Miercoles 29 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Requiem por la “Constitución de Leonel”

El texto sustantivo de Estado que está siendo literalmente “armado” en el augusto recinto del Congreso Nacional (transfigurado para la ocasión en febril “laboratorio doctrinario-constitucional” con los mismos individuos que hace sólo un año dizque no sabían “conceptualizar”), a menos que haya una providencial decisión política de última hora que detenga el sesgo retardatario que adoptó la Asamblea Nacional Revisora desde el inicio de sus deliberaciones, promete terminar en un nuevo y descomunal fiasco institucional.

Hijo bastardo (y por veces hasta negado) de unas “consultas populares” concebidas en palacio como alternativa a la convocatoria de una Asamblea Constituyente (con el “patriótico” auxilio de reputados constitucionalistas de la oposición) y, por añadidura, amamantado en una inequívoca usurpación de la soberanía popular (los legisladores revisores asumieron facultades que en buen derecho sólo puede otorgarlas el pueblo de manera directa), el documento que se está cociendo es lo más parecido a un “sancocho” criollo aguado.

(Conviene recordar, para los lectores extranjeros, que un “sancocho” es un sabroso plato típico dominicano preparado con abundante agua, múltiples “víveres” o viandas, variados sazones y distintos tipos de carne que, como espeso caldo caliente, comúnmente la gente de nuestro país degusta en épocas de lluvia, ocasiones festivas y agasajos, o simplemente para compartir con familiares, vecinos, amigos, enemigos “amistosos” o relacionados. El “sancocho” habitualmente es una excusa para tertulias, chismorreos y bebentinas caseras que pueden extenderse hasta “altas horas” de la madrugada).

En efecto, la nueva Constitución dominicana (que un alto dirigente del PLD había prometido que sería “la más moderna, progresista y libertaria de nuestra historia”) va camino de ser un absurdo ensamblaje de ideas medioevales e intereses particulares que sólo dejará complacidos a los poderes fácticos del país. Como se pergeña hasta ahora, valga la insistencia, esa Constitución no será sino una obra de vulgar artesanía política basada en remiendos, transacciones e injertos de todo tipo… Ojalá y el experimento no termine como el del célebre doctor Frankenstein, el personaje de ficción que inmortalizó Mary Wollstonecraft Shelley en su novela homónima.

Desde luego, las actuales rasgaduras de vestimentas entre los tutores de la novicia Carta Magna bien pudieran devenir simple ejercicio de “caradurismo”, puesto que el texto empezó a resultar sospechoso desde que era apenas un proyecto: no pocos observadores advirtieron que a su carácter de documento conceptualmente prefabricado por técnicos españoles y expertos nacionales (y a la risible asunción de una retórica basada en los valores políticos de la monarquía constitucional) se sumaron luego sus evidentes deficiencias de estilo y la pasmosa superficialidad de muchos de sus pretendidos principios.

(Por eso, al conocer el referido proyecto no pocos nos quedamos con la impresión, por cierto nada novedosa para los dominicanos en términos históricos, de que se trató de la adopción de un boceto español que terminó siendo trabajado en paralelo con la Constitución actual por juristas criollos francófilos -todos conservadores, aunque sabichosamente se proclaman liberales- obligados por las circunstancias nacionales e internacionales a recoger conceptos, matrices de ideas e instituciones de raigambre norteamericana y europea que hoy, como es harto sabido, pululan en textos latinoamericanos de su tipo patrocinados por académicos extranjeros muy bien remunerados).


Aunque por razones obvias todavía no es posible someter la “Constitución de Leonel” a una discusión a fondo (principios, texto, contexto y proyecciones prácticas) fuera de los intereses que se mueven detrás de la Asamblea Nacional Revisora, ya algunas de las decisiones de ésta han sido objeto de agudos cuestionamientos: 1. La que crea un privilegio a favor de los próximos legisladores y funcionarios municipales (muy a tono con el deseo de permanencia de la mayoría de los asambleístas) al establecer que, para reunificar el proceso electoral, el próximo período para ellos sea de seis años; 2. La que establece la concepción vaticana del derecho a la vida “desde la concepción hasta la muerte”; 3. La que increíblemente condiciona el libre acceso de los ciudadanos a las playas, ríos y lagos del país al respeto a la propiedad privada contigua; 4. La que olímpicamente abroga nueve derechos colectivos que se encuentran consagrados en el texto constitucional vigente; 5. La que priva al ciudadano del derecho a demandar de manera directa en inconstitucionalidad; 6. La que decidió no consagrar la importante figura del referéndum revocatorio; y 7. La que aprobó la combinación del jus solis (derecho de suelo) y el jus sanguini (derecho de sangre) como fundamentos constitucionales para la adquisición de la nacionalidad a partir del nacimiento.

