro país.

No descartamos que eso pueda suceder. Sería la acción lógica de un pueblo hambriento y desesperado luchando por la subsistencia. En consecuencia, no estaría demás ir tomando precauciones para tener una inmediata respuesta para lidiar con esta eventualidad.

Pero, ¿qué pasaría si sucediera lo contrario? O sea, que ante la acogida que ha tenido el llamado de socorro internacional, encabezado por el Presidente Barack Obama y el Banco Mundial, con una ayuda inmediata de más de doscientos millones de dólares. La solidaridad de gobernantes como Nicolás Sarkozy y los vehementes llamados a socorrer a Haití, desde antes de ocurrir esta tragedia, del Dr. Leonel Fernández, quien se ha convertido en un vocero y defensor de la causa haitiana, rindan sus efectos y la comunidad internacional decida reconstruir esta nación desde sus escombros.

Si esto sucediera, se necesitarían decenas de miles de obreros, principalmente de la construcción, para acometer esta gran empresa. Pero resulta que la mayoría de los obreros haitianos están laborando en la República Dominicana. A nosotros se nos ocurre pensar que estos obreros ante la perspectivas de trabajo, o de abrir pequeños negocios en su propio país, no dudarían en regresar en masa a su lar nativo, dejando nuestra industria de la construcción y por extensión, nuestros campos, sin la ya acostumbrada mano de obra no barata, sino baratísima, de los jornaleros haitianos. En consecuencia, se caen de la mata las siguientes interrogantes;

¿Está nuestra nación preparada para un éxodo de haitianos, esta vez cruzando el Masacre y el Artibonito en dirección occidental?

¿Hay suficientes obreros dominicanos que puedan llenar el vacío que dejarían nuestros “co-isleños”?

¿Volverían nuestros campesinos al campo?

Si así fuera, ¿Estarían los ingenieros y empresarios agrícolas dominicanos en animo de pagarles, a los obreros criollos, un salario justo? ¿Les reconocerían todos los privilegios laborales conquistados por estos trabajadores, para tratar de atraerlos?

Si la repuesta es negativa a solo una de estas inquietudes, podemos ir preparándonos para la secuela del terremoto de Haití, pues de golpe y porrazo, vamos a entender la película estrenada hace un par de años en los Estados Unidos titulada: “Un día sin un mejicano” Pero esta vez proyectada en toda la geografía nacional, con guión y actores haitianos y traducida al creole.

Carlos McCoy

Enero/2010

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