Como se ha insinuado, esos son los puntos críticos más publicitados hasta ahora, pero la verdad es que el nuevo Pacto Fundamental está plagado de yerros e inconsecuencias jurídicas y políticas (que tendrán que ser develados cuando la Asamblea Nacional Revisora entregue su producto final), y para mucha gente pasará a la historia como una colosal engañifa perpetrada arteramente contra la conciencia colectiva (uno de los documentos de su tipo más singulares que ha conocido la historia dominicana): muy conservador en los asuntos nacionales y bastante liberal en los que se proyectan hacia el ámbito internacional…Cualquier parecido con el pensamiento de su principal gestor es, de veras, pura coincidencia.

Es obvio que buena parte de los asambleístas, actuando en el marco de un curiosísimo pacto político tripartita en el que cada quien ha velado celosamente por sus intereses (personales o partidistas), olvidó sus compromisos con la nación, y por ello se puede apostar a que la “Constitución de Leonel” terminará siendo una gran frustración hasta para sus propios mentores (algunos de los cuales, como ya se reseñó, han exhibido mohines y lanzado pucheros ante las barrabasadas incorporadas al nuevo Pacto Fundamental) en todos los litorales.

Una escalofriante frase del asambleísta Pelegrín Castillo (FNP, fundamentalista cristiano de derecha, aliado del PLD) resume lo que ha acontecido en muchas de las deliberaciones de la Asamblea Nacional Revisora de la Republica Dominicana: “…Dejemos la sesión hasta aquí, que ya hemos hecho bastante daño”.

Empero, el mejor colofón a las repetidas deliberaciones lo puso la asambleísta Isabel Bonilla (PLD, disidente) con estas palabras cargadas de amargura e impotencia: “Al comparar la Constitución vigente y la que estamos haciendo, determiné quiénes son los ganadores, qué hemos perdido, y si ganamos algo, estamos pagando un precio muy caro, que es el repudio de la población”… Naturalmente, es de suponer que los distinguidos asambleístas oficialistas, cuando profirieron esos virtuales gritos de Jeremías, nada sabían de las votaciones dobles y triples o los sufragios por encargo que luego escandalizarían aún más al país.

¿Moraleja? Más allá del admirable optimismo de Su Excelencia el doctor Rafael Alburquerque de Castro, para quien (¡eureka!) el nuevo texto fundamental dominicano “es el más avanzado de los últimos cuarenta años” (es decir, que el de Balaguer de noviembre de 1966, levemente modificado en agosto de 1994 y en julio de 2002), no hay dudas de que el mismo está naciendo entumecido, minusválido, desprestigiado y probablemente infértil en términos de realidad (la ausencia de la sociedad en las discusiones que le han dado origen le prefigura una singular falta de legitimidad)…De todos modos, es fuerza agradecer con aplausos chinos al honorable señor vice-presidente de la República por semejante recordatorio.

La verdad, la simple y pura verdad es que la nueva Carta Sustantiva, ensamblada por reputados mecánicos del Derecho pero parteada con “fórceps” por asambleístas autistas de todos los pelajes, luce condenada a arribar a la vida con serios padecimientos innatos, y por consiguiente no hay que ser arúspice para pronosticar que inevitablemente tendrá que ser sometida a una exhaustiva revisión en el futuro inmediato: todo parece indicar, pues, que este documento, que pasará a la historia como la “Constitución de Leonel”, tendrá una existencia bastante efímera… Por ello, desde ahora, si hemos de ser francos, podemos empezar, sotto voce, a cantarle su réquiem…

El autor es abogado y profesor universitario
lrdecampsr@hotmail.com

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